En la arquitectura tradicional del centro del país -heredera sobre todo de los usos constructivos mediterráneos, aunque también de ciertos modelos prehispánicos- los patios interiores son una de las constantes mejor establecidas. Aunque variaban en dimensiones, materiales, alturas y proporciones, los patios son casi ubicuos en los edificios mexicanos desde el siglo XVI hasta principios del XX, lo mismo en las casas sencillas que en los conventos, colegios, casonas y palacios. En Aculco no podía ser de otra manera y, a pesar de las muchas destrucciones en sus edificios históricos, existen todavía en el pueblo algunos patios antiguos -y unos cuantos de construcción moderna- que vale la pena revisitar en este post. Como verán, se trata de una colección variada con ejemplos de épocas y calidades distintas, que reúno aquí para que los disfruten en conjunto y, quizá, puedan inspirar a alguien. Permítanme también tomarme esta vez una licencia, pues no les mostraré aquí fotografías antiguas ni actuales de estos lugares, sino ilustraciones creadas con ayuda de inteligencia artificial (IA) a partir de fotografías de todas las épocas. La razón es simple: darles cierta uniformidad. En este blog he hecho poco uso de la IA -casi exclusivamente para colorear alguna imagen- y sé que a algunos de mis lectores más leales les incomoda su uso. Sin embargo, creo que es una herramienta extraordinariamente útil que no podemos simplemente ignorar o evitar a toda costa.
Vayamos pues a esta selección de patios aculquenses donde lo hay de todo: patios de casonas y de casitas humildes, patios de haciendas y del convento, patios antiguos y recientes, patios grandes y minúsculos, patios que existen y otros que lamentablemente desaparecieron.
El patio del convento de Aculco -es decir, su claustro- se edificó hacia 1708 e históricamente es, sin duda alguna, el más importante del pueblo. Se trata, además, el único patio antiguo dde Aculco que se halla rodeado de corredores por sus cuatro costados y en sus dos plantas. Hasta la década de 1960, como muchos otros, estuvo ajardinado. Hoy cubre el piso una combinación de adoquín y concreto. Los arcos que lo rodean son mayormente de piedra blanca y ladrillo, escarzanos en la planta baja y de medio punto en lo alto. El pretil calado con arquillos es característico de la época de su construcción. Todo el claustro estuvo originalmente aplanado y adornados con sillares fingidos, una decoración que fue torpemente destruida en distintos momentos del siglo XX. Pero el daño mayor ocurrió en 2009, cuando se le cubrió con la espantosa cubierta industrial de lámina que lo hace parecer hoy en día una vulgar bodega, lo que mutiló además los canales de piedra que desaguaban sus azoteas. En tiempos más sensatos esa cubierta deberá desaparecer.
Este gran patio, cuyo costado norte se muestra al principio de este artículo, era en su origen bastante más pequeño, pero a principios de la década dde 1970 se le ensanchó hacia el oriente y hacia el sur, eliminando para ello cocinas y trojes. El rincón que vemos aquí corresponde a los corredores antiguos, que posiblemente pueden fecharse entre los siglos XVIII y XIX. La casa en su conjunto es, sin embargo, más antigua y en un dintel reubicado se puede leer una fecha correspondiente a febrero de 1656. Como era frecuente en algunos otros patios de Aculco, un pretil separaba los corredores del patio propiamente dicho. Pueden verse, además, piedras de cantera sueltas, restos de otras construcciones perdidas, que en casos como este convertían esos espacios en pequeñas gliptotecas. Este es posiblemente el patio más notable que sobrevive en Aculco.
Construido entre 1786 y 1791, ya bajo la influencia del neoclasicismo, es un espacio sencillo y utilitario, destinado originalmente a la carga y descarga de las diligencias. Sus corredores, relativamente estrechos -con excepción del que se extiende al poniente en la planta alta-, descansan sobre pilares de cantera de molduración muy sencilla, hoy cubiertos de pintura. Aunque el conjunto parece inconcluso, pues el lado oriente carece de planta alta y habitaciones, algunos documentos sugieren que fue incendiado durante la Guerra de Independencia y que quizá de entonces date esa ausencia. Por lo demás, las modificaciones realizadas en el siglo XX sustituyeron toda la antigua viguería de madera por vigas y zapatas de concreto, una intervención que produce cierta desazón al visitante. Lo cierto es que este patio nunca tuvo la prestancia que podría esperarse al observar la fachada del edificio, resuelta con mucha mayor belleza. Se puede atribuir al arquitecto Esteban González, aunque sería José del Mazo y Avilés quien lo terminó
Hace más de treinta años, cuando conocí la hacienda de Cofradía Grande, la casa se encontraba en completa decadencia e incluso parte de este patio se utilizaba como corral. Por fortuna, fue restaurada con cuidado y hoy puede contemplarse así, con toda su hermosa sencillez puesta en valor. Como se observa, su disposición es sencillísima: un gran patio abierto, sin corredores y de una sola planta, al que se abren vanos enmarcados en cantera y de cerramiento curvo. Es de elogiar que durante la restauración se respetara esta dignidad, pues, aunque la hacienda se enriqueció con nuevas dependencias, como la capilla y el lienzo charro, la casa antigua se mantuvo en toda su originalidad, conservando así su carácter, su historia y la sobriedad que siempre la distinguió.
Este es el patio de la preciosa casa que se levanta en el número 5 de la avenida Hidalgo, antiguamente llamada "La Pechera", sin que se sepa en realidad el porqué de ese nombre. Aunque en sus corredores antiguos -al sur y al este- los pilares fueron reemplazados hace mucho tiempo por columnas y zapatas de concreto, la cubierta plana de viguería y ladrillo contribuye a conservar el aire tradicional del espacio. El corredor de la izquierda, correspondiente al lado norte, es más moderno y posee columnas de cantera que sostienen un tejado. El pretil que separa los corredores del patio, poblado de macetas, es aquí de citarilla de barro, una disposición que evoca el antiguo jardín de la plaza mayor de Aculco. En el patio, plantados en rodetes (pues el subsuelo de piedra blanca dificulta el crecimiento de las plantas), hay pequeños árboles frutales y orquídeas moradas, de esa especie antes tan extendida en los patios del pueblo.
Este patio se hallaba en la casa número 1 de la calle de Riva Palacio, una preciosa construcción que desapareció casi por completo en la década de 1980. Cuando se tomó esta fotografía, la casa ya había sido demolida y sólo permanecía en pie la arquería del patio, dispuesta en escuadra sobre sus lados oriente y sur. Al fondo asoma la chimenea del horno, todavía existente, de la Casa de los Terreros, hoy ocupada en parte por el Hotel Hidalgo. En realidad, la casa de don Abraham Ruiz y la de los Terreros formaron originalmente una sola propiedad, y sus respectivos patios constituían entonces un único espacio. Su división dio lugar, sin embargo, a historias distintas en su devenir arquitectónico: mientras la Casa de los Terreros conservó por mucho tiempo sus viejas columnas de madera del siglo XVIII, en la de don Abraham Ruiz éstas fueron sustituidas a principios del siglo XX por esta arquería de medio punto, labrada con en cantera rosa. Ya en la década de 1990, los arcos fueron desmontados y reconstruidos en una casa nueva por el rumbo de Nenthé, donde todavía se conservan. El antiguo patio, en cambio, desapareció por completo, ocupado por nuevas construcciones.
Me atrevo a decir que las ruinas coloniales más importantes de nuestro municipio son las de la Casa Vieja o Hacienda Jesuita de Arroyozarco, situadas al sur de la capilla de esta comunidad. Sólidamente construida con mampostería de piedra brasa, tezontle y cal, la fortaleza de sus muros ha impedido que caiga por completo a tierra pese a tantos años de abandono. Aunque la posibilidad parece cada vez más remota, conserva todavía la solidez suficiente para que algún día pudiera ser reconstruida. Lo que vemos aquí es el patio principal de aquella casa, en una imagen tomada desde el acceso. En primer plano aparece el arco del cubo del zaguán, desprovisto de toda molduración, como también lo están los austeros arcos de los corredores bajos que se observan al fondo. Sobre ellos se distinguen los pedestales de cantera de la planta alta que antaño sostenían sendos pilares del mismo material, hoy desaparecidos. Los escombros caídos y las yerbas y nopales que crecen entre los muros dan al conjunto un profundo aire de desolación.
En el habla aculquense, un "jacal" es una construcción normalmente aislada, cubierta de teja, que servía para las labores de los ranchos o de alguna porción específica de tierras dentro de las haciendas. Eran en cierta medida equivalente a las "galeras" que se levantaban dentro de los límites de la hacienda de Arroyozarco. Así, existe por ejemplo el Jacal de Ñadó, donde se almacenaba el carbón que producía la hacienda, el Jacal de los Terreros, que todavía se levanta, destechado, al norte de la Unidad Deportiva o éste al que llamaban Jacal de los de la Vega pues perteneció a esa familia durante buena parte del siglo XX. Los jacales se caracterizaban sobre todo porque la construcción principal era un edificio de trabajo, no propiamente habitacional, aunque normalmente se rodeaban de anexos como corrales, eras y también pequeñas viviendas. El Jacal de los de la Vega (no sé el nombre que le dan sus propietarios actuales) fue remodelado hace años con muy buen gusto, convirténdolo en preciosa casa de campo. Este pórtico da hacia el patio que se extiende a su frente, al oriente. Nótese como se ha conservado la sobriedad original del inmueble, sin añadidos de cantería o de otros materiales que con tanta frecuencia suelen desfigurar las casas que se remodelan en Aculco.Actualmente está a la venta.
Si les dijera que en esta imagen lo único verdaderamente antiguo es el brocal de pozo que se ve a la izquierda quizá pocos lo creerían, pero así es. Este es un patio que se construyó hace unas dos décadas donde antes había sólo un corral. Al levantar se la nueva construcción, se buscó sin embargo que armonizara perfectamente con las casas vecinas, que conformabn uno de los conjuntos más bellos de Aculco. En sus costados norte y oriente el patio tiene sus corredores altos y bajos con pilares de cantera y hacia el sur muestra este aspecto, donde predomina la piedra y en el que la combinación de planos, techos planos y tejados con vanos desiguales crean un ambiente acogedor y pintoresco.
Esta casa perteneció durante las primeras seis o siete décadas del siglo XX a la familia Villafuerte. Don Fidencio Villafuerte estableció en ella, hacia 1905, una pequeña fábrica de mantas y cambayas en el galerón porticado que asoma al fondo. Su patio es pequeño -abarca apenas un poco más de lo que puede verse aquí- pero es un ejemplar casi prototípico: dos corredores en L, uno mayor de norte a sur y otro muy pequeño de este a oeste; dos plantas con columnas alternadas de piedra y madera (éstas casi todas reemplazadas ya) sobre un pretil de mampostería; entrepisos de madera y cubierta de teja; pisos de ladrillo en los corredores y en el patio la piedra del subsuelo aculquense sin otro recubrimiento; un pozo sin brocal junto al lavadero; una estrecha escalera de madera torneada para comunicar las dos plantas. Aunque este patio se conserva, no se encuentra en perfecto estado. Sin arreglos profundos, quizá no llegue a sobrevivir muchos años más.
Este patio es particularmente evocador, quizá por el estado de ruina en que se encuentra su parte más antigua. Da la impresión de que sus corredores se mantienen en pie sólo gracias al grosor de sus pilares, pues todas las vigas de madera están podridas. Semejante a otros patios de Aculco, se distingue sobre todo por esa apariencia fuerte, aunque tuvo también otras gracias, hoy deslavadas por el abandono: sus zapatas de madera, los bien labrados enmarcamientos de cantera de mediados del siglo XIX y la decoración de pintura mural en tonos azules, amarillos y rosas que cubría su interior. A la derecha, más allá de la escalera que se ve aquí y ya fuera de la fotografía, sobrevive el brocal cubierto de un pozo hoy cegado. El conjunto siempre me recuerda al Corral del Carbón de la ciudad de Granada. Por desgracia, parece ya destinado, sin remedio, a desaparecer cualquier mal día.
Este patio reúne, de manera bastante armoniosa, aportaciones de distintas épocas. Su parte más antigua es el corredor bajo del costado oriente, que vemos aquí sostenido por robustos pilares de piedra blanca y rematado, hacia el sur, por un hermoso arco del mismo material. Los pilares de la planta alta, en cambio, son modernos: datan apenas de 2010, cuando el inmueble fue adaptado como hotel, y sustituyeron con acierto a otros soportes, de aspecto y materiales menos afortunados. Al fondo asoma una construcción de mediados del siglo XX que, con sus delgadas columnas de concreto, introduce una nota algo disonante. Con todo, hoy se integra mucho mejor al conjunto que cuando el inmueble funcionaba como casa habitación y sus muros mostraban un ajedrezado desafortunado. El pavimento de adoquín, por su parte, constituye un buen complemento pétreo y contribuye a dar unidad al espacio. Quizá lo único lamentable de su apariencia actual es su cubierta de lámina que intentan imitar un tejado de barro sin conseguirlo, colocada además sobre vigas de acero. La solución es, sin duda, más práctica y favorece la conservación del inmueble, pero a cambio le quita parte de su sabor tradicional.
Éste era, sin duda, el patio más elegante de Aculco, pero desapareció en la década de 1960. Parte de su cantería rosa y blanca, sin embargo, se conserva en el interior del edificio que se levantó en su lugar -la Superterraza- y en los patios de las casas números 2 y 4 de la calle de Juárez. Como puede verse en la imagen, los pilares, capiteles y pretiles seguían un modelo común en el pueblo; su verdadero interés residía en los arcos de asa, bellamente moldurados, y en la fina labor de cantería de las enjutas, molduras y cornisas que corrían sobre ellos. Como en tantos otros patios de Aculco, el espacio central no estaba enlosado, sino que se destinaba al cultivo de árboles frutales y plantas ornamentales. Lo favorecía el ligero desnivel respecto de la plaza Juárez, que permitía cubrir la piedra viva con una capa de tierra.
El patio central de la hacienda de Ñadó presenta varias particularidades frente a otros del municipio de Aculco. Su aspecto general recuerda los patios toluqueños: corredores elevados sobre el nivel del patio, columnas de fierro colado apoyadas en basas de cantería y barandales de herrería en lugar de los pesados pretiles aculquenses. Sin embargo, el tejado que cubre los corredores, el jardín central poblado de frutales y el bonito desayunador poligonal del centro le dan un aire campestre muy distinto del de las casas de aquella ciudad. Aunque pasó por años de cierto abandono, por fortuna el patio fue restaurado junto con todo el casco de la hacienda y hoy se conserva en excelentes condiciones.
Debo decir que no conozco este patio en persona y sólo puedo referirme a él por las fotografías modernas que alguien amablemente me hizo llegar. El nombre de la propiedad resulta evocador de los primeros tiempos de la colonización, cuando las tierras vacantes comenzaron a repartirse en extensiones que empleaban precisamente ese término: la estancia de ganado menor, de unas 780 hectáreas, y la estancia de ganado mayor, de unas 1,755. El edificio, construido con la piedra blanca de Aculco, fácil de extraer de las barrancas vecinas, tiene la solidez de una fortaleza. Desde el patio pueden advertirse distintas etapas constructivas; el cuerpo de pequeñas ventanas alargadas parece corresponder a la más antigua. El espacio central -el patio- luce hoy cubierto de pasto y adornado con bancas y farolas. A la izquierda, en un nivel ligeramente más alto y fuera de la vista en esta fotografía, está un sencillo corredor con tejado, sostenido por columnas poligonales de la misma piedra blanca que, por su rusticidad, recuerdan vagamente ejemplos románicos o góticos. Por fortuna, buena parte del edificio se encuentra hoy bien restaurada.
Este patio data de 1946 y 1947. Diseñado por el ingeniero Harmodio de Valle Arizpe, es uno de los pocos patios de Aculco cuyo autor puede señalarse con certeza. Siempre me ha parecido desproporcionadamente grande para el edificio que lo alberga, aunque hay que tomar en cuenta que las teorías educativas de la época insistían en la necesidad de contar con espacios amplios para que los niños se ejercitaran. Por su función escolar, el patio está completamente pavimentado con concreto, alternado con franjas de piedrecillas que forman una cuadrícula. Sus corredores, más bien angostos y construidos en concreto armado, se suavizan un tanto con la cubierta ornamental de teja y las molduras a modo de capiteles o zapatas. Al poniente -a la izquierda en la foto- se abre el cubo del zaguán, que sobresale del plano marcado por los muros de los salones de clase y se abre mediante un arco hacia el patio. Su cornisa elevada, de formas mixtilíneas, introduce una nota ornamental que subraya el estilo neocolonial del inmueble, la que se repite en el otro extremo en la cornisa del Teatro Municipal. El sol de barro colocado sobre el arco es una artesanía de alrededor de 1974 que anteriormente adornó el cubo de la escalera del Palacio Municipal.
Este patio en ruinas es sumamente sencillo y posiblemente no merecería una nota si no fuera porque su abandono permite apreciar con particular claridad su disposición, sus materiales y su antigüedad. Está edificado con la ubicua piedra blanca de Aculco y su planta es trapezoidal, debido sobre todo a las exigencias del terreno. Muy probablemente fue conformándose mediante adiciones de distintas épocas que acabaron por darle un aspecto hermosamente anárquico. Vemos los restos de un ala de dos plantas, pilares de piedra caídos o a punto de caer, un arco que no parece conducir a ninguna parte, tejados derrumbados y piedras rotas. Por supuesto, este espacio merecería una adecuada restauración o, al menos, una intervención respetuosa; pero lo más probable es que nunca llegue a tenerla y termine ocupado por una construcción moderna.
Este diminuto patio se encuentra en una de las casas que conforman el callejón que desciende del atrio de la parroquia hacia la plazuela Hidalgo. Como otros patios antiguos del pueblo, combina la cantera blanca (pilares y arcos) con la rosa (capiteles y claves). Sus corredores bajos están formados por arcos de medio punto en tres de sus costados y un muro ciego en el restante. El consabido pretil separa la zona cubierta del patio propiamente dicho. En la parte alta, a la que se llega por una escalera en parte construida en piedra y en parte en madera, no tiene arcos aunque sí pilares idénticos a los de la planta baja y cubierta de teja sobre vigas de madera. Une los pilares un pretil sumamente bajo, pensado más para colocar macetas que pare proteger de una caída, algo que se repite en muchas casas de Aculco.
Éste es otro de esos patios de aspecto anárquico y pintoresco que con tanta facilidad pueden formarse en Aculco utilizando apenas piedra blanca, madera, ladrillo y teja. Es fácil advertir que fue tomando forma mediante añadidos sucesivos de distintas épocas y desigual calidad. Así, encontramos muros de mampostería irregular junto a otros de sillares mejor cortados -sobre todo en el cuerpo de dos plantas-; pilares cuadrados de piedra blanca, de distinto grosor y dispuestos sin un ritmo aparente; otros poligonales y mejor tallados; columnas de madera, y escaleras tanto rectas como en abanico. Resulta curioso que, en contraste con este desorden, la fachada principal del inmueble sea ordenada y esté bien diseñada, con cierto aire italianizante.
A fines del siglo XIX y principios del XX, la "modernidad" arquitectónica llegó a Aculco de una manera muy sutil, con formas más clasicistas que eclécticas y sin expresarse casi nunca en edificios con elaborados trabajos de piedra que pudieran calificarse claramente como porfirianos. Recuérdense obras como el reloj público (1904) o el basamento del kiosco (1889), que pertenecen a esa modernidad, pero parecen concebidos para prolongar la sencillísima arquitectura de Aculco y no para competir con ella. Algunas casas del municipio incorporaron elementos de este nuevo gusto, como una que ya hemos visto páginas atrás, la de don Abraham Ruiz. En la hacienda de Cofradía, hacia 1905 se construyó el portal de arcos de la fachada, mientras que el patio recibió la ornamentación que vemos aquí: esbeltas columnas toscanas de cantera blanca, con basas y capiteles de cantera rosa. Aunque hoy están pintados de rojo, se reconocen también elementos mucho más arraigados en la arquitectura de Aculco, como los pretiles que separan el patio de los corredores. En los muros del fondo se observan los notables murales de Ernesto de Icaza que dan fama a esta propiedad.
Este patio, ubicado en una casa de la Plaza de la Constitución, es un buen ejemplo de la armonía que pueden alcanzar aportaciones de distintas épocas en un mismo edificio aculquense. Véase, por ejemplo, el cuerpo de piedra blanca de dos niveles que aparece a la izquierda de la imagen y que podríamos llamar torrecilla: la planta baja data de tiempos coloniales; la segunda, de la década de 1950, y el pretil almenado, de hace menos de diez años. En sus pequeños corredores, esta construcción alterna pilares de cantera en el nivel inferior y columnas de madera en el superior, una disposición tradicional de Aculco que todavía puede verse en la portería del antiguo convento y que aquí se recuperó con acierto. También el piso de lajas fue común en el pueblo, con ejemplos notables en el atrio de la parroquia, el Molino de Arroyozarco y la casa número 2 de la calle de Juárez. Un elemento ajeno a la tradición local, pero que se integra sin estridencias, es la fuente de construcción reciente: en el municipio son muy escasos los ejemplos antiguos. Este patio conservó por algún tiempo unos cuantos vestigios de su antiguo origen como tenería (es decir, curtiduría): tinajas y canales tallados directamente en la roca madre.
Durante muchos años desconocí la existencia de este patio, ubicado en la casa de la esquina de Comonfort y Corregidora. Lo primero que llama la atención son los gruesos muros de piedra blanca que lo separan de las casas vecinas y le dan un precioso marco. Luego están sus arcos encalados, de poca altura y aspecto un tanto conventual, acompañados del tradicional pretil. En la planta alta, en cambio, sólo hay pilares que sostienen el tejado. Son seguramente una adición posterior, pero no restan armonía al conjunto. A veces pienso que otras pequeñas casas aculquenses debieron de tener patios semejantes a éste, perdidos con el tiempo entre destrucciones, abandono, modernizaciones, subdivisiones y otras desgracias.
El edificio del Despacho -llamado en el siglo XVIII "casa del mayordomo"- es uno de los más importantes de la antigua hacienda de Arroyozarco. Su patio se encuentra actualmente desprovisto de corredores y con algunas construcciones parásitas apoyadas en sus muros, pero antiguamente tuvo en sus costados vastos pórticos con cubierta de viguería, sostenidos por grandes columnas de madera que descansaban sobre basas poligonales de tezontle rojo. Algunos restos sobreviven desarmados in situ, pero sólo gracias a una fotografía de la década de 1980 —cuando los peregrinos de Querétaro adquirieron el edificio— podemos conocer con precisión el aspecto que tenían, aunque para entonces se encontraban ya próximos a la ruina. Es una verdadera lástima que un patio tan original se haya perdido.
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Hasta aquí nuestro recorrido, necesariamente incompleto, por los patios de Aculco. Como hemos visto, no existe propiamente un modelo único de patio aculquense, pero sí una manera muy reconocible de construirlos: piedra blanca y rosa, madera, ladrillo y teja; corredores y pretiles; árboles, macetas y, de vez en cuando, algún pozo o una fuente. Quizá su mayor encanto esté precisamente en que rara vez fueron espacios concebidos de una sola vez. Crecieron con las casas, recibieron añadidos, perdieron otros, cambiaron de materiales y de usos y terminaron por reunir, a veces con orden y otras de manera hermosamente anárquica, varios siglos de historia. Algunos han llegado hasta nosotros casi intactos, otros han sido transformados con mayor o menor fortuna y muchos sólo sobreviven en fotografías. Ojalá los que quedan sigan siendo patios y no se conviertan, como ha ocurrido tantas veces, en habitaciones, cocheras o simples metros cuadrados disponibles para construir.

























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