sábado, 17 de octubre de 2026

De campanas, autoridades omisas y hasta excomuniones

Este es un texto que me molesta mucho escribir, al que le he estado dando vueltas en la cabeza desde el miércoles pasado, pero que me ha costado pasar a la computadora sencillamente porque me duele mucho, me preocupa y me desalienta profundamente.

Ustedes saben qué sucedió aquel día: de improviso los vecinos de Aculco vieron que las antiguas campanas del templo parroquial de san Jerónimo, uno de los conjuntos históricos de campanas más importantes del Estado de México, estaban siendo bajadas del campanario. Observaron además que la maniobra se estaba realizando sin el cuidado que merecen objetos patrimoniales con 238 años de edad; por ejemplo, los antiquísimos yugos barrocos de las esquilas fueron destrozados sin remedio.

Las personas verdaderamente preocupadas por esta acción se dieron cuenta bastante tarde. Al parecer, la operación comenzó desde las once de la mañana y sólo alrededor de las cinco de la tarde comenzaron a congregarse algunos vecinos en el atrio para pedir explicaciones al cura párroco, Pbro. Ruperto Martínez Mercado. Para entonces tres campanas antiguas estaban cargadas ya en una camioneta de Campanas San Judas Tadeo, empresa de Zacualtipán de Ángeles, estado Hidalgo. Yo sólo conozco de oídas las respuestas del padre, y todo lo que me cuentan es vago y contradictorio: que se iban a restaurar, que nada se les iba a pulir, que las habían intercambiado por campanas nuevas (ciertamente la camioneta había traído un par de sospechosas campanas nuevas), o lo más terrible que podría haber sucedido, que se les iba a volver a fundir en campanas nuevas porque ya estaban viejas y dañadas. Pero algo sí es más seguro: se le dijo al sacerdote que necesitaba para cualquier intervención un permiso del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) y él señaló que no lo tenía y no lo necesitaba.

En aquel momento empezaron a aparecer en redes sociales las primeras imágenes del desaguisado. Varios amigos de Aculco me enviaron mensajes casi simultáneamente y a pedirme que hiciera algo. Al estar yo en la Ciudad de México me era por supuesto imposible llegar a tiempo si se mantenía la intención de sacar las campanas (y una vez fuera de Aculco, quién sabe cuál podría haber sido su destino, quizá hoy no existirían). Lo único que podía hacer era solicitar la intervención del INAH, lo que hice a través del Dr. Diego Prieto, anterior director de este instituto, y del arqueólogo Nahúm Noguera Rico, director del Centro INAH Estado de México. Ellos, con verdadera diligencia, emitieron el oficio NO. 401.2C.1-2026/3939, en el que solicitaban al Ayuntamiento que se suspendiera cualquier trabajo o actividad relacionado con la denuncia. Nahúm me lo envió por whatsapp y yo le di difusión a través de las redes, enviándoselo incluso a algún miembro de la propia corporación municipal.

Para entonces, la gente se había movilizado rápidamente a través de Facebook para pedir mayor presencia en el atrio e impedir la salida de las campanas. Especialmente importante parece haber sido la participación del cronista y los delegados municipales. Se obligó así a que la empresa que pretendía llevárselas las subiera nuevamente a la torre -donde permanecen, ahora tristemente descolgadas. Aquí viene un aspecto que, como católico, me resulta particularmente desagradable: la indignación de los vecinos contra el padre Ruperto fue creciendo y, por momentos, alcanzó niveles preocupantes. Según los testimonios que he recibido, no hubo agresiones físicas, pero sí situaciones de intimidación, hasta el punto de que el sacerdote no podía retirarse libremente. Entiendo perfectamente el enojo de la gente, que yo mismo compartía, pero ninguna causa, por justa que sea, autoriza a recurrir a semejantes procedimientos.

¿Por qué fue tan grave el descolgar las campanas de su lugar? Ya lo he dicho arriba: además de su notable antigüedad, valor histórico, valor patrimonial e incluso valor económico, se trata de objetos que forman parte integral de un monumento histórico y toda intervención sobre ellos debe contar con una autorización expresa del INAH, pues de otra manera se incurre en una infracción a la legislación federal. Pero hay varias agravantes: se trata de objetos de propiedad federal. Pero, además, se encuentran en Aculco, sitio del Patrimonio Mundial de la UNESCO como parte del Camino Real de Tierra Adentro, es decir, no son sólo patrimonio de Aculco y de México, sino de la humanidad. El simple maltrato que se les dio es ya una infracción gravísima. El resto depende de qué se pretendía hacer con ellas: si era pulirlas, debo decir que el bronce histórico no necesita ningún pulimento, normalmente tiene de origen una pátina que lo protege del medio ambiente y abrillantarlas puede llevar a un daño irreparable; si era restaurarlas, no es claro que la empresa que pretendía llevárselas tenga las credenciales para restaurar campanas históricas de esta importancia; si se trataba de intercambiarlas por otras nuevas, pues sería como cambiar oro por cobre, pues el precio de una campana histórica es mayor que el de una campana moderna; y si se quería fundirlas, la destrucción de un patrimonio histórico es una barbaridad que empaña todas las demás por la ignorancia imperdonable. En todo caso, lo repito, el padre no solicitó una licencia al INAH que aclarara bien sus objetivos.

Al difundir el oficio de suspensión de las maniobras, varias personas se dieron cuenta de que el encabezado tenía una errata: decía "Aculco del Valle" en lugar de simplemente "Aculco", que es el nombre correcto de nuestro municipio. Yo, la verdad, no le di importancia: entendí que las prisas habían llevado a ese error y,como no hay otro municipio que se llame Aculco en todo el Estado de México, que además tenga como presidenta municipal a una Lic. Valeria Cruz Olvera, y en el que se estuvieran descolgando campanas la tarde del 14 de octubre, pensé que nadie de buena fe podría considerar que semejante errata invalidaba el contenido del documento. A pesar de ello avisé inmediatamente a Nahúm, quien me informó que al día siguiente se corregiría la errata en un nuevo oficio.

Para mi sorpresa, al día siguiente la presidenta municipal publicó un video que, además de informar que se respetaría el patrimonio histórico de Aculco (como corresponde), señalaba aquel error y declaraba que no había recibido tal oficio. Debo decir que me molestó esa actitud. Ya el día anterior, al difundirlo, algunos facebookeros habían intentado hacer creer que era falso, o creado con inteligencia artificial, o que llamar al municipio "Aculco del Valle" lo desvirtuaba por completo. Pero no esperaba una actitud parecida de la autoridad municipal. Porque, por una parte, bastaba con levantar el teléfono, llamar al Centro INAH Estado de México y preguntar si el oficio existía. Además, ¿por qué se dedicó tanta atención a cuestionar el oficio y tan poca a averiguar si existía autorización para intervenir las campanas? Por otra parte, he visto una infinidad de oficios dirigidos al Ayuntamiento con errores similares y que no son cuestionados por la errata. Por ejemplo, muchos oficios llegan dirigidos al "municipio de Aculco de Espinoza", cuando Aculco de Espinosa (y con "s") es sólo la cabecera municipal y no el nombre correcto del municipio. Todo eso resulta sin embargo menor considerando lo siguiente: a 150 metros de distancia del Palacio Municipal se estuvieron descolgando las campanas del templo desde las 11 de la mañana de ese día... ¿No vieron nada raro las autoridades en ese movimiento?, ¿la Dirección de Obras Públicas?, ¿la propia presidenta? Ignoro si las autoridades municipales tenían conocimiento previo de los trabajos. Pero tanto si los conocían como si no, resulta indispensable que expliquen por qué una intervención de semejante magnitud pudo desarrollarse durante horas, a unos pasos del Palacio Municipal, sin que nadie verificara la existencia de la autorización correspondiente.

Después de ver el video, nuevamente me comuniqué con Nahúm quien en respuesta me envió la corrección del oficio y el correo electrónico en el que habían enviado esta corrección al Ayuntamiento desde las 10:25 de la mañana, con copia a varias instancias del Municipio y el gobierno del estado. Lo difundí y ahora la gente de mala fe del pueblo me pedía el sello de recibido, como si fuera mi responsabilidad tenerlo, y sin cuestionar la inexistencia del permiso del INAH, verdadero problema en el origen de todo esto.

¿Y ahora qué sigue? En primer lugar, es indispensable que el INAH realice una inspección exhaustiva de las campanas, documente los daños que sufrieron y determine las medidas necesarias para su conservación. Debe establecerse también qué sucederá con los yugos barrocos destruidos, cuya pérdida no puede despacharse como un simple accidente de las maniobras. Finalmente, corresponde esclarecer quién autorizó los trabajos, con qué propósito y bajo qué responsabilidad. Las campanas deben permanecer en Aculco, pero no basta con que sigan allí: es necesario garantizar su integridad y evitar que una situación semejante vuelva a repetirse.

¿EXCOMUNIÓN?

Me cuentan también que desde la parroquia se ha pretendido intimidar a quienes participaron en la movilización del miércoles por la tarde. Incluso se habla de posibles excomuniones. No sé qué haya de cierto en estas versiones, pero, si efectivamente se han hecho tales advertencias, me parece necesario aclarar algunas cosas.

Amigos, no se dejen amedrentar. La Iglesia católica -que es la mía- no exige a sus fieles una obediencia ciega ni les prohíbe manifestar su desacuerdo con las decisiones de sus sacerdotes. Por el contrario, el propio Código de Derecho Canónico, en su canon 212, reconoce expresamente el derecho de los fieles a expresar sus opiniones sobre los asuntos que conciernen al bien de la Iglesia y, en determinadas circunstancias, considera que hacerlo constituye también un deber. Por supuesto, ese derecho debe ejercerse con respeto a los sacerdotes y a la dignidad de las personas. Pero el respeto no equivale al silencio, como tampoco la autoridad sacerdotal supone infalibilidad en las decisiones que toma un párroco. Un sacerdote puede equivocarse, actuar imprudentemente y tomar determinaciones que perjudiquen a su comunidad. Y sus feligreses tienen derecho a señalarlo.

La defensa de los bienes históricos y religiosos de una parroquia no es una manifestación de rebeldía contra la Iglesia. Por el contrario, puede ser una expresión de responsabilidad y compromiso con ella. Las campanas de Aculco no son simples objetos que puedan tratarse con indiferencia. Forman parte de la historia de nuestro pueblo, de su patrimonio material y de una tradición religiosa que pertenece a la memoria de muchas generaciones. Defenderlas, por medios legítimos y pacíficos, es una causa perfectamente digna de cualquier católico.

En cuanto a la excomunión, conviene recordar que no es una amenaza que pueda utilizarse discrecionalmente para acallar a quienes protestan. Es una pena gravísima, reservada por el derecho canónico para delitos determinados, como la apostasía, la herejía, el cisma, la profanación de las especies eucarísticas, la violencia física contra el papa y otros supuestos expresamente previstos por la legislación de la Iglesia. Nada de eso tiene que ver, por sí mismo, con reunirse para expresar inconformidad, exigir explicaciones o defender los bienes de una parroquia.

Desde luego, tampoco es admisible agredir, amenazar o coaccionar a un sacerdote. Tales conductas pueden constituir delitos y merecer sanciones. Pero no deben confundirse con el ejercicio pacífico del derecho de los fieles a manifestar sus preocupaciones. Por lo que sé, no existe fundamento alguno para amenazar con la excomunión a quienes se limitaron a manifestar pacíficamente su inconformidad y a defender las campanas. Si alguien sostiene lo contrario, correspondería que señalara con precisión qué delito canónico se habría cometido y qué disposición de la Iglesia justificaría semejante pena.

No permitan que las amenazas, los reproches o los intentos de descalificación los hagan desistir de esa responsabilidad. Pero tampoco permitan que la indignación los lleve a cometer excesos que desvirtúen la legitimidad de su causa. Sigan defendiendo lo que consideran justo. Háganlo con firmeza, con argumentos y con perseverancia. Nunca con violencia. Sin insultos ni amenazas, con el respeto debido al ministerio sacerdotal, pero también con la dignidad de quien sabe que tiene derecho a preguntar, a disentir y a exigir explicaciones.

A veces, precisamente por amor a la Iglesia y a lo que representa para una comunidad, es necesario levantar la voz. Y si alguien tiene dudas sobre todo esto, puede consultar directamente el Código de Derecho Canónico. Está al alcance de cualquiera.

DESALIENTO

Las campanas de San Jerónimo han acompañado la vida de Aculco durante generaciones. Han anunciado sus fiestas, sus desgracias, sus celebraciones y sus duelos. Sobrevivieron a guerras, revoluciones y a las transformaciones de nuestro pueblo. Resulta doloroso pensar que hayan estado a punto de perderse no por alguna gran catástrofe, sino por la ignorancia, la imprudencia y la indiferencia de quienes tenían la obligación de cuidarlas.

Y aquí vuelvo al sentimiento con el que comencé este texto. Lo sucedido me duele, pero sobre todo me desalienta. Porque no es un hecho aislado. Es un caso más de una realidad que conocemos demasiado bien: la facilidad con que se atropella nuestro patrimonio, la indiferencia con que se contempla su destrucción y la dificultad de conseguir que las autoridades cumplan con las responsabilidades más elementales. Uno quisiera creer que los años, la experiencia y los esfuerzos de tantas personas han servido para crear una mayor conciencia sobre el valor de lo que hemos heredado. Que todo lo que en 18 años he escrito en este blog para concientizar sobre el valor de nuestro patrimonio y la importancia de conservarlo habría servido de algo. Pero episodios como este parecen demostrar lo contrario.

Y, sin embargo, sería injusto no reconocer que la movilización de tantos vecinos demuestra que esa conciencia también existe. Que hay personas dispuestas a defender lo que hemos heredado. Tal vez no todo haya sido inútil. Lo que verdaderamente desalienta es que esa conciencia parezca estar mucho más presente en algunos ciudadanos que en quienes tienen la responsabilidad de cuidar nuestro patrimonio. Que para impedir una barbaridad haya sido necesario que se movilizara medio pueblo, recurrir de urgencia al INAH y enfrentarse a las autoridades.

Hoy las campanas permanecen en su torre, aunque descolgadas y maltratadas. Ojalá vuelvan pronto a ocupar su lugar y a cumplir su función. Pero ojalá, sobre todo, que lo sucedido sirva para recordarnos que el patrimonio de Aculco no se conserva por sí solo. Necesita de personas dispuestas a conocerlo, valorarlo y defenderlo, incluso cuando hacerlo resulte incómodo para quienes ejercen la autoridad.

Si quieres saber más sobre las campanas de Aculco mira aquí.

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