martes, 23 de noviembre de 2021

La espuela que don Miguel Hidalgo abandonó en Aculco

Quien haya visitado el Museo Nacional de Historia hace más de treinta años, quizá recordará que en una de sus vitrinas se encontraba un antigua espuela cuya cédula más o menos decía así: "espuela perteneciente a Hidalgo hallada en el campo de Aculco". De niño, volver a ver esa espuela era para mí una de las mejores razones para visitar el Castillo de Chapultepec, pero en algún momento dejó de estar a la vista y desde entonces no he sabido más de ella. Tal vez se halle en exhibición en algún otro lugar o quizá solamente reposa en las bodegas del edificio hasta que alguna renovación de la museografía la saque nuevamente a la luz.

¿Pero cómo es y cuál es la historia de esa supuesta espuela que el cura de Dolores habría abandonado en tierras aculquenses?

De lo primero no hay mucho que decir, pues no he podido hallar imágenes recientes y las fotografías viejas no permiten ver muchos detalles. De lo poco que se intuye de ellas y lo que puedo rescatar de mis recuerdos es que no es grande, está hecha de hierro forjado con alguna labor ornamental (no de plata como dicen algunas descripciones), la espiga forma un ligero ángulo al estilo de tiempos coloniales y la rodaja es más bien pequeña. No tiene correa ni pialera.

Acerca de su historia, hace tiempo me contaron que estuvo originalmente en posesión de los dueños de la hacienda de Arroyozarco. De sus manos habría pasado a las del general Vicente Riva Palacio, quien en 1894 la donó junto con otros muchos objetos históricos al Museo Nacional, instalado entonces en el edificio de la antigua Casa de Moneda. A las piezas que forman parte de esa donación se les conoce en conjunto como "Lote Riva Palacio" e incluye cosas de gran valor histórico, como son los objetos personales del general Vicente Guerrero (abuelo de Riva Palacio), pero también algunas otras de cuya pertenencia a personajes históricos se tiene menos certeza. Parece ser el caso de esta espuela, pues quienes la mencionaron en los catálogos del museo casi invariablemente expresan esa duda:

"Espuela que parece haber pertenecido al señor cura don Miguel Hidalgo" (Jesús Galindo y Villa, Guía para visitar los salones de historia de México del Museo Nacional, 1899).

"Espuela que, según la tradición, perteneció al señor cura don Miguel Hidalgo y Costilla. Objeto donado en 1894 por el Gral. D. Vicente Riva Palacio" (Museo Nacional de México, 1906).

Pero en esos viejos catálogos del museo falta además una información esencial: aquella que relaciona la espuela con Aculco. La verdad es que sólo he podido hallar textos muy tardíos que mencionan esa relación, como la nota "Reducto de la insurgencia", del reportero Ramón Morones, aparecida en el periódico Excélsior del 23 de enero de 1960, que habla sobre las pertenencias que los jefes rebeldes que se exhibían entonces en Chapultepec:

Entre las diversas reliquias del jefe de la insurgencia, existen ahí su relicario más preciado, una hermosa espuela de plata que le perteneció y que quedó abandonada en la batalla de Aculco.

¿Será verdadera su historia? ¡Quién puede saberlo! La espuela de Hidalgo o espuela de Aculco quizá no sea ni lo uno ni lo otro. Es muy difícil imaginar que alguien pueda haberse percatado de su pérdida en medio de la batalla o hasta en plena huída, que la haya logrado rescatar y resguardar, que pudiera transmitir a otros esa historia junto con el objeto.

Difícil, pero claro, no imposible.

viernes, 19 de noviembre de 2021

Dos breves cuentos otomíes

En la década de 1980, la antropóloga Lydia van der Fliert realizó un amplio estudio etnográfico de las comunidades otomíes del sur del estado de Querétaro. Esta obra abarcó aspectos históricos, estadísticos, culturales, sociológicos y religiosos de esa etnia, y al abordarlos dio un lugar muy importante a sus narraciones tradicionales: fábulas, cuentos, leyendas, memorias. Si bien Van der Fliert limitó su estudio a los pueblos de San Ildefonso Tultepec y Santiago Mexquititlán, y no a otros poblados otomíes del mismo municipio de Amealco ni a los del vecino Aculco, sus investigaciones tienen grandísimo interés para nosotros: no debemos olvidar que aquellos pueblos pertenecieron hasta mediados del siglo XVIII a la jurisdicción de Aculco y buena parte de su herencia cultural es compartida con nuestro municipio. Además, las relaciones de vecindad propician hasta nuestros días una comunicación constante, de la que resulta, por ejemplo, que en las historias aculquenses aparezcan con frecuencia los pueblos del sur de Amealco y viceversa.

Precisamente es el caso de estos dos cuentos otomíes que hoy les quiero compartir. Se trata de relatos tradicionales que Lydia van der Fliert recogió de boca de sus informantes en el libro que es fruto de sus investigaciones en Amealco: Otomí en busca de la vida (UAQ, 1988), al que subtituló con su equivalente en lengua hñäñho: ar ñäñho hongar nzaqui. El primero de ellos se origina en Santiago Mexquititlán, mientras que el segundo procede de San Ildefonso Tultepec. Aunque son cortos y sencillos, seguramente les pareceran interesantes.

 

UNO

A principios de siglo [XX], hubo un lugareño que se dedicaba a la deshonrosa profesión de robar a los comerciantes hospedados en una posada de Aculco o que pasaban por San Juan del Río con sus animales y productos. Una noche en que consiguió alojamiento en el mismo lugar de Aculco, poco después de las doce, atravesó el umbral a hurtadillas para robar dos burros. Los dueños de éstos se despertaron, descubriendo que había desaparecido su compañero de habitación e instantáneamente sospecharon el motivo. Abrieron la puerta de la casa y a lo lejos distinguieron la sombra de un hombre con dos burros sin orejas (dogú), ya que éste se las había amarrado. Sabiendo que a sus animales no les faltaba nada, regresaron a sus lechos y durmieron tranquilos hasta que el sol se dibujó en el horizonte. Se levantaron, esta vez para continuar su camino, y ¡cuál no sería su sorpresa cuando descubrieron que sus dos burros habían desaparecido sin dejar rastro! Era imposible proseguir el viaje. Se vieron obligados a vender la mercancía a bajo precio y regresar decepcionados a sus hogares. Pasaron algunos meses. Mientras tanto, nuestro ladrón no se había quedado con los brazos cruzados. Robó seis reses más y hasta logró conseguir "comprobantes" (así le llaman a las facturas o títulos de propiedad). Los dueños, sin embargo, tampoco se quedaron sentados y siguiendo sus huellas localizaron la morada. Nuestro hombre protestó con furia, apoyándose en los "comprobantes" trató de justificarse, pero fué finalmente llevado a la cárcel. Al día siguiente, su señora le quiso visitar, pero en lugar suyo los carceleros le dieron un sombrero, porque él se había desvanecido misteriosamente. Ella jamás volvió a ver a su marido.

 

DOS

Sucedió que una señora de Tultepec, que tenía cinco meses de embarazo, decidió tomar el tren en Aculco para dar a luz en el Distrito Federal. Durante el viaje la venció el sueño y al despertar ya no sentía al niño en el vientre; también su espíritu había desaparecido. regresó a su pueblo y comentó a todos que no había tenido dolores ni entendía cómo era posible haber despertado con el vientre vacío, como si nunca hubiese estado embarazada.

 

El primero de los cuentos claramente se sitúa a principios del siglo XX y Van der Fliert lo ubicó en la sección que dedica al porfiriato. La existencia de posadas para arrieros en Aculco indica justamente que se trata de una historia bastante antigua. Del segundo cuento, por el contrario, no se establece una cronología clara. Sin embargo, sabemos que el ferrocarril de Aculco únicamente funcionó entre los años que van de 1896 a 1928, por lo que debe situarse necesariamente en esa época. Como sea, es hasta cierto punto ocioso buscar correspondencia de las narraciones tradicionales y legendarias con la realidad histórica, cuando su terreno es más bien el de la imaginación

 

FUENTE:

Lydia van der Fliert. Otomí en busca de la vida, Querétaro, Universidad Autónoma de Querétaro, 1988, págs. 57 y 197.

miércoles, 17 de noviembre de 2021

Desventuras de dos curas de Aculco en la Guerra de Independencia

Hace varias semanas, mi prima Socoro Osornio me compartió un documento escrito por el cura de Aculco, don Pablo García, en el que da cuenta de un enfrentamiento entre realistas e insurgentes ocurrido el 3 de agosto de 1811 en las inmediaciones de Aculco. La relectura de ese importante documento (que incluí parcialmente en mi libro Ñadó, un monte, una hacienda, una historia), me trajo la idea de hablarles acerca de las desventuras de ese sacerdote durante la Guerra de Independencia, así como de las de un colega suyo, el también cura de Aculco don Manuel Toral.

DON PABLO GARCÍA

El bachiller y presbítero don Pablo García nació hacia 1776, de modo que era relativamente joven cuando fue destinado a la parroquia de Aculco en 1808. Llegó como coadjutor del párroco don Luis Carrillo y no mucho después, el 1 de octubre de ese año, se convirtió en cura interino o encargado. Don Pablo estuvo presente a la llegada de las tropas de Miguel Hidalgo en noviembre de 1810 y durante la Batalla de Aculco del día 7 de ese mismo mes. Al día siguiente del enfrentamiento dirigió una relación de esos sucesos a la sede arzobispal, pero la carta desafortunadamente se ha perdido. Con todo, sabemos indirectamente que su narración refería la manera en que el sacerdote mantuvo a su feligresía rezando dentro de la iglesia durante la batalla así como sus esfuerzos por conservar "fiel" al vecindario, es decir, leal al monarca español.

Así pues, desde el principio García se mostró enemigo de la insurgencia. Esto no es extraño, pues aunque muchos sacerdotes y religiosos siguieron a Hidalgo (cuatro de ellos, por cierto, cayeron presos en la Batalla de Aculco), el movimiento independentista provocó sobre todo una fuerte división en el clero. Por ello encontramos lo mismo sacerdotes rebeldes que otros decididamente realistas: una división que hacía eco a la de la sociedad novohispana, fragmentada en dos bandos a partir de la sublevación del cura de Dolores. De tal manera la Guerra de Independencia, más que un conflicto entre españoles y mexicanos como a veces se nos trata de presentar, tuvo un carácter de guerra civil.

En los meses que siguieron a la Batalla de Aculco, un grupo insurgente se estableció no lejos del pueblo, en las montañas de Tixmadejé, Acambay. Pronto comenzaron a incursionar por los pueblos, haciendas y ranchos de la zona, de modo que, según el padre García "nos han llenado de conflictos por los repetidos tránsitos que han hecho por este pueblo, y en ellos muchos robos, llenando nuestro corazón de sobresaltos". Así sucedió, por ejemplo, la madrugada del 1 de marzo de 1811, cuando se presentó en el pueblo una gavilla rebelde que se apoderó del dinero recolectado para sostener una Compañía de Patriotas realistas, especie de milicia organizada localmente para combatir la insurgencia. Aunque nada pudo hacer para evitar el robo, el sacerdote se negó terminantemente a repicar las campanas y a celebrar misa como le pedían los rebeldes, pues se les consideraba excomulgados. Esta firmeza le ganó el elogio de las autoridades del arzobispado.

Pero Aculco estaba continuamente expuesto al acoso insurgente, por lo que el padre García se retiraba del pueblo "para verse libre de los insultos" cuando se anticipaba la llegada de los rebeldes. Así lo hizo el 25 de marzo, aunque a final de cuentas tuvo que encarar a los asaltantes un par de días después:

Creyendo yo ya que se habían ido, y habiéndome restituido al pueblo, me mandaron llamar el día veintisiete, y habiendo ido, lleno de temor, pero acompañado con uno de los ministros, nos hicieron entrar adonde estaban más de cuatrocientos hombres armados; y habiéndose quedado en una pieza los que ellos llaman sus jefes, y poniendo un par de pistolas en la mesa, me dijeron con arrogancia estas terminantes palabras: ¿está usted convencido de la justicia de la causa que defendemos, o no? a lo que respondí que no lo estaba, sino de todo lo contrario, que era hijo obediente de la Iglesia, y no oía yo más voz que la de Dios, comunicada por mis superiores.

Altercamos mucho, y habiéndome dicho que, a querer o no, había de presenciar un juramento que iba a hacer toda su tropa, y negándomeles enteramente, hicieron llamar a los demás sacerdotes, lo que aprecié, porque me acompañaran, y por ver si tenían otras razones con que poder convencer a unos hombres abandonados y faltos de toda religión.

Mirando mis compañeros y yo que el lance era inevitable, les supliqué que me atendieran para que mi ignorancia y rusticidad no se deslizaran en cosa alguna; y armado del valor que Dios Nuestro Señor se sirvió darme, hice ánimo de decirles, a cualquier riesgo, lo que debo decirles en la cátedra del Espíritu Santo: que todos tenemos jurado por Rey a nuestro amado el Señor don Fernando Séptimo, que era a quien debíamos obedecer y a los que en su nombre legítimamente nos gobernaran, y les repetí, por dos o tres ocasiones, que atendieran bien lo que les decía, porque yo no podía, ni debía decirles otra cosa.

De cuyo hecho, resentidos porque no se hizo como querían, y mucho más, sabedores de que todos los eclesiásticos y vecinos honrados de este pueblo repugnamos sus ideas; bien instruidos de que al señor Gral. don José de la Cruz, que pedía dineros prestados, le dimos entre todos los eclesiásticos trescientos pesos; que al señor Comandante don José Andrade le proporcioné setecientos pesos, en calidad de préstamo, cuando estuvo en Acambay, y cuando estuvo aquí le proporcioné ochocientos cincuenta pesos; bien informados del gusto con que han sido recibidas las tropas del Rey y de que en mi casa se ha hospedado toda la oficialidad, sin tener que erogar gasto alguno, sé que decían, llenos de cólera, que, puesto que para ellos no había nada, se trataría al pueblo con todo rigor, de cuyas resultas nos robaron a todos los eclesiásticos y a los vecinos honrados nuestras cabalgaduras y lo más que pudieron.

Cuatro meses después, el 18 de julio, una numerosa partida de cerca de cuatrocientos insurgentes entró nuevamente a Aculco para saquear sillas de montar y caballos. Esta vez los rebeldes pretendían además, como lo narra el propio cura García, que se les bendijera un cañón:

Habiéndome quedado en otras ocasiones la satisfacción de que esta iglesia no ha recibido los ultrajes que ellos acostumbran, y de que es testigo todo el mundo, ahora se ha cubierto mi corazón del más amargo dolor, al ver que, después que llegaron, solicitaron a uno de los virtuosísimos ministros de este pueblo, precisándolo a que les bendijera su cañón; quien negándoselos por tres y cuatro ocasiones, sin embargo de que le amenazaban de que si no lo hacía por bien, lo haría por mal, se refugió en mi casa, de donde lo sacaron con el mayor atrevimiento cinco hombres que lo condujeron hasta adonde estaba, con el perverso fin de que se verificaran sus intentos, sin conseguir otra cosa más que el sacerdote bendijera al pueblo que fuera fiel, y de hacer ellos que se tocaran las campanas en ese mismo acto.

Seguramente entusiasmados por el éxito de sus incursiones, días después, el 3 de agosto, los insurgentes de Tixmadejé decidieron atacar una división del ejército realista que transitaba entre Arroyozarco y San Juan del Río. El encuentro ocurrió en el campo de Las Ánimas, cerca de Aculco, de las tres a las siete de la tarde. "Ochenta y siete cañonazos se oyeron en el pueblo, y de éstos los sesenta y cuatro fueron en menos de tres cuartos de hora", refiere el padre García. "Durante el tiempo de la batalla -añade el sacerdote- juntos los más de mis parroquianos en esta iglesia, comenzamos a rezar la letanía de los santos, el santísimo rosario y otras preces a fin de que Dios volviera por su causa". Por aquella noche los vecinos permanecieron en vela pues no sabían quién había resultado vencedor y fue hasta la mañana siguiente que supieron de la victoria realista. El cura envió víveres a los soldados del rey y el comandante de éstos -Francisco Javier Guelvenzu- le respondió con una carta en que elogiaba su "acrisolado patriotismo" y le daba las gracias "por sus desvelos y celo cristiano, con que no sólo desempeña su ministerio, sino que también se afana en conseguir que todos sus feligreses vivan en paz y decididos por la buena causa; y aseguro a U. que si todos los pastores de almas estuvieren animados de iguales sentimientos, ya no hubiera insurrección".

A decir del sacerdote, sin embargo, esos reconocimientos "apenas quitan a mi corazón los más amargos dolores que ha sufrido por las tropelías y malos tratamientos de los insurgentes, irritados contra mí porque no se les ha hecho ningún obsequio, ni han podido conseguir el que se toquen las campanas en las diversas ocasiones que han entrado y salido".

 

DON MANUEL TORAL

Es muy probable que don Pablo García haya sufrido aún muchas desventuras a causa de los insurgentes, pues permaneció en la parroquia de Aculco hasta los últimos días de enero de 1819, cuando fue reemplazado por don Antonio Martínez Infante. Pero decíamos al principio de este texto que don Pablo ejerció únicamente como cura interino de Aculco. Esto se debía a que el cura titular de Aculco, don Luis Carrillo, se había retirado del lugar por razones de salud desde 1808 y en julio de 1812 había intercambiado formalmente su parroquia con el cura bachiller don Manuel Germán Toral y Cabañas, párroco de Tequixquiac. De manera que el cura propietario de Aculco de 1812 a 1814 lo fue precisamente don Manuel Toral.

Al contrario que en las anteriores narraciones sobre la entrada de insurgentes a Aculco y el protagonismo de don Pablo García, don Manuel Toral brilla por su ausencia en el pueblo. Y lo que sucede es que era tal su enemistad con los insurgentes que parece que nunca llegó a pisar el suelo aculquense para asumir el cargo debido a las amenazas que había recibido de los rebeldes de Huichapan y Nopala. El odio de los insurgentes no era gratuito: en 1811, don Manuel había publicado el folleto Desengaño de falsas imposturas, con el objeto de desmentir las "falsedades" que propagaban los seguidores de Miguel Hidalgo, y en el que además criticaba duramente a los párrocos que se mostraban "indiferentes" con la guerra (es decir, que pretendían ser neutrales) pues los juzgaba más peligrosos que los que abiertamente habían tomado las armas.

Pero la postura de Toral resultaba extraña a la luz de un episodio de su vida sucedido en 1794, cuando este "pobre criollo hijo de la Tierradentro", como él mismo se llamaba, ocupaba el cargo de cura de Huichapan. En ese entonces había aparecido en aquel lugar una serie de pasquines anónimos que llamaban al asesinato del cura y que parecían defender el ateísmo jacobino de los revolucionaros franceses. El sacerdote denunció ante las autoridades civiles y eclesiásticas la aparición de aquellos papeles, pero en el curso de las investigaciones se hizo sospechoso de haberlos escrito él mismo. Es más, en las declaraciones de los involucrados en el proceso se le señaló como un hombre mediocre que había dejado los estudios para amancebarse, que en el fondo deseaba hacer vida marital y cuyo padre se había empeñado en que fuera ordenado sacerdote para obtener el curato de Huichapan. Su intención, se decía, era hacerse ver como "un apóstol perseguido por su extraordinaria predicación". Pero era claro según ellos que ese "clérigo criollo mediocre y resentido", como lo describían, pretendía culpar de los anónimos a los españoles peninsulares "pues a cada paso manifestaba su odio a los gachupines con argumentos ridículos".

Por eso sorprende verlo en 1810 en el bando realista cuando dos décadas atrás había quedado expuesto como enemigo de los españoles, contra los que se dirigía ahora la furia insurgente. Tal vez, como apunta el historiador Gabriel Torres Puga, "a prudente distancia de la guerra armada y acaso con un deseo subyacente de borrar la huella de sus culpas pasadas, el cura Toral se convirtió en uno de los más vehementes predicadores contra la insurgencia y en el más amoroso amigo de los gachupines".

En julio de 1812, don Manuel se quejaba ante las autoridades eclesiásticas de las dificultades para asumir su curato de Aculco, señalando que los sacerdotes en territorios asediados por los rebeldes se veían en la circunstancia de condescender o no con ellos, lo que en ambos casos acarreaba grandes males:

O [los párrocos] condescienden con las bárbaras, impías e inicuas solicitudes de los bandidos [para que les administraran los sacramentos] o no; si condescienden, obran contra [su] honor, gravan sus conciencias y se hacen reos del Superior Gobierno, y si no condescienden, se exponen a ser víctimas del furor de unos hombres que desnudos del temor de Dios se han visto atropellar lo más sagrado.

Por ello, el padre Toral sugería a sus superiores que los "buenos" sacerdotes fueran retirados de sus parroquias, pues de esta manera sus feligreses los seguirían y los insurgentes terminarían solos y así se extinguirían. UNa propuesta más bien extraña.

Imposibilitado de hacerse cargo de su parroquia de Aculco, Toral se estableció en la ciudad de Querétaro. Ahí organizó una serie de "misiones" con la ayuda de fray Manuel de Estrada y otros sacerdotes, que no tenían otro objetivo sino predicar en contra de los rebeldes y a favor de la obediencia a las autoridades españolas. La reacción del clero queretano fue adversa y pocos fueron los templos en que se les permitió predicar. Con gran irritación y sospechando que la negativa de muchos de aquellos sacerdotes se debía a su apoyo a los insurgentes, Toral denunció en mayo de 1813 a varios de ellos. Es más: advirtió al gobierno encabezado por Calleja -ya convertido para entonces en virrey de la Nueva España- que existía en Querétaro toda una camarilla de "malos sacerdotes" que sostenía la causa insurgente y estaban bajo la dirección del padre Dimas Díez de Lara, a quien sus feligreses tenían por santo. Finalmente y aunque las denuncias llegaron hasta el arzobispo, nada logró el cura de Aculco con estas acusaciones.

En junio de 1814, don Manuel Toral tomó posesión de una nueva parroquia, la de La Asunción de Amecameca. Al año siguiente publicó el folleto Plática moral, en el que denunciaba que la revolución insurgente no tenía otro objeto sino destruir la Iglesia y el trono. Un tercer folleto suyo apareció en 1818, su Pronóstico funesto, en el que vinculaba la insurgencia con la Revolución francesa. Todavía en 1821, cuando ya el realista Agustín de Iturbide se había aliado con los últimos rebeldes para consumar la Independencia, Toral ofrecía sus servicios de espionaje y predicación contra ese nuevo enemigo. Sin embargo era patente su desconsuelo ante el crecimiento del independentismo:

Yo, señor excelentísimo, he tenido hasta aquí la satisfacción en que el pueblo ha sido dócil a mi voz y que a costa de algunos sacrificios que he hecho, he conseguido tranquilizarlo y despreocuparlo; pero en el día no me parece fácil su logro, por lo alucinados que están y porque la verdad no me atrevo a hablar una palabra respecto a que no tengo fuerza que me sostenga, y temo que aunque el común del pueblo me ama, pero hay tres o cuatro díscolos y recién avecindados, que si por desgracia se presenta aquí alguna partida de enemigos me entregarán a ella para sacrificarme.

A partir de entonces nada más se sabe del padre Toral. Mientras tanto, en Aculco estaba ya entonces al frente de la parroquia don Antonio Martínez Infante, un sacerdote del que desconocemos su actitud ante la primera insurgencia, pero que con entusiasmo abrazó la Independencia y la proclamación de Agustín de Iturbide como emperador.

 

DOCUMENTOS Y LIBROS CONSULTADOS

"Informe del Cura de Aculco, Pablo García, sobre los acontecimientos notables ocurridos en su jurisdicción desde noviembre de 1810 hasta agosto de 1811", en Genaro García. Documentos Inéditos o muy raros para la historia de México. Biblioteca Porrúa No. 60. Editorial Porrúa. México, 2004. Páginas 483-488.

Gabriel Torres Puga, "Los pasquines de Huichapan, el cura Toral y el espacio público" (1794-1821), en Espacio, tiempo y forma, no. 26, UNED, 2013, página 77.

Manuel Toral, Plática moral que el Br. D. Manuel Toral, cura y juez eclesiástico de Amecameca dixo a sus feligreses... en 26 de mayo de 1815, México, Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui, 1815.

Manuel Toral, Desengaño de falsas imposturas, imprenta de D. Mariano José Zúñiga y Ontiveros, México, 1811.

Manuel Toral, Pronóstico funesto de inmensos males, Oficina de A. Valdés, México, 1818.

Manuel Toral al Cabildo Eclesiástico, San Juan del Río, 22 de julio de 1812. INAH, Archivo Histórico, Colección Antigua, vol. 334, fols. 239r-247r Citado por Eric Van Young en La otra rebelión, p. 430-431

miércoles, 6 de octubre de 2021

El Santo Cristo del altar mayor

La parroquia de san Jerónimo posee al menos tres imágenes de Cristo crucificado de interés artístico e histórico: el crucifijo que preside la sacristía, el Señor del Coro y el Cristo del altar mayor, que parece ser el más antiguo de los tres. De éste quiero platicarles hoy.

Esta imagen de madera tallada data seguramente de mediados del siglo XVIII. Su postura es que corresponde al Mesías muerto, por lo que su cuerpo no tiene las posturas exageradas de otros cristos de la época que lo presentan en agonía. Su carácter barroco se expresa más bien en el dramatismo con el que se esculpieron sus heridas:

En la representación de estos temas la figura de Jesús aparece cubierta sólo con un sendal y muestra las heridas producidas por los azotes y su cuerpo aparece lleno de llagas y de sangre. Pueden llegar a ser terribles las representaciones -muy comunes en el arte barroco mexicano- del cuerpo ensangrentado y azotado de Cristo, en donde la piel de la espalda endurecida y desprendida por la fuerza de los azotes, deja ver las costillas y, entre ellas, la sangre coagulada. (1)

Exactamente como sugiere esta descripción, el Cristo del altar mayor muestra heridas terribles: el rostro, recostado en el brazo derecho, con los ojos entreabiertos, ensangrentado y golpeado hasta el punto de asomar el hueso del pómulo izquierdo rodeado de gruesos coágulos; el torso escurriendo sangre, con la herida del costado amplia, abierta, sanguiolenta; las piernas están tan lastimadas que asoman las rótulas y el peroné. Pero el espectáculo más terrible es el de sus espaldas: el dorso desgarrado y amoratado deja ver las costillas, como si fuera posible que alguien con tales heridas pudiera seguir vivo para ser clavado a la cruz.

Esta imagen es de gran calidad artística y se encuentra en bastante buen estado de conservación, sin aparentemente haber pasado nunca por grandes arreglos o restauraciones. Eso sí, ha sufrido pérdidas como son algunos dedos y espedcialmente las costillas expuestas de su espalda, de las que sólo queda una (las otras se han fingido con papel). Conserva su vieja cruz verde, apenas del tamaño justo para su figura.

Las fotografías más antiguas que existen de este Cristo (fechadas en 1967, pero que deben ser en realidad anteriores a 1959) nos la muestran colocada en lo más alto del antiguo altar neoclásico, al frente de un nicho enmarcado por columnas pintadas. En ese entonces el sendal era otro y la imagen portaba largo cabello natural. Después la imagen estuvo fuera de la vista durante largo tiempo, hasta que en la década del 2000, creo recordar, volvió a su lugar arriba del nuevo altar.

El Cristo fue retirado hace poco tiempo de su lugar tradicional en el altar para colocarse al lado izquierdo de la mesa, ligeramente adelantado al frente. Porta un sendal nuevo con el monograma JHS. Se le labró una nueva y hermosa peana de cantera, regalo según me informan de la familia Venancio. Parece ser que cierto benefactor costeará su restauración, programada para principios del año 2022. Esperemos que su nueva ubicación sirva para que tenga mayor veneración y cuidado, porque se trata de una de las imágenes más antiguas y hermosas de nuestra parroquia.

Agradezco a Daniel Cano por las fotografías actuales del Cristo.

NOTAS

(1) Arte y mística del barroco: Colegio de San Ildefonso, marzo-junio 1994. Conaculta, 1994, p.143.

jueves, 30 de septiembre de 2021

Qué es mejor: ¿Pueblo Mágico o patrimonio de la humanidad?

Aculco es uno de los 60 sitios incluidos en la declaratoria de 2010 del Camino Real de Tierra Adentro como parte de la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO (popularmente conocida como "patrimonio de la humanidad"). Cinco años después, la Secretaría de Turismo del Gobierno de México designó también a Aculco como Pueblo Mágico, un nombramiento excepcional ya que hasta entonces el título era incompatible con el de patrimonio de la humanidad. De hecho, a San Miguel de Allende se le retiró de la lista de Pueblos Mágicos al elevarse la ciudad a patrimonio reconocido por la UNESCO en 2007.

Al final del párrafo anterior utilicé de manera intencional la palabra elevarse. Porque, en efecto, mientras que como Pueblo Mágico se reconoce a una "localidad que tiene atributos simbólicos, leyendas, historia, hechos trascendentes, cotidianidad, en fin magia que te emanan en cada una de sus manifestaciones socio-culturales", un sitio del Patrimonio Mundial es, ni más ni menos, que uno de los "lugares de la Tierra con un valor universal excepcional" que por ello "pertenecen al patrimonio común de la humanidad". Es decir, algo muy superior y reconocido no sólo en México sino también en el mundo.

En los propios atributos que se le reconocen a estas dos categorías de lugares se advierten las razones para la incorporación a ellos. En los Pueblos Mágicos prima "el aprovechamiento turístico" y se ofrecen como "alternativas frescas y diferentes para los visitantes nacionales y extranjeros". De manera muy distinta, a veces incluso opuesta, un sitio del Patrimonio Mundial es nombrado como tal para que reciba "protección colectiva del patrimonio... organizada de una manera permanente, y según métodos científicos y modernos". Una enorme diferencia.

Supongo que muchos aculquenses se sorprenderán al enterarse de que el título de patrimonio de la humanidad no tiene un sentido turístico, y que incluso puede oponerse a las prácticas turísticas que degradan los valores culturales del sitio. Y es que las propias autoridades de todos los niveles que han promovido este tipo de nombramientos no logran transmitir cabalmente (y a veces parece que ni siquiera entender) ese sentido.

Hasta ahora, en Aculco se ha dado más peso a la aportación turística de sus nombramientos que a la parte de conservación patrimonial. Esto debe cambiar pronto, pues de otra manera no habrá destacable para mostrar a los turistas en unos años. Y, más grave, nada quedará le haga merecer el título de patrimonio de la humanidad.

lunes, 6 de septiembre de 2021

Obra suspendida

Hace dos semanas hablé aquí de la destrucción de la antigua rampa de acceso a este inmueble de la calle Corregidora, reporte que amplié con una denuncia formal ante el INAH. Las autoridades municipales intervinieron hace unos días suspendiendo la obra, lo que demuestra que carecía de permisos.

Es difícil que la rampa llegue a ser reconstruida, aunque la propia ley exige que así se haga. Ojalá el caso llegara a ese extremo, pues de otra manera se propicia que la ley siga siendo violada impunemente.

Les dejo algunas fotografías anteriores y atuales del sitio. Vean como el autor del estropicio todavía lo "adornó" con esa puerta con chapetones dorados conveniente para una casa de barrio bajo defeño, pero nunca para Aculco.

martes, 24 de agosto de 2021

Adiós a otro elemento arquitectónico original de Aculco

Con la novedad de que la rampa de piedra en esta entrada de la calle Corregidora ha sido destruida. La pérdida de elementos originales -aunque nos parezca pequeña- le han ido restando carácter al pueblo y deberían evitarse en un sitio incluido en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO. Más cuando se da fuera de la propiedad, en el espacio público. Pero ya sabemos que la supuesta protección que tiene Aculco no sirve en los hechos para nada. Por supuesto esta destrucción tiene nombre y apellido.

Me gustaría mucho saber tú qué opinas.