lunes, 20 de diciembre de 2010

Dos bancas del siglo XIX... y otras de éste

Una banca civil



Antaño, era común ver en las casas de Aculco una banca colocada junto a uno de los muros del cubo del zaguán. Esta banca servía generalmente como una especie de recibidor, donde tomaban asiento las visitas ocasionales a las que no era necesario dar un trato más formal que requiriera atenderlas al interior de la casa. En los pocos días calurosos de los meses de abril y mayo, eran utilizadas también por algún vecino que, agotado por el sol, tomaba un momento de reposo en ellas, pues entonces las puertas de las casas de este pueblo permanecían abiertas en el día, sin temor de sus dueños a sufrir algún robo o intrusión.



Como tantas otras costumbres aculquenses, la de colocar una banca en el acceso principal de las casas terminó por perderse. En algunas ocasiones, las viejas bancas simplemente ya no fueron reparadas o sustituidas por otras nuevas. Otras veces fueron retiradas para permitir la entrada de automóviles y relegadas a los corredores de las casas, o al olvido. Por fortuna, todavía se pueden hallar, aquí y allá, ejemplos de esos muebles, todos ellos de factura muy variada: desde el simple banco de tres piezas de madera sin resplado hasta la sólida y más elaborada banca del siglo XIX que mostramos aquí.



Esta banca se encuentra en una de las casas de la Plaza de la Constitución y está elaborada en algún tipo de madera inmune a la polilla. Aunque es sin duda más sólida que hermosa, su constructor le agregó un toque de gracia en la balaustrada que forma el respaldo. Su técnica es mixta, ya que en parte tiene ensambles con espigas en su respaldo y patas, pero algunas otras de sus partes (como el asiento) están unidas o reforzadas con clavos de hierro. Originalmente era quizá unos diez centímetros más alta, pero sus patas fueron recortadas en la década de 1960. Entonces perdió la chambrana original, que sólo muchos años más tarde fue reemplazada por la chambrana actual unida con tornillos y de calidad inferior. El mueble mide cerca de dos metros de largo.


Una banca religiosa



Aunque hoy en día nos parezca extraño, las iglesias eran antiguamente escasas en bancas o cualquier tipo de asiento para los feligreses (aunque, por supuesto, existieron magínficas sillerías de coro, sillones y misericordias utilizadas por los clérigos). Durante el culto, los asistentes permanecían generalmente de pie o de rodillas, sin otra cosa para mitigar su incomodidad que los habituales pisos de madera de mezquite. Las largas bancas apostadas en toda la nave sólo se generalizaron después de la segunda mitad del siglo XIX y, como es posible advertir en cualquier visita a un templo antiguo, aún los ejemplos de esa centuria resultan escasísimos. De ahí la importancia de la banca que aparece aquí, ubicada actualmente en uno de los salones de la planta baja del antiguo convento de Aculco.



En su estructura, la banca es muy parecida al ejemplo "civil" reseñado líneas arriba: la construcción de sus patas es prácticamente idéntica, si bien por su mayor longitud (cerca de dos metros y medio) se le agregó un refuerzo que, curiosamente, no está centrado, y la razón de ello parece hallarse en una grieta en el asiento que debió forzar al carpintero a colocarla ahí. Pero la diferencia principal se halla en su respaldo, que no está formado por una balaustrada sino por un gran tablón sujeto por clavos de hierro. Esto le da un aire de gran austeridad que hace casi parecer frívola a la otra.


Una banca charra

Y charra en varios sentidos. En primer lugar, por el uso de herraduras de caballo soldadas para formar sus patas, pero también en el de la tercera acepción del Diccionario de la Real Academia: de mal gusto.

Siempre me ha parecido que utilizar piezas rústicas o antiguas fabricadas con determinado fin para construir nuevos objetos o elementos con una finalidad muy distinta es lamentable. Me refiero a cosas como ruedas de carreta incorporadas a ventanas o formando candiles, herraduras de caballo o yugos usados como percheros, etcétera. Estas bancas se avienen al tipo de artesanía rústica y chabacana que nos suele regalar aquellos ejemplos.

En fin, estas bancas del "Aculco que es", colocadas además en un sitio muy visible, frente a uno de los edificios más emblemáticos del pueblo, la Casa de Hidalgo, son muestra fehaciente de la pérdida del gusto común a nuestros tiempos, sobre todo al compararlas con las anteriores, las del "Aculco que fue". No faltará quien me diga que difícilmente podrían haberse copiado bancas como las antiguas para colocarlas en un portal público, y bastante razón llevará en ello. Pero aún así, tal consideración no contradice lo evidente para todos: la fealdad, ramplonería y cursilería de estas vigas con patas.

Fotografía cortesía de Benjamín Arredondo.

ACTUALIZACIÓN: 2 de enero de 2012

Pero para bancas charras qué mejor que ésta, a la que sólo le falta lanzarse a bailar un jarabe, ubicada también en el portal de la Casa de Hidalgo:

domingo, 5 de diciembre de 2010

De cómo joder una plaza

Se luce como un logro lo que es una pérdida.

Cátedra magistral nos ha dado el Ayuntamiento de Aculco, en unión con el diputado federal Héctor Velasco Monroy, de cómo transformar una antigua plaza en un bodrio ajeno a los valores urbanos que corresponden naturalmente a un espacio público de esa naturaleza, en lugar de subrayarlos. Al hacerlo, han hecho gala de poseer una concepción urbana y estética barriobajera que seguramente muchos aplaudirán, sin percatarse realmente de lo que significa que aquel sitio haya perdido su sentido y carácter original.

Vista general de la "cancha de usos múltiples".

En un post anterior titulado "De espaldas a la plaza: Santa María Nativitas", escribimos acerca de la particular disposición de la plaza principal de este poblado aculquense:

Curiosamente, y como ejemplo único en el municipio de Aculco, la plaza del pueblo de Santa María Nativitas no se extendía también al frente de la capilla, ni siquiera a uno de sus costados, sino en la parte posterior. Quizá por esa razón, al convertirse por su ubicación en fachada visible, el ábside de la capilla tiene mayor importancia en ésta que en otras capillas aculquenses. Pero lo es, más que por su ornamentación, por sus volúmenes.


El ábside, cuya hermosa vista es ahora imposible disfrutatr gracias a la nueva cancha.

Una plaza, antes que otra cosa, debe ser una plaza. Es decir, un espacio abierto, libre, descubierto, que funciona como núcleo de la vida urbana y permite múltiples actividades. Pero para algunos una plaza es solamente un baldío, inútil, que hay que ocupar de alguna manera. De ahí que en muchas se hayan construido mercados permanentes, otras se convirtieran(por lo menos con más sentido estético) en jardines y alguna más sirva de estacionamiento. En el caso de la Plaza de Santa María Nativitas y gracias a las autoridades locales que no pudieron encontrar mejor lugar para edificarla, ahora es una cancha de futbol rápido a la que, más como eufemismo que como realidad, se le bautizó como "cancha de usos múltiples".

Obsérvese el deprimente acabado exterior de la cancha y los angostos callejones que ha dejado esta obra.

La cancha en cuestión consiste en un cercado de tabicón (aparente por el exterior y aplanado en el interior) de cerca de un metro de altura, que se eleva un poco más en los extremos oriente y poniente, donde están las porterías. Sobre el murete se levanta una barrera de malla ciclónica sostenida por postes metálicos. No podían faltar, por supuesto, las pintas habituales a las que nos tienen tan mal acostumbrados los gobiernos y que vulgarizan todos los espacios intervenidos por ellos, en los que aparece el charro logotipo de la administración municipal actual, lemas de gobieno, escudos municipales, etcétera. Aunque la obra está concluida e inaugurada, no faltan por ahí las varillas peladas que son en México casi una tradición urbana.

Lado orientede la cancha. Nótense al fondo los portales y la reja de la escuela, edificaciones que antes prestaban una apariencia mucho más digna a este espacio.

Entre los muros de tabicón y los edificios que rodean la ex-plaza, entre ellos el hermoso ábside de la capilla de la Natividad de Nuestra Señora, sólo se dejaron unos angostos e inútiles callejones que seguramente sólo servirán de orinal.

Ha sido un grave error convertir esta plaza en una cancha con estas características. Antes bien debió dignificarse en su sentido cívico, como centro que es del poblado, aunque sus dimensiones sean pequeñas. Ofrecía, gracias a la presencia de árboles maduros, la magnífica oportunidad de ajardinarlo, cerrarlo al tránsito y convertirlo en el espacio de convivencia cotidiana que debía ser. El Ayuntamiento y el diputado Velasco Monroy le han robado a la población de Santa María Nativitas su espacio publico más entrañable al edificar esta cancha en su plaza. Ojalá alguna autoridad futura, más sensata, se lo devuelva y lo dignifique.

Nótese la mínima distancia que se guardó entre la portería y el ábside de la capilla.

viernes, 3 de diciembre de 2010

Regreso al Molino Viejo

La fachada del Molino Viejo hacia el río.

Había quedado en deuda con los lectores de este blog respecto a las fotografías actuales del Molino Viejo, ya que anteriormente sólo pude publicar una del portón en el texto dedicado a este importante edificio aculquense, que puedes leer oprimiendo aquí. Espero saldar esta deuda con las fotografías que les comparto hoy.

Esta vez no agregaré ningún dato histórico a lo escrito en aquel post, aunque me permitiré hacer algunos breves comentarios acerca del estado de conservación del inmueble, o más particularmente de su entorno.

Sabemos bien que en Aculco, como ocurrió en todo nuestro país, el drenaje urbano fue canalizado a los ríos, lo que provocó una terrible contaminación y un daño ecológico irreparable, agravado todo ello por el régimen pluvial que prevalece en el centro del país, en el que sólo en la época de lluvias los ríos pueden medianamente limpiarse de los desechos.


Dos imágenes de la cortina de la "presita del molino".

Debido a esta situación, no sólo se destruyó la vida animal que poblaba el río de Aculco, antaño abundante en ranas, tortugas e incluso acociles. También se provocó que aquellas propiedades que anteriormente disfrutaban de las ventajas de hallarse a un lado de esta corriente decayeran debido a que el agua contaminaba los suelos, los malos olores eran permanentes y el río arrastraba tal cantidad de basura que el simple mirarlo movía a tristeza.

Así, el Molino Viejo, verdadera mansión de don Macario Pérez, de don Ignacio Espinosa, de don Jorge Espinosa y de don Alfonso Díaz, entre otros personajes destacados de Aculco, que la cuidaron cada uno en su momento como niña mimada, se convirtió en un sitio poco habitable. De hecho, la represa que se construyera sobre el río muchos años atrás para permitir dotar de un caudal permanente al molino de trigo (que era conducida a través de un pequeño acueducto) estancaba y concentraba aquellas aguas pútridas, lo que obligaba al caminante ocasional a cubrirse la nariz al sortear aquel paso.

Vestigios del acueducto que alimentaba al mecanismo del molino.

Lo que había sido uno de los sitios más hermosos de Aculco, con la antigua casa del Molino, su acueducto, el puente viejo, la cortina de la represa, la cascada que se formaba ahí cuando el agua era abundante, el río bordeado por altos ailes, las extensas huertas de frutales, se convirtió al correr de pocos años en un sitio fantasmal. La casa parece conservarse todavía en buen estado, pero los árboles han crecido hasta casi ocultar su fachada, el cauce del río está azolvado y lleno de basura, de modo que cubre casi totalmente el puente de piedra por el que se accedía a la finca. La hojarasca se acumula sin control y el lugar es la viva imagen de la desolación.

El puente del Molino Viejo casi cubierto por la acumulación de lodo y desechos. Es el menos conocido de la decena de puentes antiguos que existen en Aculco.

En los últimos años se ha comenzado a construir paralelo al curso del río un nuevo drenaje, con lo que pretende sanearse esta corriente natural. En la zona de "La Ceja" se instaló una pequeña planta tratadora de aguas que ya funciona, después del abandono de algunos años, lo que permite que de ese punto hacia la Presa de Cofradía el agua corra limpia. Los malos olores ciertamente han disminuído.

El viejo generador eléctrico de viento aún asoma entre los árboles.

Pero aún queda un gran trabajo por delante, en especial la conclusión del drenaje hacia el barrio de La Soledad y la conexión de decenas de viviendas a éste. Y aún después de que sean terminadas estas obras, deberán pasar varios años y muchas buenas lluvias para que el cauce del río Aculco recupere algo de su vida y belleza.

Desde el camino, resulta ahora casi imposible ver la fachada del edificio, debido al crecimiento de los árboles del río.

¿Lo llegaremos a ver?

¿Volverá entonces el Molino Viejo a ser un edificio admirado por la belleza de su entorno?

El histórico, hermoso, desolado y entrañable edificio del Molino Viejo.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Otoño aculquense

Notas de rojo cerca del Molino Viejo.

Resulta casi increíble: parece que fue hace unos cuantos días que escribí en este blog sobre el verano que se iba y hénos aquí ya iniciando el último mes del otoño. ¡Quién no desearía que el tiempo transcurriera lento, como en la infancia! Cuando los años eran años y no como ahora, días someros que corren en imparable huída.

Lagunilla formada en La Hortaliza.

De niño sólo existían para mí dos estaciones en Aculco: el verano de vacaciones y lluvias, y el invierno que helaba las manos y cubría de escarcha el campo y los tejados de las casas. El resto del año, primavera y otoño, eran sólo largas transiciones entre aquellas otras estaciones, en las que el clima era lo que menos me llamaba la atención.

Árboles deshojados sobre el tejado del Ojo de Agua.

En la adolescencia fue cuando comencé a observar el otoño y a darme cuenta de su singularidad: era el tiempo de los campos amarillos, el de la luz que ya no encuentra obstáculos en las hojas de los fresnos apara alcanzar el suelo, el de notar que las ramas de los árboles más altos portan decenas de vacíos nidos de aves que antes se ocultaban en el follaje. Los días en que las calabazas y chilacayotes cobran un papel destacado en las milpas en las que ya sólo queda el rastrojo o los mogotes. El de los días claros, las mañanas frías, el del sol que ya no llega al cénit y describe su curva inclinada hacia el sur, haciendo parecer que todo el día es de mañana o todo el día es de tarde.

La calle de Pomoca.

Es una estación que puede creerse triste, pero a mí me parece más bien melancólica; como si, a pesar de la intensa luz del sol, un oscuro velo de nostalgia lo cubriera todo.

Bosquecillo cerca de "La Ceja".

En fin, les comparto estas imágenes del otoño aculquense.

El "mar amarillo" del otoño en Los Planes.

El ahuehuete de La Huerta.

Los viejos fresnos de la Plaza de la Constitución.

Las desnudas jacarandas de la Plazuela Hidalgo.

Ganado pastando en La Hortaliza. Al fondo, el rancho de San José.

Hojas de durazno en el patio.

Cerca de los ranchos de Las Ánimas y El Serrotito.

Las riberas del Arroyo Zarco.

sábado, 27 de noviembre de 2010

Érase una vez un cedro



A veces parece que la destrucción de Aculco es una conspiración. Todos participan y todos callan, nadie se atreve a levantar la voz y protestar contra los desaguisados que se cometen todos los días contra su patrimonio histórico, arquitectónico, urbanístico... y esta vez también contra el natural.

Este de la fotografía era un gran cedro que alegraba con su siempre verde follaje la llegada del viajero a Aculco. Plantado en la milpa de San Isidro quizá cien años atrás por mi bisabuelo, siempre recibió atenciones de la familia: algún abono, un poco de agua cuando se regaban esas tierras, incluso algunos años se le fumigaba. El árbol recompensaba a todos con su fronda y porte.

Pero un buen día llegó la Comisión Federal de Electricidad. Plantó unos postes y una línea eléctrica donde no los había y sin dudarlo ni un poco mutiló todo un costado del árbol, dejando todas las ramas del lado opuesto como testimonio de lo que se le arrebató.

El árbol, medio vivo, sigue recibiendo a los viajeros que llegan a Aculco. Ya no es un árbol hermoso, sino un muñón triste. Un buen símbolo de la decadencia de este pueblo, destrozado por todos, los que aquí viven y los que por aquí pasan.

viernes, 26 de noviembre de 2010

¿Quién fue Delia Garduño?

El monumento de Delia Garduño, en "La Ceja".

El 26 de noviembre de 1972, hace hoy exactamente 38 años, parecía un domingo cualquiera del otoño aculquense, que podemos imaginar frío por la mañana y templado ya hacia las dos de la tarde, cuando unos jinetes cabalgaban por el tradicional paseo conocido como "La Ceja" o "La Calzada". Por el sendero bordeado de cedros y otros árboles se colaban los rayos del sol en una cascada que adormecía.

Todo debe haber sucedido muy rápido: el caballo que montaba una jovencita de 21 años, invitada a pasar el día en el pueblo, se desbocó por alguna razón desconocida. Su enloquecida carrera no terminó ni siquiera cuando derribó a la muchacha al lado sur de la calzada. Cuando sus acompañantes llegaron al sitio, Delia Garduño Sánchez había muerto ya por el golpe recibido en la cabeza.

Otra vista del monumento. Al fondo, las lomas de Cofradía.

Nadie recordaría ya el incidente si no fuera porque su familia construyó en aquel punto preciso uno de los monumentos más conmovedores de Aculco. Se trata de una especie de túmulo con notoria semejanza a un sepulcro que se desplanta sobre un basamento y eleva tres cuerpos escalonados de cantera rosa. El último de estos cuerpos muestra una ligera inclinación hacia la calzada y sobre él se halla una lápida de mármol en la que se lee:

+
A LAS 14:30 DEL 26-XI-72
EN ESTE LUGAR ENTREGA
SU ALMA AL SER SUPREMO
LA SEÑORITA
DELIA GARDUÑO S.
A LA EDAD DE 21 AÑOS
--------------
QUE DIOS LA GUARDE EN SU SENO


La lápida del monumento.

En la parte posterior del monumento existió una cruz de la que ya sólo queda la huella del sitio en el que se alzaba. Sobre la lápida se ven algunos trazos tallados por inoportunos visitantes que no resistieron la tentación de grabar iniciales, fechas, nombres...

No sé si es sólo casualidad que, sin recordar la fecha que lleva este túmulo, el día de ayer me acercara a él para fotografiarlo, justo a tiempo para publicar hoy que se cumple un aniversario más del fatídico accidente una entrada sobre él en este blog. Yo no acostumbro pensar en estas coincidencias como casualidades: uno suele estar en donde debe estar cuando debe estarlo.

Parte posterior del monumento. Se advierte el sitio en el que se erguía la cruz que lo remataba.

No sé más de Delia que aquello que se inscribió en la lápida y lo que me contaron mis padres: que no era de Aculco. No sé quién fue ni quién pudo haber sido de no haber muerto tan joven en aquel lugar. Sólo sé que su desafortunado fallecimiento dio al pueblo uno de sus sitios más poéticos y sensibles.

Extremo de la parte superior del monumento, donde se advierte el sitio en el que se desplantaba la cruz.

Y aunque el monumento no lo pide y aquello de "SER SUPREMO" tiene un tufillo esotérico o masónico que invitaría a evitarlo, no puedo hacer otra cosa más que acompañar esta evocación con una oración. Descansa en paz, Delia.


ACTUALIZACIÓN

Gracias al interés de Delia Garduño Salas, sobrina de Delia Garduño Sánchez, y de mi primo Octavio Lara Chávez, puedo responder en buena medida la pregunta que da título a este post. Esto es lo que nos escribe Delia:

De mi tía te puedo decir que era la segunda de seis hermanos, estudió en la ciudad de Querétaro en el Colegio Plancarte, era la reina de las fiestas de San Juan del Río (feria que se realiza año con año durante el mes de junio) pero desafortunadamente no pudo terminar el reinado.
Sé también que un día antes del fatal accidente fue madrina en la boda de una de sus amigas y personas que la conocieron comentan que ese día estuvo muy intranquila...
Efectivamente al día siguiente de la boda fue invitada junto con mi tía Emma y otros amigos a un rancho en Aculco pero por el momento desconozco el nombre y apellido de los propietarios.
Delia no quería ir a Aculco, pero mi tía Emma insistió hasta que logró convencerla. Dicen que iba montando el caballo junto con un amigo y que él le intentó dar un beso, pero ella no se dejó e hizo movimientos bruscos. El caballo se espantó y los tiró a los dos. A él no le paso nada, pero la cabeza de mi tía cayó en una piedra y murió instantáneamente.
No se volvió a saber nada del muchacho, se fue de San Juan del Río.
Esto es lo que sé de ella, la foto te la mando después ...


Y gracias a Octavio puedo mostrarles la noticia aparecida después de este suceso en el Diario de Querétaro, que incluye una fotografía:



Gracias a los dos por tomarse el tiempo para aportar esta información y sumarse a la cadena de casualidades que rodeó la elaboración de este post.

lunes, 22 de noviembre de 2010

El túmulo de Toxhié

El túmulo de Santiago Toxhié, dibujado por Aarón Flores Crispín (ca. 1976)

Túmulo.
2. m. Armazón de madera, vestida de paños fúnebres, que se erige para la celebración de las honras de un difunto.
(Del Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española)


Después de recibir varios comentarios, todos ellos de palabra, acerca del texto dedicado al Panteón de Aculco, en el que expresaba mi rechazo por la caracterización del Día de Muertos como prácticamente un carnaval (gracias al legado del cardenismo y a una elaboración de supuesta recuperación antropológica-tradicional a partir de aquella etapa), escribo estas líneas para hacer algunas aclaraciones y añadir algunos datos sobre la manera de conmemorar a los difuntos en esta región del Estado de México.

En primer lugar, no niego la existencia de una tradición (más bien debería decir tradiciones, pues difieren en sus formas por su lugar de origen) arraigada y de origen remoto ligada al recuerdo de los muertos los días 1 y 2 de noviembre de cada año. Tampoco niego que parte importante de esa conmemoración sea la colocación de ofrendas (que no "altares") con alimentos particulares de estos días (los cuales, en su origen, eran para consumo de los vivos, no de los muertos). Lo que sí niego es que tales costumbres tengan por único y más importante origen el prehispánico, ya que su raíz principal es occidental, y afirmo que el agregado de elementos ajenos a ellas (como el perrito, referencias al Mictlan prehispánico, cempasúchiles en sitios donde nunca se cultivó ni se cultiva, calaveritas de azúcar en pueblos donde nunca se les conoció), han venido a convertir esas fechas en algo uniforme y tan "tradicional" como puede serlo el Halloween en una calle de Los Ángeles, California. Pero lo que rechazo con mayor energía es la idea de que todos los mexicanos somos tan patológicos como para reirnos de la muerte. Hasta uno de los que más patológicamente se reían de la muerte -la ajena por supuesto-, como fue Pancho Villa, lloró y suplicó de rodillas cuando Victoriano Huerta estuvo a minutos de fusilarlo.

Los mejores argumentos para fundamentar todas estas afirmaciones nos las da un libro sobrio y bien documentado llamado Ceremonias mortuorias entre los otomíes del norte del Estado de México, obra de los antropólogos Isabel Lagarriga Attias y Juan Manuel Sandoval Palacios, publicado por el gobierno del Estado de México en 1977, en el que los autores describen detalladamente sus observaciones de campo a mediados de aquella década en varias comunidades de los municipios de Acambay y Aculco. Sobre el origen de las conmemoración de los difuntos, los autores escriben:

La festividad de los fieles difuntos en el ceremonial católico fue instituida por Gregorio IV en el siglo IX. Vino a ser una amalgama de ideas pagano-cristianas, las cuales fueron introducidas a nuestro continente a raíz del contacto europeo. Aquí se entremezclaron con otras ceremonias de origen prehispánico. La fiesta de los muertos, en su forma actual, es entonces producto de todo este tipo de influencias... Tratar de hacer una división sobre qué elementos del ritual dedicados a los muertos son de origen prehispánico y cuáles no, nos parece fuera de lugar. Quitando algunos rasgos que son muy peculiares de la cultura otomí desde tiempo inmemorial (enterrar a los muertos con una escobita y copal) los demás rasgos no son sólo propios de la cultura hispana que importaron los conquistadores o de la cultura prehispánica, son comunes en muchos pueblos y su extensión es casi universal; tratar de caracterizar al mexicano por una especial actitud a la muerte y a los muertos, es olvidarse de lo anterior.



Puestos así los puntos sobre las íes, volvamos a lo que es realmente interesante y verdadero: en la región de Aculco sí existieron -tal vez todavía existen- formas tradicionales para recordar a los muertos que subsistieron hasta tiempos relativamente recientes en las comunidades indígenas que pertenecen a su circunscripción municipal. No hallará en ellas el espectador aquella gran mentira popularizada por Octavio Paz, en que el mexicano a la muerte "la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente"; por el contrario, en estos sitios donde la tradición fue menos afectada por la propaganda del Estado Revolucionario, "en ningún momento la broma o el humor se vislumbra", como leemos en el libro antes citado.

El estudio de los antropólogos Lagarriga y Sandoval da para mucho en este tema. Sin embargo, esta vez nos limitaremos únicamente a recuperar uno de los aspectos por ellos observados en un punto por demás interesante de la geografía cultural aculquense: el pueblo otomí de Santiago Oxthoc Toxhié. Según relatan los autores, en Toxhié encontraron un particular culto a la cruz en tres sitios distintos, la colocación de ofrendas de alimentos en las viviendas, un complicado ceremonial en su templo, y la erección de un singular túmulo o catafalco en la nave de éste:

A las 20:00 hrs [del 1o de noviembre], se empieza el rosario, cantado, dirigido por un "fiscal" y seis "cargueros" (de la fiesta de diciembre) que, parados en fila cerca de la puerta, dan el frente al altar. Delante de ellos, han dispuesto una mesita de 1.50 m. de largo por 50 cm. de ancho y 50 cm. de altura, con un mantel blanco donde ponen flores de cempasúchil y gladiolas.* Delante de esta mesita, un banco de 1 m. de largo por 20 cm. de ancho y 50 cm. de altura, con tres perforaciones. En las dos perforaciones de los extremos ponen dos candelabros de 1.75 m., con sus bases tocando el suelo. En la central, un Cristo. Delante de este banco, otra mesa, igual que la primera, cubierta por un lienzo negro que llega casi hasta el piso por sus cuatro lados. bajo este lienzo, una pequeña caja alargada, conteniendo copal. Dicha caja forma una protuberancia, que representa el tórax de un difunto, ya que ponen una calota (bóveda craneal) humana (sin cráneo facial) junto al tórax. De esta manera representan, pues, un cuerpo humano sin vida. El cráneo es muy antiguo y no se sabe de quién era.** Esta representación se pone siempre desde hace mucho tiempo. Son los "fiscales" quienes hacen el arreglo el 1o de noviembre, después de medio día que es cuando entran los difuntos grandes y salen "los angelitos".***

Encima de esta mesa, se ponen también 6 candelabros, 5 de bronce y 1 de barro, con ceras encendidas [...]

A las 9:30 de la mañana del 2 de noviembre, el campanero empieza a "doblar a muerto". A medio día se reúnen de nuevo las personas en la iglesia. Siete "cargueras" barren la iglesia, mientras algunos "cargueros" arreglan los adornos. Un "carguero mayor" se acerca a la mesa donde está el cráneo y se persigna, toma una flor por el tallo, la sumerge en un pocillo con agua bendita y rocía el cráneo, así como el cuerpo simulado, haciendo dos veces la señal de la cruz, para luego volver a poner la flor en el pocillo. Después se vuelve a persignar y hace una caravana, dando la impresión de que besa el cráneo. También se persigna ante el candelabro que tiene la cruz.

[Después de acudir al cementerio] la gente se reúne dentro de la iglesia donde un "carguero" baja la imagen de las ánimas, descolgándola de la vitrina donde está la imagen de Jesucristo, en el altar mayor. La imagen la reciben dos "cargueras" que se paran, ya con el cuadro, frente a la mesa donde está el cráneo...Cuando terminan (diversas ceremonias al interior y exterior del templo), el "rezandero" principal toma la flor del pocillo que están en la parte posterior de la mesa donde se encuentra el cráneo, y rocía la mesa con el agua bendita, así como el cuadro de las ánimas que es puesto en su altar por un "carguero".

Termina la ceremonia y los asistentes salen de la iglesia, sólo se quedan los "cargueros" para quitar las mesas, apagar las ceras y el copal. El cráneo es puesto detrás del cuadro de las ánimas en el altar...

* Los cempasúchiles se traían de afuera a muy alto costo; en Aculco no existía el cultivo de esta planta por lo que difícilmente se puede aceptar su carácter tradicional en el lugar (Nota de JLB basada en los comentarios de los autores).

** Además de la ornamentación con cráneos y osamentas común en el México prehispánico, su uso, como representación de la muerte estuvo muy en boga en la Colonia por lo que el uso del cráneo en esta localidad debió de haberse reforzado con su auge en esa época [Nota de los autores].

*** La celebración de los "angelitos" o niños muertos el 1o de noviembre no tiene, como a veces se trata de hacer ver, su origen en la fiesta prehispánica de los "muertos chiquitos" o más bien "pequeña fiesta de los muertos" (que además se celebraba enm agosto, no en noviembre). Se trata más bien de una tergiversación o extensión del sentido de la fiesta católica oficial del día, "Todos los Santos", bajo el que se incluyen a los niños que, muertos bautizados e inocentes, adquieren automáticamente cierto halo de santidad, o por lo menos se puede asegurar que se han salvado (Nota de JLB).



Intencionalmente hemos dejado fuera de esta descripción el detalle pormenorizado de las ceremonias que se realizan en presencia de este curioso túmulo, que ya serán motivo de otro post. En esta ocasión sólo hemos querido señalar la existencia de esta tradición, que no sabemos si aún perdura bajo la misma forma en el pueblo de Santiago Toxhié. A algunos les parecerá que no tiene la gracia de una ofrenda con pan de muerto, calabaza, papel de china, y sonrientes calaveritas de azúcar. Para otros quizá resulte turbadora e incluso patética. Pero tiene, a mi ver, un valor muy alto: primero, por el profundo sentido de memento mori que seguramente quisieron darle allá en la profundidad de los siglos sus creadores; segundo, por su relación como ejemplo menor, pero vivo, de los mucho más fastuosos catafalcos novohispanos como el erigido por el arquitecto Claudio de Arciniega para las exequias de Carlos V, o el de carácter permanente que existe todavía en el Museo de Bellas Artes de Toluca; y tercero, como manifestación cultural propia del Día de Muertos en el municipio de Aculco, ajena casi completamente a lamentables mixturas contemporáneas. Es decir, tiene el incomparable valor de la autenticidad.