domingo, 17 de mayo de 2009

Dos nuevos libros sobre Aculco

La Biblioteca Mexiquense del Bicentenario está formada por una serie de publicaciones divida en varias colecciones temáticas, que el Gobierno del Estado de México ha venido publicando como parte de su contribución a los festejos por los 200 años del inicio de la Guerra de Independencia y los 100 años de la Revolución Mexicana. Hasta ahora, esta serie representa el único esfuerzo editorial amplio, concreto y estable dedicado a estas conmemoraciones, lo que sin duda contrasta con la desorganización que campea en otras instancias culturales estatales y sobre todo federales.

En cuanto a la calidad de sus libros, la Biblioteca Mexiquense del Bicentenario ha publicado obras perfectamente impresas, muy bien editadas, algunas mediocremente encuadernadas y con contenidos que van desde lo excelente hasta lo mediocre. En esta ocasión hablaremos de dos libros publicados en esta Biblioteca que tratan temas aculquenses y que contrastan específicamente en esto último: la calidad de sus textos.

Conventos mexiquenses, esplendor del arte virreinal.
Secretaría de Turismo.
Biblioteca Mexiquense del Bicentenario. Colección Mayor.
México, 2006.
19.8 x 27.5 cm.
168 pp.
INAH/CNA/Gobierno del Estado de México



El convento franciscano de Aculco ha sido habitualmente marginado de los libros que tratan de historia y arte novohispano, lo que es comprensible puesto que artísticamente es de segundo nivel. La excepción a esa marginación es el ensayo "La vicaría de Aculco", escrito por una muy joven (y, quizá por ello, aún poco atinada) Elisa Vargas Lugo, en 1954, y publicado en el número 22 de los Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas. Ella misma incluyó unos pocos renglones tomados de las conclusiones de aquel ensayo en su obra Las portadas religiosas en México(México, 1969). Por ello, resulta grato ver que esta vez el convento de Aculco no fue olvidado al tratar de las fundaciones franciscanas, dominicas y agustinas de nuestro estado, y aún más, que esta obra exhibe hermosas fotografías del inmueble.

Sin embargo, lo deplorable resulta que el autor del texto abrevó de publicaciones tan añejas como rebasadas para intentar hablarnos del convento de Aculco. Comienza por indicarnos que "Aculco debió haber sido una de las cabeceras del gran señorío otomí que tenía su cabecera en Jilotepec", afirmación gratuita que no puede sustentarse ni en los códices, ni en documentos coloniales, ni en la arqueología. Enseguida, después de aclarar el significado del nombre del pueblo, el autor escribe que "numerosas carretas y diligencias pasaban por el pueblo camino a las minas de zacatecas o a la ciudad de México", verdad a medias pues Aculco no era en realidad lugar de paso, sino de residencia de los arrieros del Camino Real de Tierra Adentro. Es más, las diligencias como tales nunca pasaron por Aculco, sino por Arroyozarco.

Preo precisamente el autor habla ahora de la hacienda de Arroyozarco y para ello ¡transcribe un párrafo de la vieja y malísima monografía municipal de 1973! Quizá eso puede no parecer tan deplorable, pero sí lo es que entre otras cosas confunda la fecha de expulsión de los jesuitas y la ubica en 1760, cuando en realidad ocurrió en 1767.

Después de proporcionarnos algunos datos aislados, a veces poco precisos de su fundación, el autor nos dice que el templo "hacia 1759 fue denominado parroquia, once años antes de que las tropas del cura Miguel Hidalgo sufrieran su primera derrota en la búsqueda de la independencia de México, cuando los soldados de Calleja lo interceptaron en un paraje cercano a Aculco". Aquí el error ya toma tintes más serios, pues según el autor el ejército de Hidalgo pasó por Aculco ¡en 1770! 40 años antes de que en verdad ocurriera ese suceso.

En fin. El autor nos cuenta después que el terremoto de 1912 "obligó a la reconstrucción del conjunto conventual, actualmente convertido en casa cural de no mucha calidad arquitectónica, dotada de arcos chaparros en dos niveles, con una portería, columnas de madera, puertas entableradas y bóvedas". Ciertamente, el terremoto del 19 de noviembre de 1912 causó daños, pero muy específicos y exclusivamente en el templo: cuarteaduras longitudinales en la bóveda y desplazamiento de las dovelas de los arcos de su campanario. Lo sabemos con precisión gracias al detallado estudio de Urbina y Camacho, La Zona Megaseísmica de Acambay-Tixmadejé, disponible en línea. Por tal motivo, el conjunto conventual no ameritó una reconstrucción (error en el que también cayó Elisa Vargas Lugo), sino sólo sencillas reparaciones que concluyeron poco más de un año después, en marzo de 1914.

Además, resulta excesivo hablar de la supuesta "no mucha calidad arquitectónica" de la actual casa cural, haciendo a un lado los muchos detalles de este edificio que no admiten el calificativo de mediocres, como son el hermosísimo reloj de sol, la singular sacristía, la escalinata e incluso las arquerías y el antepecho de la segunda planta del claustro, que probablemente el autor ni siquiera conoce.

Siguiendo también a Vargas Lugo, el autor intenta explicarnos que las capillas posas del atrio son de mayor calidad que la portada de la iglesia, afirmación muy discutible pues forman en realidad un conjunto con valores arquitectónicos equivalentes. Pero lo hace con una frase que no es nada clara: "en el atrio hay cuatro capillas posas, muy pequeñas empañadas por la portada de estilo barroco de la Iglesia." ¿Empañadas? ¿Querrá decir opacadas? ¿Pero si es opacadas, no es esta conclusión contraria a la de Vargas Lugo?

Como sea, el autor hace enseguida un inventario de los detalles interesantes de la fachada de la iglesia, entre los que incluye las "columnas pareadas", contrafuertes (que nada tienen de notables), "arco de acceso", "nichos con esculturas" y "relieves de un escudo franciscano", cuando en realidad son dos los escudos franciscanos que ostenta la parroquia. "Destacan además", nos dice el autor, "la ventana del coro, las columnas salomónicas, las gárgolas y el remate, con el relieve de Dios Padre". Este inventario omite las razones por las que estos elementos son notables. Por ejemplo, las gárgolas que tienen marcado aire medieval y adoptan la forma de un león que da un zarpazo a un pez. O el remate, en el que lo notable no es el relieve de Dios Padre, sino los Desposorios Místicos de Santa Rosa de Lima en los que aparece como expresión del naciente nacionalismo criollo, además de la santa peruana, un indio arrodillado, con penacho, faldellín y carcaj, que en su escudo o chimali lleva una M, que representa a México.

El cúmulo de errores concluye con una errata geográfica: Aculco no se encuentra a 2,300 metros de altitud, como supone el autor del texto, sino a 2,440.


Haciendas mexiquenses, cuatro siglos de historia.
Biblioteca Mexiquense del Bicentenario. Colección mayor.
México, 2008.
19.8 x 27.5 cm.
168 pp.
Gobierno del Estado de México.



El mal sabor de boca que nos deja el libro Conventos Mexiquenses nos lo quita, por fortuna, el segundo libro que reseñaremos, dedicado a las haciendas del Estado de México. Es esta una bella obra, de calidad editorial e iconográfica un poco superior al de Conventos Mexiquenses, muy al estilo de Haciendas de México publicado por Fomento Cultural Banamex, pero sobre todo con un contenido mucho más actualizado y preciso, por lo menos en lo que respecta a las haciendas del municipio de Aculco.

En efecto, el libro incluye textos sobre las tres principales haciendas de la jurisdicción de Aculco: Arroyozarco, Ñadó y Cofradía (que no necesita el apellido de "Chica" que le endilga el autor para distinguirla de Cofradía Grande, ésta sí denominada con ese calificativo de manera tradicional). Una breve y bien elaborada introducción que habla de la región Noroeste de la entidad y un mapa que sitúa estas haciendas en el territorio estatal, preceden a los textos que hablan específicamente de estas haciendas. El primero es el de Arroyozarco, bien documentado, actualizado, pero con la falla de incluir solamente fotografías lo que fue el antiguo Molino y Fábrica de Casimires "El Progreso", cuando podrían haberse agregado sin duda otras más interesantes del casco jesuita, la capilla, el Hotel de Diligencias y el edificio del Despacho.

Páginas adelante, después de hablar de la hacienda de Solís, de viene el texto que se refiere a la hacienda de Ñadó. Si bien en este caso el autor tuvo que recurrir a una bibliografía más amplia dado que no existen investigaciones monográficas sobre esta propiedad (hasta ahora, pues un libro dedicado a ella y escrito por Javier Lara Bayón y Víctor Manuel Lara Bayón está por ser publicado), el autor resuelve bien el problema, utilizando fuentes escogidas con estimable acierto.

El texto dedicado a la hacienda de Cofradía resulta mucho más breve e impreciso que los anteriores, como si el autor hubiera intentado acomodar los escasos datos históricos obtenidos sobre esta finca entre frases demasiado elaboradas o con información muy secundaria. Esa escasez de información, sin embargo, es reconocida por el autor y todos los datos que logró recabar son precisos. De hecho, constituyen prácticamente todo lo que incluso nosotros, más cercanos e interesados en la historia de esta hacienda, sabíamos de ella hasta hace muy pocos años. Compensa sin duda estas carencias las magníficas fotografías de la propiedad, sobre todo las del patio que permiten ver sus hermosos corredores cubiertos de murales de principios del siglo XX. Eso sí, se extraña alguna fotografía del portal principal de la casa, en lugar de una vista panorámica muy poco interesante.

En conclusión, a diferencia del libro de Conventos Mexiquenses, la información que se aporta en Haciendas Mexiquenses sobre los monumentos históricos de nuestro municipio sí resulta apreciable en contexto de un repertorio de las haciendas del Estado de México. Lo que sí debemos lamentar es la dificultad para conseguir un ejemplar impreso desde la ciudad de México, lo que nos ha sido imposible hasta el momento, y sólo hemos podido consultarla en su versión flash, disponible en Internet en el sitio web del Consejo Editorial de la Administración Pública Estatal.

jueves, 7 de mayo de 2009

"Nadie pise este limbrar..."

Al fondo de la arquería, la portada del salón de la Casa de Hidalgo.

En el dintel de la portada del salón principal de la Casa de Hidalgo (inmueble del que ya hemos hablado extensamente en este blog), existe una inscripción casi ilegible, incompleta según nuestra conclusión, que aunque haya sido de paso llamó la atención de historiadores de arte tan renombrados como Francisco de la Maza. En sus palabras:

La Familia del Castillo enseña con respeto la sala en que durmió Hidalgo, con su viejo piso de ladrillo y techo de viguería; en el dintel, con el anagrama de Cristo, el IHS, un letrero casi ilegible "Nadie pise este lugar..." viejo consejo religioso que no sabemos si es anterior o posterior a la estancia de Hidalgo. (Franisco de la Maza: La Ruta del padre de la Patria. Secretaría de Hacienda y Crédito Público. México, 1960. Pág. 290)

Vista del salón en 1959. Corresponde exactamente a la descripción que hizo De La Maza en 1960.

Al identificarlo como "un viejo consejo religioso", De la Maza se refiere a la cuarteta que solía inscribirse a la entrada de los recintos religiosos marianos, como la parroquia de La Soledad en la ciudad de México:

Nadie pase a este lugar
sin que afirme con su vida,
que María fue concebida
sin pecado original.

Esta es sólo una de las versiones de esta redondilla, pues con frecuencia se alteraban algunas de las palabras, con algún menoscabo incluso de su métrica y rima (Como lo hace ver Camilo José Cela que transcribió una de esas versiones en su libro Desde el palomar de Hita). De tal modo, el mismo poema podría verse escrito así en alguna otra iglesia:

Nadie PISE este PORTAL
sin que ACEPTE POR su vida,
que María fue concebida
sin LA CULPA original.

O bien:

QUE Nadie PASE este UMBRAL
sin que JURE POR su vida,
que María ES concebida
sin pecado original.

O aún

Nadie ENTRE A este LUGAR
sin que DIGA POR su vida
"SOIS CONCEBIDA, María
sin LA CULPA original."

Vista general del dintel. La inscripción es poco legible, por lo que el resto de las fotografías han sido mejoradas por computadora.

Veamos ahora la forma que adopta la versión aculquense. Las letras se encuentran incisas con muy poca profundidad en el dintel (que, por cierto, es monolítico), lo que dificulta su lectura. El inicio, que corresponde a la parte que dice "nadie pise este" es sin embargo la más legible, por lo que no caben dudas de su sentido.

Pero los problemas empiezan enseguida pues, poco antes del mongrama de Jesús que ocupa la parte central del dintel y que divide esta inscripción en dos partes, se tallaron una o dos letras de difícil comprensión. Para De la Maza, como leemos en su transcripción, son una "L" y una "u" (que más bien parecería "v", comienzo de la palabra "lugar". Pero para nostros, debe ser interpretada como una "L" una "y" de acuerdo con lo que vermos adelante.

Lado izquierdo de la inscripción.

Al otro lado del IHS, la inscripción continúa, aparentemente con el resto de la palabra cortada antes de él. Aquí, la interpretación comienza a ser dificultosa y sólo al modificar el contraste de las fotografías en computadora podemos verlas con un poco de mayor claridad. Siguiendo a De la Maza, deberíamos encontrar aquí las letras "gar", pero las que vemos son "mbrar". Unido al "Ly" previo al monograma, lo que tenemos es la palabra "lymbrar", o acaso "lvmbrar". Seguramente esta palabra resultará desconocida para nuestros lectores como lo era para nosotros, por lo que es interesante profundizar en su significado.

Según el Diccionario Etimológico del Español de Joan Corominas, "umbral" se decía "limbrar" a fines del siglo XIII, y "lumbral" hacia 1395, procedente del latín liminaris, derivado de limen "umbral". De liminaris salió regularmente limbrar, alterado en lumbral, en parte por influjo del castellano antiguo lumbre "luz"; la l inicial desapareció por confusión con el artículo.

Así que ahi tenemos nuestro "lymbrar", es la misma palabra umbral en una forma arcaica. Pero, es de hacerse notar, demasiado arcaica y por ello cuestionable.

Después de esta palabra la inscripción continúa prácticamente sin dejar espacio de separación, con un par de letras que a primera vista podrían leerse como "sô", pero que que más bien deben ser "sñ", donde el signo sobre la "n" indica una abreviatura que desatada nos da un "sin". Adelante, un "que" es perfectamente legible, pero posteriormente se encuentra una palabra en la que sólo son legibles la primera y última letras, "d" y "a", respectivamente. Fácilmente la podemos interpretar como el "diga" que incluyen algunas versiones de la redondilla mencionada.

Enseguida, la inscripción concluye abruptamente con una especie de p y q combinadas, es decir, un círculo con líneas verticales a izquierda y derecha. No hay más rastros de que se haya intentado continuar la inscripción, que tal como queda escrita "nadie pise este lymbrar sin que diga pq" carece del sentido original, pues no menciona ni a María, ni a su Inmaculada Concepción.

Lado derecho de la inscripción.

Es evidente que existió la intención de continuar los versos, ya que el fragmento que llegó a realizarse se encuentra en una posición alta en el dintel, que sólo quedaría balanceada de haberse escrito el fragmento complementario en la parte baja. Pero, ¿qué sucedió? ¿Por qué se dejó inconclusa? No cabe aquí más que hacer suposiciones.

Para nosotros, lo más probable es que el autor de esta inscripción fuera alguien muy poco hábil para realizar este tipo de trabajos en piedra, lo que queda demostrado por la rusticidad de sus trazos, incluso del monograma IHS, al compararlos con inscripciones semejantes en el propio pueblo de Aculco. Es posible que este poco hábil operario, cuando comenzaba a labrar las palabras "por su vida", cometiera el error de tallar una letra "q" en lugar de la "p" requerida, lo que intentó arreglar añadiéndole la línea vertical del lado izquierdo, con muy malos resultados.

Descorazonado por el error o reprendido por los propietarios de la casa, habría abandonado su obra para siempre. Así, nos legó la "misteriosa" inscripción que no pocos han querido relacionar, más que con la concepción de la Virgen María sin el pecado de Adán (lo que sería imposible sin conocer la redondilla), con el episodio de la presencia de Miguel Hidalgo en esa casa a principios de noviembre de 1810, llegando al extremo de medio inventar su sentido con versiones como aquella "nadie pise este lugar... bravos quedaron", incluida en el Catálogo Nacional de Monumentos Históricos del INAH, que resulta de una mala lectura de las letras que la integran.

Vista general de la inscripción.

martes, 28 de abril de 2009

Influenza


Del libro Ñadó. Un monte, una hacienda, una historia, de Javier Lara Bayón y Víctor Manuel Lara Bayón, de próxima publicación:

El de 1917 es recordado en la zona como “el año del hambre”, pues la falta de cosechas a causa de la guerra provocó una fuerte hambruna. Al año siguiente, las milpas se hallaban nuevamente sembradas en previsión de una situación parecida, pero entonces cobró fuerza la epidemia de influenza española que con facilidad arremetía contra los organismos ya debilitados por el hambre, por lo que muchas tierras quedaron sin cosechar, muertos sus dueños. Hay versiones que afirman que en la zona del Caxti, en tierras de la hacienda de Ñadó, fueron enterrados muchos de los fallecidos por esta epidemia en Aculco, que hasta noviembre de 1918 (tres meses después de su aparición) se contaban en 293 personas, cuando apenas comenzaban los fríos en la región (1).


(1) Parte del Ayuntamiento de Aculco al Jefe Político de Jilotepec. Noviembre 30 de 1918. Sección Policía. Archivo Histórico Municipal de Aculco.

jueves, 16 de abril de 2009

El acueducto de la hacienda de Ñadó

Arcos del acueducto, reforzados con rieles y durmientes portátiles de ferrocarril de tipo Decauville. Al fondo, la Peña de Ñadó.

Los sistemas antiguos de conducción de agua que existen en el municipio de Aculco -acequias, canales y acueductos- fueron casi sin excepción utilizados para llevar agua de riego (o más modernamente agua utilizada como fuerza motriz) hasta los puntos en que era utilizada, pero no para trasladar agua potable, que se extraía normalmente de pozos públicos (como el del Ojo de Agua) o privados, ubicados en los patios de las viviendas. Entre estos sistemas de conducción de agua, el más vistoso por sus características constructivas, aunque no el más extenso ni importante, es el acueducto que perteneció a la hacienda de Ñadó.



Este acueducto formaba parte del intrincado sistema de riego que partía de la antigua Presa de Ñadó y que servía principalmente para irrigar tierras de la hacienda del mismo nombre en la zona de la Loma del Caxthi, y tenía una longitud de más de seis kilómetros. Su parte más notable corresponde a las arquerías de piedra blanca que soportaban el canal en dos de sus tramos, cada uno de ellos de más de cien metros de longitud. Según Horacio Ramirez de Alba, autor que se ocupó de su estudio técnico en el libro La construcción en el Estado de México:

Cuenta con dos arcadas importantes; la que aquí se discute está localizada a un lado de la carretera Panamericana a un kilómtero del entronque a Aculco. Otro tramo de acueducto sobre arcos se encuentra aguas abajo, paralelo al camino hacia Aculco.
El acueducto está en uso y sirve a una zona de riego en una región donde tradicionalmente los habitantes son laboriosos y emprendedores
(sic, posible errata geográfica del autor, ironía o humor involuntario). El tramo de acueducto que aquí se trata consta de 27 arcos y un tramo soportado por losa de concreto armado, seguramente una modificación reciente. Se observan reparaciones y refuerzos. Siete arcos están reforzados con riel y durmientes metálicos, provenientes de una línea ferroviaria particular de una compañía maderera que operó en la zona.


Primer tramo del acueducto sobre arcos.



En efecto, ese primer tramo con arcos corre de sur a norte y se localiza en la inmediaciones del Jacal de Ñadó, paralelo y a unos metros de la carretera Panamericana. Tiene una longitud total de más de 318 metros, aún cuando el tramo soportado por arcos es de sólo poco más de 130 metros. Sus arcos, de forma ligeramente elíptica y radio cercano a 1.75 metros, alcanzan la mayor altura de todo el conjunto en su parte central, poco menos de 5 metros. Como se puede observar en la imagen, los arcos y pilares están construidos, ya lo hemos mencionado, en piedra blanca, mientras que las paredes del canal son de otro tipo de piedra más oscura y menos común en la zona. En el punto en el que no existen arcos, sino la losa de concreto mencionada arriba, parece haber existido un sifón. Sobre los rieles que refuerzan el intradós de siete de sus arcos y que actúan como cimbra permanente, mencionaremos que pertenecieron a la vía angosta portátil (sistema Decauville) del ferrocarril Cazadero - Solís. Según los libros de contabilidad de la hacienda de Ñadó, en 1914 se destinaron 196.83 pesos a la construcción o reparación de este acueducto. Uno solo de sus arcos, reconstruido en enero de 1915, tuvo un costo de doce pesos.

Segundo tramo de acueducto sobre arcos.

El mismo tramo como se encontraba en 1973.

El segundo tramo sobre arcos del acueducto de Ñadó se encuentra paralelo al camino que comunica a Aculco con la Carretera Panamericana y su disposición es prácticamente perpendicular al anterior, pues corre de poniente a oriente. Aunque su longitud es mayor (cerca de 170 metros), sus arcos de medio punto tienen una altura menor.



Este acueducto, aún en uso, está incorporado en el catálogo de Monumentos Históricos del INAH (clave 18003001) con el nombre de "Acueducto Arcos de Aculco", nombre sacado de la manga ya que nunca ha sido nombrados así por la gente del lugar, que cuando mucho se referirá a él -genéricamente- como "los arcos". Ha sido incluido, además, en dos publicaciones: la ya citada La construcción en el Estado de México (El Colegio Mexiquense, 1991), de Horacio Ramírez de Alba (acompañado de un par de dibujos, uno técnico y otro artístico) y el mucho más reciente El agua, ciclo de un destino, publicado en la Colección Mayor de la Biblioteca Mexiquense del Bicentenario (2007).

ACTUALIZACIÓN, 16 DE JULIO DE 2024:

La siguiente fotografía, procedente del Archivo General Agrario, muestra el primer tramo del acueducto (llamándolo equivocadamente acueducto de Toxhié) en 1927. En primer plano, se observa la vía angosta del ferrocarril Cazadero Solís un año antes de que comenzara a ser levantada.

lunes, 6 de abril de 2009

Cráneo y canillas



Es San Pedro Denxi el pueblo más remoto del municipio de Aculco, pues se sitúa cerca de 25 kilómetros al noroeste de la cabecera municipal, en el extremo de esa especie de península que forma el mapa de esta entidad al introducirse en territorio del estado de Querétaro. De él lo separan dos grandes barrancas: la que lleva el nombre de Cañón de Aculco (que en esta zona alcanza su mayor profundidad), y el cauce del Arroyo Zarco. Al unirse las corrientes que avanzan por el fondo de estas barrancas, se forma el Río de San Juan, que da nombre a aquella ciudad queretana.

San Pedro Denxhi (a la derecha) en un plano del año de 1732.

Hasta hace muy pocos años sólo se podía llegar a este pueblo a través de un largo y desolado camino de terracería. El abandono en el que mantuvieron a San Pedro las autoridades aculquenses fue el causante de que en 1932 sus habitantes solicitaran formalmente su anexión al municipio de San Juan del Río, Querétaro, sin que se les hicieran el menor caso.

Vista posterior de la capilla de San Pedro.

Como todos los pueblos antiguos de la jurisdicción de Aculco, el centro de San Pedro está señalado por su capilla y el resto de los inmuebles tiene un patrón de distribución disperso. El templo guarda semejanza con otras capillas de la zona: una nave, cúpula, torre al lado izquierdo de la fachada principal, con la particularidad de que su portada del siglo XVIII (ejecutada en cantera morena como las casas antiguas de San Juan del Río) es una de las más bellas de este grupo de edificios. Por supuesto, la capilla de San Pedro tiene un gran atrio con su cruz. Al frente de este atrio se encuentra la plaza del pueblo y es a ella a donde nos dirigiremos ahora.

Vista satelital de San Pedro Denxhi.

Parece haber sido costumbre en los pueblos de la Provinicia de Jilotepec colocar cruces, independientes de las cruces atriales, en medio de las plazas que se ubicaban al frente o a los costados del templo principal de la localidad. Por ejemplo, la Plaza Juárez de Aculco, al sur del atrio de la parroquia, llevó antiguamente el nombre de Plaza de la Cruz seguramente porque en ella se hallaba un monumento semejante. Desafortunadamente son pocos los ejemplos que quedan, pues el afán de embellecimiento de esos espacios abiertos y su secularización los hicieron desaparecer. Pero no sucedió así en San Pedro Denxhi, pues en su plaza permanece una interesante cruz que da motivo a este post.

Vista de conjunto de la cruz de la plaza de San Pedro.

La capilla de San Pedro cuenta por supuesto con una cruz atrial, muy sencilla, por lo que no resulta plausible pretender que ésta es también una cruz atrial. Sin embargo, comparte muchas características con este tipo de monumentos: su pedestal de mampostería encalada con dos cuerpos (el primero en forma de prisma y el segundo piramidal), el pequeño nicho cuadrangular en la cara principal, común a las cruces atriales de raíz otomí.

Cara anterior de la cruz.

La cruz propiamente dicha, elaborada en piedra, es de dimensiones pequeñas, brazos y tronco de sección poligonal y extremos adornados. Pero lo que llama más la atención en esta cruz es su pedestal, único en el municipio de Aculco, formado por un prisma de poca altura con la leyenda "ABE MA. PMA" (Ave María Purísima) y una piedra casi ovoide que lleva labrada una calavera y dos pares de canillas cruzadas a sus lados.

¿Qué representan estos relieves? Según la Enciclopedia Católica:

Existía la tradición, usual entre los judíos, de que el cráneo de Adán, confiado después por Noé a su hijo Sem y por el último a Melquisedec, fue depositado finalmente en el lugar llamado, por esa razón, Golgotha. Los talmudistas y los Padres de la Iglesia eran conscientes de esta tradición y sobrevive en los cráneos y huesos puestos al pie del crucifijo.

Detalle de la calavera de Adán y las canillas cruzadas.

Es decir, el cráneo y los huesos de esta cruz representan la osamenta de Adán, y por lo tanto, su pedestal simboliza el Gólgota o Calvario (del latín calvaria, calavera), donde fue crucificado Jesucristo.

ACTUALIZACIÓN, 8 de febrero de 2012

Ahora, el pedestal de la cruz de San Pedro Denxhi ha sido pintada en color crema y remarcadas en negro las cuencas de los ojos de la calavera, las canillas cruzadas y las letras. Este tipo de monumentos usualmente estaban pintados en tiempos virreinales, por lo que no constituye ningún atentado el devolverles su color. Sin embargo, para ello debe usarse pintura a la cal (lo que es poco probable que en este caso haya ocurrido), que permita a la piedra "respirar". De otro modo, es posible que la humedad acumulada en su interior provoque su ruptura.

miércoles, 1 de abril de 2009

La cruz atrial de San Lucas Totolmaloya



San Lucas Totolmaloya es una localidad muy pequeña, dispersa, situada al poniente del pueblo de Aculco y dentro de su jurisdicción. Es, junto con los pueblos de Santiago Toxié, San Pedro Denxhi y La Concepción, uno de los reductos de la etnia otomí en nuestro municipio.

San Lucas Totolmaloya en un plano de 1611.

Este poblado posee una hermosa capilla con bóveda de cañón y cúpula, en la que se pueden observar algunos de los elementos ornamentales más interesantes de la época novohispana en Aculco. Es el caso, por ejemplo, del par de remates de los extremos de su fachada, con sendos relieves en los que aparece un toro, símbolo del evangelista San Lucas. O, más importante aún, su cruz atrial.

La cruz atrial de la capilla de San Lucas Totolmaloya se levanta sobre un pedestal de mampostería de aspecto primitivo, muy parecido al de numerosas cruces atriales del siglo XVI, como la del convento (hoy catedral) de Cuernavaca. Consta de un primer cuerpo en forma de prisma cuadrangular, sobre el que se construyó otro prisma de menor tamaño, en cuyas esquinas se levantan cuatro almenas, y sobre él un tercer cuerpo piramidal trunco.

Vista de conjunto de la cruz atrial.

Colocada sobre este pedestal se encuentra la base de la cruz, que muestra en sus cuatro caras decoración foliada con cruces al centro y un gracioso achaflanado en los dos vértices que miran hacia la fachada del templo. Encima de esta base se desplanta la cruz, monolítica, que lleva en el palo vertical, cerca del arranque, dos elementos curvos de aspecto vegetal que recuerdan algunas representaciones del maíz en los códices indígenas e incluso a la famosa cruz foliada de Palenque. A esta semejanza contribuyen también los remates en forma de penachos o plumeros en su cúspide y travesaño.

Cara anterior de la cruz atrial.

En la parte del palo vertical que toca con la base, se observa un relieve en forma de pequeños arcos contiguos y sobrepuestos, con aspecto de "panal de abeja". Esta ornamentación puede estar relacionada con la forma de representar el vocablo altépetl/andehentoho (literalmente agua-cerro, con el significado de "poblado") en los códices prehispánicos y coloniales, o bien con la representación de los granos del maíz. Las caras principales de la cruz muestran labrada en bajorelieve una cruz inscrita, con su propio pedestal. Al centro de esta cruz inscrita, en la cara que mira hacia la capilla, se labró un extraño símbolo en forma de estrella de cuatro picos, con un círculo en cuyo interior se despliega otra circunferencia formada por "puntos".

Cara posterior de la cruz atrial.

En nuestra opinión, esta cruz no data del Siglo de la Conquista (aunque en ese mismo pedestal pudo haber existido una cruz atrial anterior), sino más probablemente del siglo XVIII, ubicándose en el contexto del "barroco tequitqui" o "barroco otomí" al que pertenece la mayor parte de las obras del virreinato que sobreviven en Aculco. En de subrayarse su gran sabor indígena, que en su caso no lo dan solamente las proporciones o la calidad del labrado de la piedra, sino también la presencia de elementos significativos que, intencionalmente o no, nos remiten vivamente a la glífica de raíz prehispánica. Una interpretación más atrevida podría concluir que, al mostrar al "árbol de la cruz", el autor otomí de esta escultura terminó por representar al maíz, la planta más importante del universo indígena, en un sincretismo que sin duda merece un estudio más profundo.

lunes, 23 de marzo de 2009

El reloj de sol de la parroquia



Aculco tiene la particularidad de resguardar, en tres de sus inmuebles históricos, sendos relojes solares de los siglos XVIII y XIX. Uno de ellos, el más elaborado, se encuentra en el Hotel de Diligencias de Arroyozarco (edificado entre 1786 y 1791, aunque el reloj parece ser de hacia 1850); otro, el más rústico, sobre la entrada al atrio de la capilla del pueblo de San Pedro Denxi, y el tercero, del que hablaremos esta vez, en el claustro del antiguo convento franciscano de San Jerónimo Aculco.

Si resulta notable la existencia de tres relojes de sol en un pueblo pequeño como Aculco, lo es más quizá su calidad, pues sin duda el de la parroquia de Aculco se cuenta entre los más hermosos relojes de sol dieciochescos construidos en toda la Nueva España.



Técnicamente, es un reloj del tipo meridiano, vertical, y consta de tres partes principales:

-El cuadrante, bloque cuadrangular de piedra con una cavidad en forma de medio cono trunco (troncocónica). En su borde semicircular se grabaron las cifras romanas de las horas del día, con el XII al centro. Al fondo de la cavidad surge el gnomon o estilete, varilla que proyecta su sombra sobre el cuadrante para marcar las horas.

-El pedestal, bloque también cuadrangular con una guardamalleta labrada al frente, sobre la que se talló la fecha de construcción del instrumento: "30 de abril de 1789 años", meses antes de que estallara la Revolución Francesa.

-El remate, que toma una forma de cabecera semicircular que complementa el círculo descrito por la cavidad del cuadrante y brinda unidad al conjunto. Lleva por adornos los relieves de una cruz sobre su pedestal al centro, y a los lados los monogramas de María y Jesús.

Aunque para 1789 había sido fundada ya en la cuidad de México la Academia de San Carlos y en el cercano Arroyozarco se construía el nuevo Mesón por arquitectos miembros de esa academia, el reloj de sol de Aculco es todavía ajeno a la "nueva" modas artística neoclásica y se adscribe todavía al barroco, como bien muestra su guardamalleta.

El reloj de sol fue colocado en uno de los contrafuertes del templo parroquial, mirando hacia el sur, lo que permite el mayor número de horas de iluminación solar y puede ser visto desde el claustro (aunque se le ve también desde el exterior del antiguo convento, en espcial desde la Plaza Juárez). En el año de su construcción era cura de Aculco don Luis José Carrillo, que lo fue por muchos años al final del siglo XVIII, y de quien se decía que era "tan aplicado al culto divino que hace algunos años que sólo toma de sus derechos para su precisa manutención, y todo lo sobrante lo ha aplicado para la reedificación de su iglesia, construyendo colaterales a sus expensas y solicitud" Seguramente el reloj formó parte de esas obras, que incluyeron también la actual campana mayor (de 1788).

Hoy, el interesante reloj de sol de la parroquia de Aculco está a punto de cumplir 220 años de existencia. Sirva este texto para que su "cumpleaños" no pase desapercibido.

Copia moderna del reloj de sol de la parroquia de Aculco, que se encuentra en la llamada Casa de Hidalgo. En lugar de la fecha del reloj original, lleva la de 11 de noviembre de 1810 en relación con la estancia de don Miguel Hidalgo y Costilla en ese inmueble, que sin embargo no ocurrió entonces, sino entre los días 5 y 7 de aquel mes y año.


ACTUALIZACIÓN 24 de octubre de 2011: Arriba, el reloj de sol entre el almenado de la parroquia en 1838, antes de la construcción de la bóveda y la cúpula del templo. Abajo, una vista parecida del reloj de sol desde el atrio parroquial en 1974.