viernes, 6 de noviembre de 2026

Aculco en domingo

El texto que hoy les comparto se publicó originalmente en el diario El Informador, de Guadalajara, el martes 23 de septiembre de 1986. Su autor, el mexiquense Manuel López de la Parra, colaborador habitual de ese periódico hasta 2011, fue profesor de la Facultad de Economía de la UNAM durante más de sesenta años, hasta 2018. Recibió el Premio a la Docencia Universidad Nacional en Ciencias Económicas y Administrativas en 2010.

Como revelan sus colaboraciones periodísticas, sus intereses iban mucho más allá de la economía. Publicó, por ejemplo, los libros Carlos Sánchez Navarro y Peón: maestro e historiador (2011) y El antiguo barrio de San Ildefonso (2011), además de otras obras relacionadas con su especialidad.

Un perfil biográfico incluido en su libro Dieciséis acuarelas del Estado de México, de 1976, lo describe como "un inquieto maestro universitario, comentarista de asuntos económicos, periodista y escritor, nacido en Texcoco, Estado de México. Su firma es conocida en todo el país por las colaboraciones y editoriales que ha publicado en importantes revistas y periódicos, tanto del Estado como de la capital de la República".

El artículo que ahora recupero retoma algunas ideas sobre Aculco expresadas en el capítulo correspondiente en aquella obra, aunque de ninguna manera se trata de una copia ni de una versión abreviada. A diferencia del libro, su difusión quedó limitada a las páginas de un periódico, por lo que me ha parecido conveniente rescatarlo y compartirlo ahora con los lectores. Acompaño el texto con unas fotografías de aquellos mismos años, publicadas en la revista México Desconocido ilustrando el artículo "Aculco, un lugar de nuestra historia", en 1985.

 

Aculco en domingo


POR MANUEL LÓPEZ DE LA PARRA
Colaboración exclusiva para EL INFORMADOR

 

Íbamos de nueva cuenta rumbo a Aculco, ciertamente uno de los pueblos más bonitos, no solamente del Estado de México, sino del país.

La autopista México-Querétaro se extendía como una serpentina infinita, y en el raudo devenir del momento, desfilaban otros pueblos bellos y llenos de tradiciones, de ese caleidoscopio mágico que es el Estado de México: Tepotzotlán de los Pesa, Teoloyucan, Huehuetoca, Coyotepec, Jilotepec, la tierra de Antonio Huitrón; más allá, Polotitlán, solar nativo de los mayores de Ignacio González Polo, y Soyaniquilpan, paso obligado que fue de las diligencias y de la arriería que iban, vía Querétaro, tierra adentro. Otra vez, teníamos a Aculco al alcance de nuestra mano y de nuestros sentimientos.

Regresábamos, pues, a Aculco, en un día domingo del mes de septiembre, el mes de la Patria, y en el preámbulo del otoño, del otoño melancólico y fecundo. Los campos lucían tachonados de flores silvestres, de mirasoles, de girasoles, de tréboles que, en conjunto, formaban tapetes multicolores, gratos a la vista, y a la imaginación que hay que tenerla muy alerta para interpretar el significado de Aculco, porque Aculco es un pueblo mágico, suspendido, inmarcesiblemente, en el contexto del tiempo y del espacio.

Porque llegar a Aculco es situarse en un pueblo de fisonomía ritualmente provinciana, donde sus habitantes discurren suave y calmadamente en su quehacer cotidiano, y que en el sendero de la vida, dan sin cortapisas, los buenos días, o las buenas tardes, según sea el caso, al peregrino, al viandante, sin importar quién sea, o de quién se trate.

Aculco representa, pues, el alma del modo de ser del mexicano, de ese halo sublime y misterioso que es la esencia de la provincia mexicana, que ya lo clamó alguna vez, Horacio Zúñiga, el poeta, al afirmar contundente y categórico que la provincia es la patria...

Ahora, Aculco es un pueblo fundamentalmente albo, que exhibe la perspectiva bruja de su entorno envuelto en un cendal de luz: luz diáfana, transparente que brilla en la tarde, en las primeras horas del vésper, ya cercana la hora del Angelus.

Recorrer las calles de Aculco, una y otra vez, es comprobar la magnificencia de nuestro pasado, cargado de historia. En efecto, en Aculco estuvo Hidalgo, el libertador, en su carrera en pos de la gloria y la inmortalidad. Este lugar fue, entonces, uno de los avatares de nuestra Revolución de Independencia, compleja, controvertida, sublime, prolongada. Allí, se levanta aún la casa donde pernoctó el padre de la patria, aquel funesto 11 de noviembre de 1810.

Llanuras de Aculco, praderas del cerro de El Comal, planicies y anfractuosidades del terreno regadas con la sangre de los insurgentes, es decir, del pueblo, en sus luchas libertarias y emancipadoras. Sístole y diástole de una acción, de un hecho de armas. Eran los prolegómenos de una nación que iniciaba su marcha, y Aculco pasa lista de presente. Hidalgo y sus insurgentes iban camino del heroísmo, del heroísmo majestuoso y perenne.

Aculco y sus plazuelas. Pueblo de calles reptantes y primorosamente empedradas. Pueblo de portales, con sus correspondientes poyos de piedra, cemento o madera, donde hay que sentarse a las horas postreras de la tarde, a la hora del Angelus para ver desde ahí, el paso de la vida, el latir de un pueblo brioso, pero sencillo y fecundo en su creatividad.

Aculco es un hito en el vasto escenario de la patria. Sus casas son sólidas, con fachadas de cantera; de cal y canto, y escrupulosamente engalbegadas; su iglesia parroquial, que brilla a estas horas de la tarde, de una tarde dominical, de una tarde septembrina, con su atrio al frente y con su torre que sobresale de los tejados, en donde se acomoda el reloj, sí, el reloj similar al de los versos de López Velarde, que sigue en vela, dejando caer las horas lentamente, como centavos, tal y como quería el bardo zacatecano, el de la Suave Patria, el del reencuentro con México, con sus cosas, con sus tradiciones.

En una de sus caras, vemos una fecha desleída por los efectos del tiempo, 1904, sí el año del Señor de 1904, en que la acción postrera del porfiriato quería demostrar también en provincia, aquellas bondades de su fórmula mágica, manifestada a través de su slogan de campaña de poca política y mucha administración.

Otro testimonio de esa época, la vemos en la base del quiosco en el jardín principal, ahora remodelado, donde otra fecha más borroosa aún, 1889, nos habla de épocas en que el porfiriato entronizado en el poder, repartía sus dones y beneficios con mano pródiga y munificente, construyendo lavaderos públicos, fuentes, jardines y quioscos.

Sin embargo, Aculco es ahora un pueblo lleno de vitalidad renovada, de sangre nueva y joven. Su gente es atenta y dedicada de lleno a sus actividades. Zona lechera por excelencia, ha integrado una industria próspera y floreciente con sus productos derivados. Los quesos, la mantequilla, la crema, el requesón, son de fama por estos lares, que comprenden, asimismo, el trato socarrón y ambivalente de algunos de sus comerciantes.

Aculco es un testimonio concreto, objetivo; es una tarjeta postal en tecnicolor, que refulge en el espacio del paisaje de la cam-piña mexicana. Aculco es muy bello; es tierra de muchachas bonitas y sonrientes, que lucen sus mejillas sonrosadas, y sus atuendos muy a la moda, jeans o conjuntos ajustados que recuerdan aquellas mallas de la época de Robin Hood.

Aculco es una sonrisa fresca y juvenil; es un relicario prendido en el pecho del Estado de México, el Estado mexicano por antonomasia. Aculco es un pueblo conformado por un puñado de casas colocadas en equilibrio pleno, coherente, y que refleja un conjunto exageradamente hermoso, con sus aires campiranos y bucólicos.

Aculco es el tic-tac de la vida humana en su marcha constante hacia planos superiores. Aculco es la tierra, la buena tierra, la madre tierra, la que hace posible la existencia de lo vital, de lo anímico. Aculco es la paz y la esperanza; es el horizonte, paradójicamente, de lo antiguo y de lo nuevo. Es, también, sus fondas, su plaza de toros y su mercado, pero sobre todo, el alma de sus gentes.

Aculco es, en fin, sus casas blancas, la limpieza de sus gentes y de sus calles, la luz de su entorno, la sonrisa de sus mujeres de tez sonrosada y los malabarismos de sus comerciantes por vender, al fuereño, sus quesos y demás productos lácteos. Aculco es la consubstanciación con Hidalgo, el padre de la Patria; es la espuela que perdió en las llanuras de El Comal; es la imagen de nuestro pueblo moreno y mestizo; es la expresión de nuestra idiosincrasia, de nuestra cultura, de nuestra historia.

Aculco es el alma de la provincia, es decir, de México, de la patria, de nuestros más caros valores; de nosotros mismos...

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