viernes, 30 de octubre de 2026

Francisco Artigas: el arquitecto que definió la imagen actual de Aculco

El destrozo que un automóvil causó la semana pasada en uno de los pretiles de la Plaza de la Constitución de Aculco motivó un post en Facebook en el que escribí: "los elementos arquitectónicos dañados forman parte de las obras realizadas en 1974, dentro del programa de Remodelación de Pueblos, conforme a un diseño del arquitecto Francisco Artigas; Aculco es la única cabecera municipal del Estado de México que conserva prácticamente intactas las obras realizadas en el marco de aquel programa". En poco tiempo el comentario se llenó de réplicas, y me llamaron mucho la atención algunas de ellas por el desconocimiento que se tiene de lo que representa este patrimonio, su estado de conservación actual, así como su real valor histórico y arquitectónico. Por ello, aunque ya escribí en otra ocasión sobre la huella que dejó el Arq. Artigas en Aculco, quisiera volver al tema con un enfoque un tanto distinto. Acompañan a este texto algunas fotos de la remodelación de 1974 en curso y una vez terminada.

Para empezar, permítanme lanzar una afirmación que quizá a algunos les parezca excesiva: la imagen actual de Aculco, la forma en que lo recordamos y lo imaginamos, fue definida en gran medida por el arquitecto Francisco Artigas en la remodelación de 1974.

Por supuesto, las casas, las plazas y la parroquia ya estaban ahí, pero fue Artigas quien dio unidad al conjunto, uniformó sus acabados, incorporó las características cornisas de tres hiladas de ladrillo, diseñó los faroles de poca altura, eligió las plantas y los árboles que adornarían los jardines, propuso el predominio del blanco en las fachadas, construyó desde los cimientos el palacio municipal, el Portal de las Carnicerías y el Portal de don Alfonso Díaz, moderó el monumento al cura Hidalgo, escondió modificaciones modernas, creó las fuentes del Ojo de Agua y la Plaza Juárez, dio al kiosco su actual apariencia rústica (que, personalmente, no me satisface demasiado), generalizó los empedrados, adoquinó las plazas y decidió pintar de negro la madera del propio kiosco, así como la de puertas, ventanas y vigas. Así describió el escritor Fernando Benítez en su libroi Viaje al centro de México (1975) aquella intervención:

A la gran plaza se le ha devuelto su perdida dignidad al eliminarse los añadidos grotescos de su larga decadencia y construir un nuevo ayuntamiento integrado a un conjunto de residencias, tejados pajizos y portales oscuros, ora sostenidos por pilastras de piedra, ora por columnas de madera de fuste abombado. Se advierte el lápiz de Artigas, borrando el pegoste, el adefesio, acentuando una línea, recomponiendo el dibujo, el sentido de un pueblo de tránsito perdido en los desiertos del norte, hasta lograr un escenario que reclama el paso de los arrieros vestidos de cuero haciendo sonar las espuelas de plata en los empedrados, el desfile de las carretas y hasta el fusilamiento de los seguidores de Hidalgo.

Antes de Artigas, el centro de Aculco era más variado, menos uniforme, más caótico -y, ciertamente, más auténtico-, pero Artigas consiguió darle unidad y convertirlo en el conjunto arquitectónico coherente, pintoresco, que hoy identificamos. Su obra en Aculco -debemos entenderlo- no fue tanto de rescate patrimonial como de rescate estético. Así, más allá de los aciertos y desaciertos de aquella intervención, fue Artigas quien determinó la bella imagen de Aculco que conocemos hoy y que es la que el pueblo ha tenido durante los últimos 52 años.

Ahora bien, ¿cuál es el verdadero valor histórico y patrimonial de la remodelación de Artigas? Si nos atenemos a criterios estrictamente legales, los elementos que incorporó al espacio público de Aculco no son, por sí mismos, monumentos históricos, pues datan de 1974. Sin embargo, existen al menos otros dos argumentos para defender su conservación: uno de carácter jurídico y otro, menos tangible, relacionado con la memoria colectiva y el arraigo emocional.

El primero tiene que ver con su ubicación dentro de la zona protegida de Aculco, inscrita en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO como parte del Camino Real de Tierra Adentro. El segundo es quizá más difícil de definir, pero no menos importante: nos hemos acostumbrado a ver Aculco de esta manera, hasta el punto de que la imagen creada por Artigas forma ya parte de nuestra identidad y de nuestra memoria del pueblo. ¿Se imaginan, por ejemplo, que alguien propusiera retirar la fuente del Ojo de Agua, cubrir la Plaza Juárez, nivelar por completo la Plaza de la Constitución o pintar de distintos colores las fachadas de Aculco? Estoy seguro de que cualquiera de esas propuestas provocaría protestas, y con razón.

Al ver los daños provocados por el accidente de la semana pasada, algunos lectores cuestionaron mi afirmación de que la intervención de Artigas en Aculco se conserva prácticamente intacta. También señalaron, como argumento en contra, el maltrato que han sufrido estas obras, a veces a manos de los propios habitantes del pueblo.

Pero lo cierto es que la mayor parte de lo que hizo Artigas en Aculco permanece. Por supuesto, algunos detalles se han modificado. Pienso, por ejemplo, en las rejas colocadas alrededor de los prados del jardín de la Plaza de la Constitución para evitar que sean pisados, en las nuevas luminarias que complementan las originales, en la construcción del monumento a Juárez en la plaza del mismo nombre, o en el cierre de la planta baja del Palacio Municipal. Sin embargo, la mayoría de estas transformaciones son, en realidad, incorporaciones: elementos que se han agregado a lo construido por Artigas sin alterar sustancialmente su función, su materialidad ni su carácter.

Las pérdidas verdaderas son relativamente pocas y casi tenemos que buscarlas con lupa. Entre ellas están los pretiles del puente sobre el arroyo de Vidó, a la entrada oriente del pueblo, reemplazados de manera muy desafortunada, las molduras de los pasamanos de la bajada poniente del atrio, sustituidas por otras de cantera de menor calidad, y los pretiles de la explanada de la plaza José María Sánchez y Sánchez, que sufrieron una modificación semejante. También hay que mencionar la sustitución de los sencillos faroles de la Plazuela Hidalgo por otros de diseño parecido a los de la Plaza de la Constitución, aunque estos últimos también fueron obra del propio Artigas, la desaparición de todas las macetas y macetones de barro colocados en los espacios públicos en 1974, y la pérdida de la lápida que conmemoraba la inauguración de aquellas obras.

A ello se suma la desaparición de algunas especies vegetales de los jardines, como las azaleas, que no se aclimataron bien o no fueron reemplazadas oportunamente. En cambio, las magnolias han prosperado.

En fin, es muy poco si consideramos la magnitud de aquella intervención y el medio siglo transcurrido desde entonces.

Alguna vez escribí que el mayor mérito de la remodelación de 1974 fue haber despertado entre los aculquenses una conciencia patrimonial: hacerles descubrir que tenían un pueblo hermoso, del cual podían sentirse orgullosos y que valía la pena proteger. Ya sabemos que Aculco no ha conservado todo el patrimonio histórico que tenía entonces, que su traza urbana se ha visto lastimada por incorporaciones lamentables, que sus espacios públicos se han descuidado y que hoy, por ejemplo, sus azoteas parecen un muestrario de Rotoplas. También sabemos que las pequeñas alteraciones, acumuladas a lo largo de los años, han dejado su huella, casi nunca para bien. Aculco ha desbordado los límites de su centro histórico. Cinco décadas no pasan en vano.

Pero es precisamente al considerar el tiempo transcurrido, lo mucho que todavía se conserva y el orgullo que sigue despertando entre los habitantes, cuando podemos apreciar el éxito de la intervención de Artigas. Su obra ha superado la prueba del tiempo, de la resistencia y, sobre todo, la del aprecio público. Incluso una de las desventajas que tuvo originalmente aquella remodelación, su semejanza con las realizadas en otras cabeceras municipales del Estado de México, ha terminado por desaparecer. En casi todas ellas, las intervenciones posteriores han alterado sustancialmente lo que se hizo entonces, mientras que Aculco permanece como un testimonio excepcional de aquel programa.

Por todo ello, creo que, en lugar de minimizar la obra de Artigas, debemos comenzar a reconocerla expresamente como parte del patrimonio de Aculco. Y, en vez de permitir que su carácter se diluya poco a poco, tendríamos que procurar su conservación y reafirmar sus rasgos distintivos, incluso en nuevos espacios y construcciones. El estilo de Artigas sigue siendo una apuesta segura para Aculco.

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