domingo, 16 de marzo de 2014

La más antigua descripción de Aculco (ca. 1697)

245. Aculco. En un alto de fértiles vegas rodeado, donde por ocho leguas se siembra trigo y maíz, y se tienen cría de ganado menor, tierra de variedad de pájaros halcones, y codornices; está un convento de cuya iglesia es titular San Jerónimo. En él viven tres religiosos, que con su ministro en lengua otomí administran cerca de mil personas, y más de treinta familias de labradores españoles, mestizos y mulatos de trescientas y veinte personas en doce haciendas y ranchos. Tiene doce pueblos de visita con sus iglesias; dos de Nuestra Señora, de San Pedro, San Miguel, Santiago, San Lucas, Nuestro Padre San Francisco, San Ildefonso y Santa Clara, donde se alternan dos misas. En el de Santiago que está más lejos asiste religioso, que está un cuarto de legua de la hacienda de la Torre. Todos están al alcalde mayor de Huichapan sujetos; tiene Cofradía de el Santísimo Sacramento y de Nuestra Señora en una.

Fuente: Fray Agustín de Vetancurt. Chronica de la provincia del Santo Evangelio de México, México, imprenta de doña María de Benavides, 1697, p. 87.

domingo, 9 de marzo de 2014

La Batalla de Aculco en el Romancero de la Guerra de Independencia

 
Rafael Ruiz Rivera (1865-1932) fue un escritor mexicano nacido en Jaral del Progreso, Guanajuato, mismo lugar en el que falleció. En 1880 ingresó al Colegio del Espíritu Santo de Santiago Maravatío, Guanajuato, en el que cursó latín, lógica, literatura, metafísica y moral como parte de su preparación al sacerdocio. Sin embargo, interrumpió sus estudios por falta de vocación y regresó a su ciudad natal, donde desarrolló su actividad como autor y editor. En 1903 fundó, en colaboración con su amigo Fulgencio Vargas Ortiz, dos periódicos La Voz del Jaral y Renacimiento. Años después, en 1914, fundó también la revista quincenal "Flor de Lis". En esas y otras publicaciones foráneas dio a conocer muchos de sus textos literarios, obras casi todas de carácter romántico, heroico y legendario, como los poemas “Piedras y Bronces”, “Lirios y Lágrimas”, “Rosas Fúnebres”, “Hojas de Tulipán” y el drama en verso “Las Campanas de la Profesa”. Cultivó también la prosa con obras como Mi resumen Epistolario y la novela Matilde o la Cruz Solariega.

Don Rafael publicó un tomo con sus Romances históricos*, coincidiendo con la celebración del Centenario de la Independencia de México en 1910, impreso en los talleres tipográficos del periódico El Tiempo. La obra recibió el primer premio en el Certamen Nacional de Literatura, convocado con motivo de aquellos festejos. Ese mismo año varios de sus poemas fueron incluidos en los dos tomos del Romancero de la Guerra de Independencia, editados por Victoriano Agüeros como parte de su colección Biblioteca de autores mexicanos (volúmenes 71 y 74), donde se compilaron también obras de Vicente Riva Palacio, Guillermo Prieto, Manuel Acuña, José Rosas Moreno, Francisco Sosa, Rafael Ceniceros y Villarreal, etcétera. Entre los romances de Ruiz Rivera se encuentra uno titulado "Hidalgo", que forma parte del tomo II del Romancero. Se trata de un poema bastante extenso, que abarca desde la sublevación del cura de Dolores hasta su ejecución y que dedica una parte a la Batalla de Aculco. Por ser poco conocido, quiero presentarlo aquí a los lectores del blog Aculco, lo que fue y lo que es, aunque con la prevención de que el poco atractivo aspecto con el que describe al pueblo ("jacales cenicientos") deriva seguramente de su desconocimiento del lugar, pero sobre todo de la influencia que el "Romance de Aculco" -escrito años antes Guillermo Prieto e igualmente despectivo con la imagen de este pueblo- tuvo en él. Por lo demás, la descripción de la batalla es poco precisa históricamente y debemos ver este romance sólo como lo que es: una obra literaria. Incluso la narración de la ejecución de los prisioneros quintados es errónea, como quedó claro cuando tratamos en este mismo blog el tema del Tamborcito de Valladolid. Pese a todo, no deja de agradarme la visión sobrenatural con que Ruiz Rivera quiso concluir sus versos: Desde entonces en la falda / de aquellos pelados cerros / vense en la noche vagar / largas hileras de espectros...

* Romance: Combinación métrica de origen español que consiste en repetir al fin de todos los versos pares una misma asonancia y en no dar a los impares rima de ninguna especie (Diccionario de la R.A.E.).






VIII
LA BATALLA DE ACULCO
__________
I

Desandando las montañas,
repasando los senderos
que escalaran como cóndores
los caudillos insurrectos
descienden por el camino
que formando vericuetos
conduce desde Toluca
a la ciudad de Querétaro.
Después de cuatro jornadas
distinguen allá a lo lejos
el cuadro triste y sombrío
de un melancólico pueblo.
Es Aculco (San Jerónimo)
que al pie de estériles cerros
indolente desparrama
sus jacales cenicientos.
Hacen alto los indianos;
y los últimos reflejos
van del sol a juguetear
sobre el ancho campamento.
Negras sombras poco a poco
de los montes van cayendo
y en sus mortajas y pliegues
el paisaje queda envuelto.
Sólo las tristes hogueras
con su rojo parpadeo
iluminan la montaña
como cráteres sangrientos.

II

Más allá, tras un recodo,
y a las espaldas del pueblo
los realistas vivaquean
confiados, somnolientos;
en pabellones descansan
los fusiles, y no lejos
de Arroyozarco las trojes
se levantan como espectros.
Calleja se halla en persona
al frente de aquel ejército
con potente artillería
y magníficos pertrechos.
Sus avanzadas recorren
olfateando cual sabuesos
la maleza y los peñascos
  de aquel paraje desierto.
Así discurren las horas
y del alba al reverbero
se miran cinco columnas
de guerreadores iberos.
Como manga de tormenta
dirígense hasta los cerros
donde Allende los recibe
con cataratas de hierro;
retroceden, y formando
línea candente de acero
sobre los indios disparan
sus relámpagos y truenos.
Pronto Calleja dispone
terrible, audaz movimiento
que con furia va a envolver
la espalda del insurrecto.
Los indígenas se aturden
y sin orden ni concierto,
se retiran al azar
por encontrados senderos:
Allende va a Guanajuato
de mal humor y violento,
en tanto a Valladolid
Hidalgo mancha sereno.

III

Desesperado Calleja,
al ver de sus garras lejos
a los héroes que soñara
ver en cadalso cruento,
descargó toda su rabia
en los pobres prisioneros
que quintados allí mismo
con entereza murieron.
Desde entonces en la falda
de aquellos pelados cerros
vense en la noche vagar
largas hileras de espectros.
El viajero o peregrino
que los mira desde lejos,
siente en su alma palpitar
todo un mundo de recuerdos;
y una voz que eterna vibra
como de Dios el acento,
le dice que los valientes
que en ese campo cayeron
firmaron con noble sangre
la Independencia de México.


Si quieres saber más sobre la obra Romancero de la Guerra de Independencia, puedes leer este texto.

Además, como simple detalle cuirioso, a partir del minuto 5:10 del siguiente video, puedes ver una recreación de la Batalla de Aculco del 7 de noviembre de 1810, realizada para la telenovela La Antorcha Encendida:

Batalla de Aculco.

domingo, 2 de marzo de 2014

Un coleadero en Arroyozarco en la primera mitad del siglo XIX

Domingo Revilla fue un escritor costumbrista mexicano nacido en agosto de 1810 en Pachuca, Hidalgo, hijo de José Manuel de Revilla Robles y María Felícitas Hernández de Yslas, quienes habían contraído apresurado matrimonio apenas tres meses antes de su nacimiento. Ese mismo año, sus tíos, los hermanos Ángel y Antonio Revilla, adquirieron en subasta la hacienda de Arroyozarco, que después de haber pertenecido a los jesuitas había sido administrada desde 1767 por la Real Hacienda. José Manuel fue designado administrador de la finca y consta en el padrón municipal de Aculco que residía ahí con sus esposa y el pequeño Domingo en 1816.

No es posible saber cuántos años permaneció Domingo Revilla en Arroyozarco, pero su infancia en este lugar dejó en él una huella imborrable, como veremos adelante. Sus tíos vendieron la propiedad hacia 1838 y Domingo se introdujo a los negocios mineros que constituían la riqueza principal de la familia. Pero más que los asuntos empresariales, a Domingo le atraían las letras. Por ello viajó a la ciudad de México a realizar estudios en la escuela de Jurisprudencia. Siendo ya "pasante aprovechado" de esa carrera, en 1844, en medio de la revuelta popular contra el presidente Santa Anna -escribió de él su amigo Guillermo Prieto (quien le dedicaría un poema, "La Agonía", publicado en El Museo Mexicano ese mismo año)- "aplazaba su examen [profesional] por imponerse de marchas y maniobras de los cuerpos del ejército, hacerse amigo de los jefes y hacerse amateur de la vida de cuartel y campamento". Al mismo tiempo, junto con el propio Prieto, Manuel Payno, Juan José Baz y otros redactaban folletos particularmente ácidos contra el gobierno.

Domingo Revilla, "hombre vigoroso y resuelto, jinete diestrísimo y amateur del combate y de los peligros", era además, por su riqueza, mecenas y socorro de aquel grupo de jóvenes liberales, casi todos pobres:

Domingo era la adoración de sus amigos, su dinero estaba en la palma de la mano para socorro de los desgraciados... Violento y nervioso, cualquier cosa le sulfuraba, pero volvía en sí inmediatamente, y entonces raudales de bondades borraban las ligeras huellas de sus impaciencias.

Por su cuenta y riesgo, Revilla decidió unirse a las fuerzas del general Inda para enfrentarse contra el ejército de Santa Anna. Pero cerca de Puebla fue denunciado y sin que mediara proceso ni causa fue condenado a recibir doscientos azotes, que sufrió con gran entereza.

Después de su fallida entrada a las armas, Revilla continuó sus incursiones en las letras. Se unió a la redacción de El Monitor Republicano para oponerse al gobierno de Paredes y, después de la guerra con Estados Unidos, al regreso de Santa Anna. Vivió un tiempo, por allá de 1848, en la casa de Manuel Payno en la calle de Santa Clara.

Pero lo que hace más recordado a Domingo Revilla son sus escritos costumbristas, campiranos, vertidos en publicaciones como El Museo Mexicano, El Mosaico Mexicano y El Liceo.

Estos textos, además, tienen la particularidad de referirse en muchas ocasiones a las tierras donde Revilla pasó su infancia y juventud: la enorme extensión de la hacienda de Arroyozarco. Los seguidores de este blog recordarán que ya me ocupé anteriormente de un texto suyo, que se refería a las batidas de lobos que se daban precisamente en esa hacienda y que pueden volver a leer aquí. Comentábamos entonces que muchos historiadores de la charrería se han aprovechado de sus escritos, pero cayendo todos en un error propiciado por el propio Revilla: dan por hecho que la charrería tuvo su origen en los llanos de Apam, cuando en realidad el charro, su atuendo y las suertes charras como los conocemos ahora son la conjunción de prácticas y tradiciones de muy diversos lugares de la región central y occidental del país. El propio Revilla, después de afirmar aquello, pasa a describir un coleadero... pero que no se desarrolla en los llanos de Apam como habría sido más congruente con lo que escribe, sino uno realizado en tierras arroyozarqueñas. Aún más: al mencionar a los mejores coleadores del país lo hace brevemente, a excepción de "los inteligentes Romeros de Tenazat" (Tenazat o Tenasdá, ranchería de Polotitlán inmediata a Encinillas, cercana a Arroyozarco, tierras todas que por aquel entonces pertenecían aún al municipio de Aculco), familia que, en sus palabras "desde el más grande hasta el de ocho años, manganea, laza, colea, jinetea y arrienda un caballo con igual destreza".

Para ilustrar este texto en lo que se refiere a las escenas de coleaderos hemos seleccionado un grabado de los Recuerdos del Chamberín (1867) y un par más de Reglas con que un colegial pueda colear y lazar (1860), obras ambas de de Luis G. Inclán, que son los más cercanos cronológicamente a la narración. También, aunque son mucho más tardíos, algunos óleos de Ernesto Icaza que muestran la continuidad de esas prácticas a campo abierto a principios del siglo XX. Contextualizan el artículo algunas pinturas más de Icaza (incluso tres murales de la hacienda de Cofradía, en el propio Aculco) y de James Walker, un pintor inglés que en el último cuarto del siglo XIX seguía pintando a los charros mexicanos vestidos a la usanza de los años que vivió en México, hacia 1847.

En fin, demos paso al texto de Domingo Revilla, que sin duda disfrutarán los aficionados a la charrería y aquellos que conocen las tierras que pertenecieron a la hacienda de Arroyozarco:

 

Escenas del campo. - Un coleadero.

A mi amigo D. Ramón Domingo Terreros

 

I

Como esta diversión sea en el día tan común, como nuestros liones se manifiestan cada vez más aficionados a ella, ya sea por recreo, o ya por vanidad, para acreditar que son hombres de a caballo, y por lo mismo tienen las cualidades de sufridos esforzados, y valientes, que en cierta manera entra en el tono de la juventud de nuestra patria, para que tenga un titulo de más que exhibir ante las beldades; y como por otra aparte, no se haya escrito acaso sobre tal diversión, diremos algo apelando a recuerdos ajenos y a los propios.

Acerca de donde tuvo origen el arte de colear si puede llamarse arte, hablando con propiedad, no cabe duda que fue en esta parte de América, que se llama Nueva España; pues aun cuando de la antigua se trajeron el toro y el caballo, no se sabe que allí se hayan dedicado a tan riesgoso ejercicio, aunque los españoles fueron los primeros que en Santiago Tlaltelolco jugaron con unos toros. Tampoco en América del Sur se sabe que se hayan dedicado a colear, con todo y que en ella se han manifestado muy diestros en otras operaciones del campo sus charros, conocidos con el nombre de guachos [sic pro gauchos].

Se ignora desde cuando se empezó a hacer uso de esta diversión; pero se infiere que ha de haber sido en los llanos de Apam, por varias razones. Primera: estando estos puntos más inmediatos a la capital, disfrutando de buen temperamento y abundantes pastos, es claro que en ellos los españoles colocaron los ganados vacuno y caballar que trajeron para su propagación y abasto consiguiente. Segunda: Aumentando su número, el ganado fue alzándose y embraveciéndose, y de la necesidad de reducirlo a los diversos objetos que está dedicado, se usó el medio de colear a un toro, como el más sencillo para contenerlo, y evitar por los tirones y porrazos que no escapase. Tercera: Siendo estas tierras donde se encuentran los mejores pulques, sus habitantes alimentados con él, criándose muy robustos, y con ese fuerte estímulo se hallaban más diestros a lanzarse tras de un toro, despreciando los peligros; porque es bien sabido que es uno de los efectos que produce el uso de los licores fermentados.

Estas conjeturas son las más naturales en el particular y si no se merecen la aprobación de los amateurs, cada cual hará las que mejor le plazca, pues uno es libre para opinar, hasta que la realidad destruye la opinión. Respecto al orden con que fueron inventados los diversos modos de colear, no hay conjeturas; pues hemos tenido oportunidad de consultar a los más inteligentes y más antiguos aficionados, que prodigiosamente han escapado de tantos peligros. El primer modo fue a pulso, (1) como el más sencillo y natural, necesitándose para éste más pujanza que agilidad. El segundo, a cabeza de silla; pero por no tener gracia y ser más riesgosa, no se acostumbra. El tercero, a arción vieja (2). El cuarto a arción bolera (3). El quinto a rodilla (4); y el sexto a la charrada (5). El más moderno de todos es a rodilla; pero ninguno es más airoso y galán que el de la bolera, tanto por lo fuerte y seguro del tirón, como por la destreza que se necesita para tomar la cola, levantar la pierna, enredar aquella en la mano y en la pantorrilla, trabándola al mismo tiempo en la espuela, y abrir y sacar al caballo para pasar al toro y darle la caída.

El autor de la bolera fue un tal Aguilera, picador del virrey Iturrigaray: a pocos días lo invitaron en los llanos de Apam D. Eugenio Montaño, que después fue coronel insurgente del regimiento de Otumba, D. Nicolás Saldierun y un tal Casullas. De los llanos de Apam pasó el uso de la bolera al Mezquital, del departamento de México, que está situado en el Distrito de Tula; en el Mezquital es donde se ha perfeccionado más que ninguna otra parte este modo de colear. Tres personas fueron las que más se distinguieron desde luego por su agilidad para colear y que llamaron la atención. ¡Y cosa rara! Estas tres personas que hace cerca de cuarenta años que han corrido en diversos puntos, en distintos terrenos, entre breñales y precipicios, que día a día han expuesto su vida, viven y se consideran todavía vigorosos, y aún no han abandonado esa diversión. Los tres campeones del Mezquital son: D. José Antonio Olguín, D. José Luís Monroy y D. Pedro Lombardo, y pueden llamarse los veteranos de los coleadores de esos rumbos, y justo es que hagamos mención de ellos.

Cada familia, según es el rumbo, ha sabido sostener su reputación de colear y demás operaciones de campo, a caballo. En los llanos de Apam, los Montaños; en el Mezquital, los Monroys en donde figura, con otros muchos, el caporal de Tenquedó Luís Monroy; por Tierra-Fría, los Cervantes, de quienes ha sido el jefe el mentado don Marín, y los inteligentes Romeros de Tenazat, en cuya familia, desde el más grande hasta el de ocho años, manganea, laza, colea, jinetea, y arrienda un caballo con igual destreza. Hoy los hombres de a caballo se encuentran por casi todas partes, pero no todos colean a bolera.

Antes de que el uso de la razón se desarrolló en nosotros, ya presenciábamos esas escenas, que al principio infundían cierta especie de terror, cuya impresión se va insensiblemente disminuyendo hasta convertirse en un verdadero placer. Familiarizados con ellas, comenzamos a apreciar la agilidad de D. José Luís Monroy, de los Andrades de Pachuca, del valiente Andrés Tilas, del afamado D. Marín Cervantes, y del infatigable y muy apreciable, por todos títulos D. Ángel Carmona

(1) Consiste en enredarse la punta de la cola en la mano, y tirar al toro de ella en fuerza de la carrera, y botarlo al suelo.

(2) Llámese colear a arción, cuando el jinete coloca la cola del toro debajo de la pierna, y en consecuencia de la arción de la silla.

(3) Colear a arción bolera, es cuando el jinete coloca la cola del toro, para estirarlo, debajo de la arción, y enredándola simultáneamente en la pantorrilla, o más abajo, y en la espuela.

(4) A rodilla, consiste cuando se enreda en la mano la cola, y encogiéndose la pierna, se coloca debajo de la rodilla, apretándola con ésta y haciendo fuerza hacia adelante con todo el cuerpo para darle el tirón al toro.

(5) Este modo es igualmente riesgoso, y se acostumbra por Jalisco; se toma la cola, y en la fuerza de la carrera, sin soltarla, se apea el jinete del caballo y da el tirón al toro.

 

II

 

Aunque casi todo el año se colea, especialmente en las haciendas que tienen bastante ganado, y que disfrutan de excelentes pastos y de buenos aguajes, no es lo común, porque el estropeo de los animales causa grande mortandad. Regularmente del mes de junio a diciembre las diversiones del campo tienen lugar, especialmente en los meses de julio y agosto, en que se dan los rodeos del ganado mayor.

Los lugares en que se pasan los primeros días de la infancia tienen para todo el mundo cierto encanto que no se borra jamás; y a cualquier distancia, en todas épocas, se presentan a la imaginación con la misma vivacidad que la primera vez; las imágenes son animadas y los recuerdos exactos. He aquí el motivo por que se aman con delirio esos lugares. Nosotros no estamos libres de esta justa afección hacia la hermosa hacienda de Arroyozarco donde recibimos las primeras impresiones. ¡Cuán grato nos sería hacer de renombre los pintorescos puntos de esa hacienda, que hemos recorrido, cuando llenos de júbilo concurrimos a presenciar o a participar de esos coleaderos, en medio de muchos amigos y de las personas de nuestra familia! Si alguna cosa hay que más ponga en movimiento en una hacienda, es ese ahínco, esa ansiedad que se tienen por las diversiones del campo. La preparación de los caballos para que no falten ni sean vencidos por otros en el coleadero, la conducción de ellos con sus arneses y camisas, producen cierta emulación en todos los que han de asistir, ya sea por obligación, por gusto o por compromiso. La víspera o ante-víspera de esos días de diversión, hay las mismas órdenes, las mismas prevenciones, el mismo convite y la misma diversión.

-Ve a decir al caporal, le ordena el amo a un criado, que mañana temprano nos aguarde para ir a colear.

-Que prevenga los mejores toros en tal lienzo, le dice un aficionado.

-Que disponga una barbacoa y unos asados de pastor, le previene uno que es más gastrónomo que aficionado.

El criado parte con gran velocidad, y otros marchan con cartas para convidar a diversas personas, si no es que se han hecho los convites ocho días antes.

No es fácil explicar la alegría con que se anuncia el coleadero; todos los corazones palpitan. El lugar donde se ha de tener es como un punto de cita de honor. Muy buen cuidado tienen para no faltar a ella, tanto los convidados como los que se unen a ellos, o los que por sí y ante sí se reputan tales, más bien por el almuerzo que por el coleadero, bien que todo entra en la diversión, como dicen los rancheros.

Los preparativos, cada vez que hay una de estas diversiones, animan a la generalidad de los rancheros de los alrededores, y cada uno manifiesta grande empeño por su parte para concurrir, sin que obste la distancia, porque es ninguna, si se atiende a que más corren en un coleadero o diversión semejante, que en un día caminando.

Muy temprano, el día de la diversión, cada cual se dispone para la partida, y procura llegar oportunamente.

Circunscribiéndose al teatro expresado, séanos lícito manifestar las impresiones que hemos sentido por más de una vez. Una distancia de cuatro leguas, hacía que antes que rompiese el día, estuviesen en pie los diversos grupos de aficionados. Al principio, un profundo silencio reinaba, después todo era movimiento: el relincho de los caballos que se ensillaban, sus estrepitosas pisadas resonaban en todo el ámbito y se confundían con el incesante voceo de jinetes y criados; el bullicio crecía a su colmo. Ya montado todo el mundo las voces eran más claras, las prevenciones más expresas y las órdenes más terminantes. La caravana se ponía en marcha, y el silencio sucedía al clamoreo que iba disminuyéndose cuanto más aquella se alejaba.

Los días de julio o agosto son los más propios para un coleadero. ¡Cuán frescas eran las mañanas de esos días! La neblina estaba tendida al pie de los cerros y en una gran parte de los valles: el viento a poco la barría y los árboles se presentaban como agrupados unos sobre otros; marchábamos unas veces silenciosos, y otras bulliciosos y alegres debajo de sus espesas ramas que se movían al soplo de un ambiente embalsamado. Al pasar se levantaban del pie de los árboles los toros y vacas que dormían tranquilos y que habían venido allí a resguardarse de la lluvia: al vernos corrían por todas partes huyendo de nosotros , y desaparecían perdiéndose en la espesura de la cañada Oscura y en las del Bonxi, lugares cubiertos de elevadas y copudas encinas bajo las que crecen hermosas rosas silvestres. La luz del crepúsculo comenzaba a difundirse , y al poco la aurora teñía el firmamento de arrebol, trinando los jilgueros y otras aves en aquellas soledades con encanto indefinible. En medio de esa pompa, el sol aparecía lleno de gala, y la naturaleza ostentaba toda su majestad, e inspiraba una emoción de dulce melancolía, emoción que no puede expresarse, y que sólo se sabe sentir.

Muy temprano, por su parte, el caporal y los vaqueros, con otras personas, que por lo común se les unen hasta 500, habían pasado a los abrevaderos para reunir el número de toros destinados al coleadero, , los que reúnen con sus furiosos y monótonos gritos de : oh, jooo, oh... A las ocho de la mañana se percibe a los lejos y entre las arboledas un punto negro que apenas se mueve; pasada media hora, el punto se convierte en una reunión de ganado: el caporal viene por delante de los toros galopando ligeramente y gritando: guía, guía, palabras que entiende el ganado para seguirlo. Los vaqueros circundan a los toros para cubrir los claros y evitar que se escapen; y siguiendo al caporal lo arrean; cuando un toro se sale del ganado y corre, el caporal y los demás gritan: cárgalo; esto es, que lo vuelvan al cuerpo de animales. Los asistentes van a su encuentro para reforzar a los vaqueros, pues los toros por un instinto singular, parece que presienten el mal trato que van a sufrir. Llegados los toros al lienzo o cerca de donde deben colearse, se colocan allí, custodiados y vigilados, y se da un pequeño descanso.

El paraje que se escoge es el lienzo de las Águilas; pero antes de pasar adelante permítasenos describirlo. Es una eminencia un poco elevada, y que tiene un suave descenso para todas partes: de oriente a poniente está puesta una cerca doble de piedra, alta y como de trescientas varas de longitud: el terreno, en toda la línea, es macizo y parejo, por lo regular. El inmenso panorama que se desarrolla a los pies del observador desde el cerro de las Águilas o del Azafrán, que es otro semejante y que está inmediato a él, hacia el oriente, es bello: al poniente se divisa una hermosa cordillera cubierta de corpulentos pinos y de frondosos encinos de los montes de Madó, Buxio y San Juanico; la cordillera se va prolongando al sur por los montes de Timilpan , Agua-bendita; tras estos, aparece, con la superioridad de su elevación, el cerro de Jocotitlán, y a la parte del sudeste, este y noreste, se dibujan en un fondo azul oscuro los montes de Meleza, Calpulalpam (punto el más elevado entre México y el interior, según el barón de Humboldt) y el majestuoso cerro de la Virgen. A la parte del norte y del noroeste se encuentran inmediatos los pequeños y graciosos cerros del Bonxi, el Conejo y la Cruz. Dentro de toda esta circunvolución se ven inmensas lomas y llanuras cubiertas de excelentes pastos y de infinidad de rosas que los matizan, especialmente en el punto de observación en donde crecen algunas, cuya fragancia deleita los sentidos. Desde aquí se distinguen hacia el sur los poéticos llanos de Guapango, cubiertos de innumerables ganados de los hacendados del rumbo de Toluca, que vienen a agostar desde junio hasta fines de octubre. Por una parte, la vista de la frondosidad de los montes que rodean el valle, la de las aguas de la presa de Guapango, que están tendidas y tranquilas a la manera de un gran espejo, a un lado de ese valle y en una dimensión de siete leguas, y por otra la de las llanuras cubiertas de animales, en una vasta extensión, contenidos todos como en un gran circo, forman un espectáculo sorprendente y grandioso, que debe verse, por lo ineficaz de las descripciones, si se pretende tener una idea exacta de él.

 

III

 

Después del descanso que se ha concedido, se comienza a disponer el coleadero. Todo el mundo se prepara, como si se fuese a dar una batalla, bien que es una verdadera lid con los toros, , y en la que se expone la vida, que se pierde a veces. Desde luego se ven a los vaqueros remudar sus caballos, y a los criados los de sus amos; los caballos comprenden la tarea que van a tener, y dirigiendo la vista hacia donde se halla reunido el ganado, se ponen valientes, briosos y con el cuello erguido. Si se les tiene parados, dan vueltas y rascan la tierra con las pezuñas; al punto que se montan se ponen muy garbosos y vivos.

El caporal, y en su defecto el caudillo o sobresaliente, arregla, como en todo lo demás, el orden de la diversión; las paradas de coleadores se sitúan una después de otras, formadas de tres individuos, para que uno tome la cola y los otros dos le hagan lado, esto es, evitar que el toro culebree, lo que sucede cuando el toro no corre derecho o en línea recta, pues en este caso es muy riesgoso seguirlo, por la facilidad que hay de que se traben las manos del caballo con los pies del toro. dada la señal para que dé principio el coleadero, el caporal o caudillo toman la garrocha y cortan uno por uno los toros hasta ponerlos en el partidero (*) del lienzo, en donde los esperan los tres jinetes que lo han de colear. Apenas llega el toro a este lugar, cuando corre por el claro que le abren con sorprendente velocidad; los coleadores lo siguen con admirable empeño; los caballos parten como unas flechas disparadas; en un momento han desaparecido los hombres montados y los animales; un ligero ruido, como el de la violenta tempestad, se ha oído y se ha desvanecido en el acto: ese ruido lo han causado las pisadas de los toros, las de los caballos que lo siguen, las voces de los jinetes y el chasquido de sus cuartas con que animan a aquellos. Después de la primera parada va la que sigue; tras ésta otra, después otra y otra. El caporal, con toda la fuerza de sus pulmones, y empuñando la garrocha con que pica a los toros por el cerviguillo, les grita:

-¡Corta toro!

-¡Fuera, bruto!

-¡Corta, animal! ¡corta!

-Las paradas que siguen. ¿A quiénes les toca este toro?

En un corto espacio de tiempo la mayor parte de los jinetes se han diseminado por la llanura, que está cubierta con hombres de a caballo y toros que corren en diversas y encontradas direcciones; el movimiento de jinetes y toros cambia según las desigualdades del terreno; aquellos se esfuerzan para alcanzar a éste, y éstos huyen burlando su tenacidad. En donde la vista alcanza se ven rodar algunos toros, que los han estirado en fuerza de la carrera, y han caído enseguida a tierra: más lejos apenas se distinguen los coleadores y animales en sus movimientos y sólo se perciben unos bultos negros, porque aunque sea veloz su carrera parece que es lenta, ya sea por la distancia, o ya sea por lo inmenso del terreno en que andan.

Las paradas vuelven sucesivamente; algunos jinetes, para dar descanso a sus caballos, se apean de ellos, les aflojan la silla y los estiran hasta cerca del partidero; aquí montan nuevamente y continúan con el mismo ardor, con igual entusiasmo. La parada que vuelve, parte en el acto; le sucede otra y después las demás.

Llega la hora del almuerzo. y la diversión se suspende; todos concurren a la mesa, improvisada debajo de un árbol o de una enramada, y sobre la fresca yerba y el verde césped, matizado con multitud de flores de diversos colores. Se traen los manjares y empieza la distribución: la fatiga o el ejercicio que han tenido, la familiaridad, la buena armonía con que cada uno se siente inspirado, y la vista del campo, en que se desarrolla una vegetación llena de vida y de caprichosas y variadas formas, sazonan la mesa y reina el buen humor y la cordialidad. La conversación, como siempre que hay estos pasatiempos, se anima, elogiándose la destreza de los coleadores, los riesgos que se han corrido, los precipicios que se han salvado o evadido, la agilidad de sus caballos y su maestría, la ligereza de los toros y su dureza para estirarlos, su bravura, arrendando o haciendo frente a los que los siguen. Acaso los más expeditos de los coleadores son los que menos hablan, y sólo se sonríen cuando escuchan elogios o descripciones exageradas. -Una cosa disgusta a los que , no acostumbrados a las diversiones del campo, asisten a estos convites, y es de ver las manos de algunos de los concurrentes, que gotean sangre, que las tienen heridas por enredarse en ellas la cola, cuando los toros oponen grande resistencia al tirón que se les da, y son los que se tienen por toros duros. Mas cuando se ha familiarizado con estas escenas, ningún disgusto causa la vista de las manos desolladas: antes es para algunos un placer; y si no, díganlo los jóvenes mexicanos, que se presentan ufanos en la Alameda, el Paseo, el café y el Teatro, aparentando que se han rozado las manos en algún coleadero.

Las alegría preside por todas partes a los convites que se tienen en el campo. especialmente en algunas diversiones favoritas como éstas. Así, pues, la complacencia no tiene límites; y para que sea completa, las copas de pulque y de vino pasan del uno al otro extremo de la mesa.

 

(*) Se llama así el punto en que empiezan a cortar los toros.

 

 

IV

 

Después del almuerzo, todos los concurrentes se manifiestan con más franqueza, y a un tiempo se oyen las diversas órdenes que dan, para que se remuden los caballos.

-Juan, ensíllame el Coral.

-A mí el Dos-caras.

-Échale la silla al Tamarindo.

-Ponle el freno al Jilguero.

-Onofre, ensilla para ti el Silencio y que Gregorio lleve el Travieso.

-Félix, ponle mi silla al Ciervo, monta tú en el Naipe, y lleva al Charro, al Canario y al Tambor debajo de aquél árbol.

-Atanasio, tráeme el Duende.

-Nacho, mete al Cejillas.

Todas las voces de mando, como los nombres de los caballos, se oyen simultáneamente por todas partes; los criados se afanan, los vaqueros se multiplican, y es el único día en que se les ve diligentes. Unos y otros, vestidos con sus calzoneras, botas de campana, sus cotonas lujosas, más o menos, y sus sombreros en mano, dan a cada uno su caballo, que han ensillado con sorprendente prontitud. El ruido de sus monstruosas espuelas, el relincho de los caballos y los gritos de todos, forman una batahola y una algazara sin igual, en medio de la que se advierte una competencia entre dos compadres que se aman con el corazón. Uno de ellos pretende cumplimentar al otro y le dice a su hijo:

-Apéate, muchacho, y dale el Chispillas a mi querido compadrito. -El Chispillas es un caballo de las dimensiones de un perro, y el compadre, a quien quieren obsequiar, es muy gordo y obeso, como un provincial o un usurero, ve que el caballo liliputiense no lo aguanta, y temblando por sus días, con gran empeño le responde a su amado compadre:

-Compadrito de mi alma, mil gracias: que se divierta mi ahijadito; yo no corro hoy.

-Ni diga vd. eso compadrito: ¿qué se diría de mí, que venía vd. a un coleadero y yo no le había de dar en qué se divirtiera?

-Muchacho, ensíllale a mi compadre pronto tu caballo; pero pronto.

-Compadrito de mi vida, yo no coleo: hoy hace años que me iba a matar, y su comadre de vd. por nada se me muere del susto, y he hecho juramento de no volver a colear, y promesa al Señor de Chalma.

-Compadrito, no, no: hoy todos hemos de colear. No tenga vd. cuidado, el caballo es fuerte y seguro para correr; pero si no le gusta a vd. ése, montará el Apenitas, que es muy bueno. -El Apenitas era un caballito punto menos que el Chispillas, en esto el infeliz compadrito temblaba. En fin, después de varios cumplidos y excusas, y habiendo agotado media docena de vasos de pulque, ambos compadres se resolvieron a correr la misma suerte, y quedando anuentes, requirente y requerido, sin apelación alguna.

Concluido del todo el almuerzo y los cumplimientos, vuelven a montar a caballo actores y espectadores, y ninguno desmiente su decisión: los primeros para obrar, y los otros para aplaudir o censurar, como patriotas hojalateros, desde el seguro sitio en que se colocan para ver y divertirse. Todos están joviales y vigorosos; los que censuran están más severos, los coleadores más atrabancados, el caporal más complaciente y los vaqueros más atentos, aunque no más cuidadosos de que el ganado no se alborote. Todos marchan al campo de la lid con mayor entusiasmo.

El caporal vuelve a empuñar la garrocha, y con grande esfuerzo corta otra vez los toros a los coleadores: ahora está más garboso, y como por hacer alarde de su buena memoria, corta a los toros por sus nombres, y malicioso o picaresco, separa los más mañosos, duros o arrendadores, a los individuos de las paradas, con quien quiere divertirse o vengarse de alguna mala partida que le han jugado. Las paradas se colocan por sus turnos, y el caporal grita:

-¡Ave María Purísima!

-Anden, señores.

-Vamos, caballeros.

-Corta, Jicote, corta.

-Fuera, Gato.

-Guía, Gavilán.

-Parte, Venado.

-Corta, Huitlacoche.

Los coleadores parten veloces : los caballos participan del mismo empeño, de la misma emulación de sus amos, y saliéndose de la rienda, tascando el freno, echando espuma, arrojando humo por boca y narices, centelleando los ojos, tendiéndose como gamos, saltando como liebres, siguen al toro. Un jinete, para dar pruebas de su habilidad, empareja en arrebiate su caballo al toro: desde el partidero le pone la mano sobre la palomilla; el toro luego que la siente da un brinco, y el coleador, solazándose, la deja resbalar en todo el lomo, cuya piel parece, por la violencia y lo lozano del animal, un terciopelo, y toma la cola: a un tiempo casi imperceptible la enreda en la mano, alza la pierna, traba la bolera, saca y abre el caballo; éste, luego que ve levantar la pierna, agacha las orejas y hace un empuje para salir, (1) gana al toro la delantera y dale el tirón, y en seguida la caída. El jinete en estos instantes en nada piensa; no es exageración, se olvida de sí, no se acuerda de sus amigos ni de su familia, y tal vez ni de Dios mismo: está en un verdadero éxtasis, y se siente transportado a otro mundo. Los asistentes al verlo dar la caída al toro, exclaman unánimes:

-¡Caída redonda!

-¡Qué buen tirón! dice el caporal.

-¡Ah, qué cuaco tan razonable! expresan los vaqueros.

-¡Bien haya el amo tan persona! exclaman otros.

No han acabado de hacer estos elogios, cuando ya otro jinete ha tomado la cola y ha jalado al toro, que apenas lo ha ladeado sin caer. Se sigue el otro coleador, y metiéndole una zurda (2) le da al toro una segunda caída.

Algunos concurrentes, que pueden distinguirlos, dicen:

-Ya, cuando, el toro amainó y menean la cabeza.

En pocos momentos todo el campo está cubierto de coleadores y toros diseminados; la llanura parece que se agita y que se mueve: unos corriendo, otros espantando a algún toro mañoso que está echado por la caída y no quiere pararse. Entonces los coleadores, para pararlo, dicen:

-Vamos a hacerle la fuereña, anden luego: se alejan del toro a una pequeña distancia, y reunidos vienen sobre el animal, haciendo gran ruido sobre las corazas de sus sillas, y ando grandes gritos. Entonces el toro se para, y si no corre sino trota, los hombres gritan:

-Déjenlo que arme la carrera, no vaya a arrendar. Armando la carrera, esto es, corriendo al toro, le levantan la cola y le estiran, con buen o mal éxito.

Por otra parte está un toro que se ha embravecido haciendo frente a los pertinaces coleadores. En estas circunstancias llega uno de esos que mucho hablan sin que nada ejecuten, que todo se vuelven consejos o reglas, diciendo en voz alta y como satisfecho de su poder:

-Anden, amigos, no le tengan miedo.

-Pues éntrele vd., amo.

-Pues vamos, -y cuando esto dice, se aleja del toro y le grita. -¡Ah, toro josco! ¡ah, bruto! y se va, porque cree que viene sobre él. Por diverso rumbo se ve una parada con otro toro, y detrás de los coleadores uno que grita por todos, que nada hace más que talonear y azotar sin conmiseración a un endeble andante, como él le llama, y dice con gran esfuerzo:

-Háganle ruido, aunque sea con la hacha, y no lo dejen de buscar.

Cualquiera diría que éste era un famoso coleador; mas nada de eso, pues aunque año por año concurre a los herraderos y coleaderos, su ocupación es gritar y correr.

En el partidero no ha cesado el movimiento. Los coleadores se han alternado ya sin orden, porque todo degenera y se ordinaria, desde el vaquero hasta el diputado y el general, y así se ven cambiar constituciones como se remudan caballos.

Volviendo a nuestro objeto, ha salido un toro, y burlando a los que le siguen, arma el brinco y salta la cerca; ha partido otro y se ha estirado como badana, tanto, que ha dejado muy atrás a sus perseguidores; otro toro ha cortado el caporal, y por entre las manos de los caballos ha girado a la izquierda, formando un ángulo recto con la línea que traía; y mientras que los coleadores arrendaban sus caballos, el animal les había ganado un gran trecho. Por rumbo opuesto, algunos jinetes corren en pos del toro, al que despachan furiosos y frenéticos sus caballos; pero éstos, siendo boquimelles o no teniendo gobierno, llevan a sus amos contra su voluntad por donde place a los brutos; y aquellos y éstos, sin saberse cuáles sean más, van como demonios, hasta que se pierden de vista.

No faltan convidados o caballeritos que pretendan arriesgarse a colear; en este caso el caporal los acompaña para darles reglas; pero no corren en el lienzo porque se ruborizan sus mercedes. El caporal u otro le parte el toro en primera carrera, le da la caída, y al pararse, los niños o gandules corren tras el animal; entonces levanta alguno la cola y se la da a estos coleadores vergonzantes, quienes se empeñan por su parte para jalar al toro.

El caporal los anima y les grita:

-Ándele, señor amito.

-Téngala su merced, y le ofrece la cola al más inmediato.

-Véngase de este lado.

-No se eche encima el caballo.

-Ya, ya, señor amo.

A estas voces el toro corre: el amito quiere alzar la pierna y ni puede, contiene el caballo, y el toro se escapa, visto lo cual por el caporal, y que non siguió el aficionado sus reglas, dice:

-¡Válgame Dios qué amito!

Se siguen otros aficionados que parecen más resueltos, procurando cumplir con los consejos del caporal. Con efecto, corren, pero sin conocimiento alguno, porque le parten al toro desde una gran distancia, atascan a sus caballos, y cuando han llegado cerca del toro, diverso del que seguían, unos a los otros se entorpecen atravesándose los caballos. El toro, como quo ya ha sido corrido y estirado, apenas corre y menea ligeramente la cabeza por uno y otro lado. El caporal lo advierte y les grita:

-Cuidado, señores amos, eso toro es matrero: vengan sus mercedes a divertirse con otro.

El caporal les dispone un nuevo torete a quien jala en primera carrera, y se los acomoda a los señoritos. Éstos corren, y al tiempo de tomar la cola se les cae el sombrero, pierden las estribos, se agarran de la cabeza de la silla, y sueltan, no solo la cola, sino la rienda, por lo que los caballos corren velozmente a su discreción, y al brincar alguna zanja o barranca, los jinetes dan en el suelo. Los caballos continúan corriendo mas azorados, y los vaqueros los siguen con reata en mano hasta que los lazan; los niños están por tierra medio desquebrajados; pero el caporal, que en tiempos mas bonancibles los acompañaba, dándoles consejos, ahora no desmiento su adhesión, y no olvida sus consejos: llega y los arropa de la manera mas tierna y presurosa, y les dice:

-No hay cuidado, amitos: no es jinete el que no cae. Por fin, más ha sido el susto que el golpe: so levantan los niños, y los demás los excitan a retirarse en donde están las señoras, para sólo divertirse, y todos, se van, no sin dejar de hacer grandes reflexiones de lo caro que es aprender oficio ajeno. El caporal vuelve á su puesto, y la diversión se prolonga.

En esto, algunos mas duchos e instruidos están de peloteros a alguna distancia del partidero, esperando que a los animales se los avienten otros coleadores: los peloteros, corriendo con ventaja les ganan a aquellos y los colean. Entre los espectadores hay varios que están viéndolo todo y criticando a cuantos colean, dando con fuertes voces buenos consejos. Al presenciar que alguno va a tomar la cola, sacan los ojos, hacen varios ademanes y mil gestos, también levantan la mano, so inclinan y dan un silbido o exclaman:

-Levántala, guaje.

-Saca el caballo.

-Llama rienda.

-No llames tanto al caballo.

-Arrabiátalo.

-Abre el caballo.

-No jales arriba.

-No colees á dos manos.

-¡Así se hace, bien haya quien te parió!

-No hostigues al penco.

-Ah qué toro tan persona.

-Se fue limpio.

-Miren qué cristiano tan bruto.

Y las carcajadas y los silbidos se suceden, y crece una infernal algarabía.

Los dos compadras, que al principio se manifestaban tan decididos, han corrido, pero poco, porque no han alcanzado los toros o por que han sido muy cautos. Con todo, los humos del pulque de algunos vasos, que han vuelto á apurar, han fomentado el ardor, y el sagaz caporal, viéndolos, les corta un torete y les grita:

-Anden, compadritos, ahí va el de vds.

Y los compadres han corrido valientes, y ¡oh impiedad! uno de los compadres ha caído revolcándolo el torete, y ha herido mortalmente al Chispillas. Afortunadamente los demás concurrentes han ocurrido a quitar el animal a los compadres, pero el convidado está casi muerto. El sudor le ha parecido qué es sangre de las heridas, y cuando vuelve en sí pide confesión. Los rancheros lo han envuelto y le dan una bebida improvisada, no a la verdad agradable; pero vuelve más en sí, y ve que nada le sucedió. El dueño del caballo reniega de su compadre, por torpe, le declara la guerra ofensiva, se entiende, y rompe las hostilidades; el compadre caído se la declara también, pero defensiva, y se lanza al campo de batalla, poniéndose de oro y azul, hasta que los apartan; pero no terminaron su contienda sin verse ante un formidable juez, que con los hombres buenos y testigos de asistencia, los ponen en paz, hasta que han consumido sus borregos, caballos y cosecha: ¡Y luego se dice que no hay jueces de paz que cumplan!

Avanzada la tarde, el desorden crece y ya se cortan hasta tres toros juntos, lo que ocasiona a veces alguna desgracia; pero no por esto desisten los aficionados, quienes cuanto más colean, más se envician, remudando un caballo después de otro. El jinete, encendido su semblante con la fatiga, y el caballo, jadeando y bañado en sudor por la continua lucha en que ha estado, vienen orgullosos de sus triunfos; aquél, no obstante que su caballo está entero, o no se ha acabado, dispone remudarlo. En el acto dos mozos ensillan otro, echándole uno el freno y otro la silla; pero antes han cubierto con una manta al caballo quo acaban de desensillar, y lo han puesto de modo que no lo dé de frente el aire: para esto, uno de los mozos reconoce antes por donde corre el viento, por medió de una saliva que arroja hacia arriba. El sol ha desaparecido en Occidente, y todavía los coleadores siguen divirtiéndose con el mismo ardor, que no so les extingue ni a la luz del crepúsculo, ni a la de la luna. ¿Qué lauro obtienen? ¿Qué premio ganan? ¿Qué utilidad les recompensa ese estropeo de sus personas y de sus sufridos caballos? Nada. Pero hay en esto una pasión que arrostra con las ideas y con las reflexiones, y esa pasión ha degenerado en un verdadero vicio.

 

(1) Hay caballos que salen con tal violencia que en un descuido zafan al jinete de la silla, y a veces queda trabado con su espuela, de la cola del toro.

(2) Bolera por el lado izquierdo.

 

 

V

 

La concurrencia, tiendo la pertinacia de los coleadores, que no se dan por satisfechos, se comienza a retirar y a dispersarse, y la poesía de las escenas de la aurora se repite, bajo de otra forma, al ver reinar en el firmamento a la luna, derramando sobre el campo y los bosques su argentada y apacible luz. Por donde quiera la naturaleza y las reflexiones. Los años van y vienen: los mismos montes, las mismas cañadas, las mismas escenas, el mismo sol que las alumbra; no así los ojos y las flores, los hombres y los animales. Los actores se han cambiado, los espectáculos son los mismos.

 

Hacienda de Coscotitlán, agosto 4 de 1846. —.D. R.

domingo, 23 de febrero de 2014

Manuelita, una novela de Guillermo Prieto que inicia en Arroyozarco

Guillermo Prieto



Guillermo Prieto fue un escritor tan prolífico y tan amante de los viajes y las descripciones de lugares que no sorprende que en por lo menos cinco ocasiones distintas haya escrito sobre el mesón de Arroyozarco, ya como simple referencia en el Camino Real de Tierra Adentro (somo sucede en el "Romance de Aculco"), ya recreando con sus palabras todo un cuadro costumbrista que lo tiene como escenario (como lo hace en las Memorias de mis tiempos y los Viajes de orden suprema). Pero hasta hace poco tiempo no conocía uno más de esos textos: una novela corta escrita por él y publicada con su seudónimo habitual -Fidel- en el periódico el Siglo Diez y nueve, segunda época, año II, número 338, del 16 de mayo de 1843, llamada Manuelita. En esta novela romántica poco conocida, el protagonista conoce a su amada en el antiguo mesón de la hacienda de Arroyozarco, en un viaje por el Camino Real de Tierra Adentro. Después el escenario va cambiando a diversos lugares del interior del país, hasta su conclusión. Lo interesante para este blog, por supuesto, son apenas las primeras páginas, las que se refieren precisamente a la noche que transcurre en ese punto de la geografía aculquense, mismas que copio para disfrute, o por lo menos entretenimiento, de los lectores de Aculco, lo que fue y lo que es:

Una diligencia mexicana, del libro Mexico, California and Arizona, de William Henry Bishop (New York, Harper & Brothers, 1900)




MANUELITA 
Guillermo Prieto 
Un cuarto

–Dilata el viajero.

–Pues chicos, su carta no puede mentir, aquí debe apearse.

–¡Canario! es tardísimo, yo no lo espero.

–Tiburcio Matraca a nadie espera, sus atenciones...

–Y cómo que sí, si ustedes supieran la importancia de mis quehaceres: Vean ustedes (leyendo): Ver a Laforgue que me venda una mancuerna de botones para que cierre a la moderna mi frac; sengundo: pésame a doña Luz Girasol; tercero: preguntar a Taconini, por la salud de la prima-donna de la ópera.

–¿Quieres callar?

–Está visto, Miguel nos da un tabardillo.

–¿Qué, se propone hacer a caballo la jornada de Arroyozarco a México?

–No, señores, debería haber llegado hace dos días; pero un asunto preciso lo detuvo en Tula un día, y ahora creo infalible su llegada.

–Vendrá tostado por el sol, lleno de polvo.

-Silencio... oigan caballos.

–Pasaron de largo.

Un diálogo poco más o menos como el referido, se entabla hace cosa de un año en mi cuarto, donde esperábamos ansiosos a Miguel Enríquez, de su viaje a tierra adentro.

Era este Miguelito bullicioso y sentimental, de ojos ardientes y rasgados, nariz roma, tez morena un sí es no es, emprendedor y entusiasta, con sus puntas de literato y sus ribetes de hombre de mundo.

Fecunda en aventuras su vida, la relación de sus viajes era fácil, amena, sin exageranción ni petulancia; en fin, era nuestro amigo, y cuanto salía de sus labios tenía para nosotros la doble belleza de pertenecer a él y de ser en sí mismo interesante.

El teatro donde debía representarse la escena de su llegada, era nada menos que mi cuarto, en donde hasta una docena de cócoras en las tardes de invierno matpabamos el fastidio entregándonos a esa charla chismográfico-burlesca, charla alborotadora y enciclopédica que ha dejado recuerdos tan vivos en mi mente, y excitará siempre sentimientos tiernos en mi corazón.

Y ya que bambolea en el extremo de mi pluma, nada menos que la descripción de mi suso-expresado cuarto, ánimo y pintarlo, que están en moda las pinturas, ya que sin alzar los ojos de sobre el papel puedo ver el original a mis anchuras.

Hasta doce sillas, que por lo enteleridas podrían creerse viudas de militares; hasta un par de cuadros, que por lo discordantes se podrían tomar por la representación del Gobierno y el Congreso que cayó; una mesa tan mal parada como la hacienda pública; una librería como la del canónigo del Gil Blas, y multitud de papeles borradores, obleas, puros, tarjetas y billetes, en la anarquía más completa; he aquí el centro de reunión de los doce muchachos, todos parlanchines, todos entusiastas, fumadores de profesión, que tan pronto discutían la crónica escandalosa del país, como analizaban a Byron; tan pronto referían sentimentales sus amores, como generosos proponían y se esforzaban por el remedio de los males de algún desdichado; tan prontos para idear una contradanza, como para improvisar una oda; tan decididos en un ambigú como en un duelo; tan jocosos en un corrillo, como circunspectos en un entierro: de este jaez eran los autores del diálogo con que comencé mi tan cierta como verdadera historia.

–Ahora sí es él.

–Hola mozo, toma ese caballo, quita el equipo de esa mula, ese cajoncito con cuidado...

–Miguel.

–Bribón.

–Venga un abrazo.

–Sube.

–¡Qué gordo vienes!

–Chocolate para Miguel.

–Viva el recién venido.

Pasaron las preguntas y respuestas de estilo, los abrazos y cumplimientos, la revista de sus facciones, y el atropellamiento con que queriéndose preguntar todo y responder a todo, se forma una algarabía linda, que no es posible transcribir con exactitud. Así transcurrieron algunas horas, siempre desviándose y revolviéndose la conversación, siempre comenzando de nuevo la noticia del viaje desde el día de la salida, siempre perdiéndose en alegres episodios sobre la belleza de las muchachas, el pésimo estado de los caminos y rondas, y la razón de los amigos, y cosas que por mucho tiempo había dejado de ver el viajero.

Entre las anécdotas amatorio-pecaminosas de que sembró Miguel su conversación, mi malicia percibió el nombre de unaManueltita, que al mentarla Miguel tomaba cierto aire grave y melancólico, que decía mal con aquella fisonomía revolucionaria y vivaracha, hecha como con privilegio exclusivo para la alegría y el buen humor.

–Podías hacer algo de provecho, MIguel.

–¿Qué cosa?

–Contarnos de pe a pa la historia de esa Manuelita que sale y se escabulle tan a menudo en tu conversación.

–Sí, sí, la historia.

–Después de mil dimes y diretes, bajando su sombrero tendido hasta la frente, cruzando sus piernas y asegurado entre una nube de humo del constante fuego de su habano, dijo: atención noble auditorio, y despepitó en medio del silencio público la susodicha historia.

"Con el corazón seco como una pasa salí de México, cabizbajo como tahúr que juega proyecto, y deseoso de aventuras como el Hidalgo de la Mancha.

"Nada interrumpió en las dos primeras jornadas de mi viaje la monotonía más hostigosa; pero como donde menos se piensa salta la liebre, en Arroyozarco en un abrir y cerrar de ojos, estando en la fonda me presenta el más sazonado y fresco plato de ensalada, una chicuela como hasta de quince años, ligera y pizpireta, de enaguas de castor y camisa de encaje y bordados sobre el abultado seno, fisonomía hermosa y picaresca, un pie y hasta la cuarta parte de una pierna blanca y torneada, y un cabellito que en naturales ondas caía sobre su frente como una cortina a los lados del cuadro de una imagen. Comía despacio para prolongar la doble tentación de comer bien, y al frente de aquella beldad figonista, y ya en mi alborotada cabeza cruzaban mil planes subversivos, cuando caten ustedes que pasó por enfrente de mí un talle esbelto con su andar desembarazado y majestuoso.

"No vi su rostro, y cuando desapareció exclamé sin sentir:

Pasó, no era un ensueño

que atrevida forjó mi fantasía.

"Dos, dos lindas para un hombre soloy amante de lo bello... era volverse loco. Mi maldita propensión a lo ideal y novelesco, me hizo olvidar el terreno afecto de la fonderita... y cuasi loco me decidí a hablar, a enamorar y a armar pendencia por decir un yo te amo a mi desconocida.

"La abertura estrecha que dejaba su cuarto, no me permitió distinguir absolutamente nada, casi me decidía a entrar, pero me lo impidió el enérgico ruido de unas botas que daban por consecuencia unos pies que servían de base a un hombrón, cuya vista, maldito lo que hubiera tenido de agradable.

"No me retiré sin embargo, notando que el exagerado compañero, ni hablaba ni se acercaba a la sombra que en la paredproyectaba la incógnita; tal indiferencia me dio malísima espina, dije para mi sayo: este helado acompañante, es marido sin duda, y como yo no sé qué tienen de antipáticos tales animales, me fui a mi cuarto, enamorado como un tuerto, y cuidado que no es mal decir [sic]. Como es de suponerse, a las cuatro de la mañana estaba en pie, mis caballos ensillados y todo en disposición para partir, a la vez que las diligencia cuyas cadenas crujían por los impacientes caballos que ya estaban uncidos.

"Entre arrieros dormidos, aparejos y bestias, inclusive los cocheros de otros carruajes, se deslizó aquel talle airoso, gallardo, divino, la presidía el sospechoso de marido, con el farolillo del huésped y allí junto al estribo, mientras acomodaban algunos envoltorios en el carruaje, la vi, ¡Jesús me ampare! la vi.

Bella como el lucero refulgente

fin de la noche y precursor del alba.

"Era la realización de las ideas que tendría sobre la belleza Rafael antes de producir sus vírgenes. ¡Cuán bella era! Su frente apacible como la de los ángeles que pintan contemplando a Jesucristo recién nacido, sus ojos rasgados con esa pestaña riza en su extremo, cuya sombra cae en la mejilla como la del sauce sobre el cristal de la corriente, nariz afilada, labios delgados, su sonrisa forzada dejaba ver su dentadura nítida pareja; yo estaba parapetado con un pilar, como en el éxtasis de un santo que ve a Dios desde la tierra.

"Mi respiración agitada, algún movimiento endeliberado, no sé; pero ella me vio, fijó la atención, yo estaba al hincarme después de dar un trancazo al marido... Subió al coche, sonó el látigo. y dando tumbos la diligencia salió... yo la seguí, aunque nada se veía, caminé mucho tiempo tras el carruaje que volaba, e inconstante y dando saltos se alejaba... era imposible seguirla, el sudor de mi caballo había empapado mis pantalones, sentía en la bota la sangre caliente del animal, que tenía rasgados por mis espuelas los ijares... .. la luz vino y la volví a ver; yo era feliz, vi también a su marido.

"Era un inglés como de 35 años, entrecano, el sombrero de palma le cubría los ojos, tenía un color escarlata, sus mejillas y su exagerada nariz paralela a su puro, que despedía torrentes de humo, su mirada era sombría, feroz; noté el mismo silencio, la propia frialdad... esto algo quería decir, ya me soñaba un paladín... Mi caballo desfallecía, la diligencia se precipitaba en las cuestas, y como una exhalación cruzaba los llanos; por fin, sentí flaquear mi caballo... era imposible alcanzar la diligencia; perdida la esperanza, detuve mi carrera, y casi llorando vi la nube de polvo, y oí que salía de ella el ruido del carruaje distante... Me pareció distinguir una cosa negra por un postigo, era su cabeza, su lindísima cabeza; después desapareció, y como con la mayor precaución por el mismo postigo percibí su mano con un pañuelo blanco que se agitaba... Corrí desatinado, resollaba el caballo con fuerza, el pañuelo seguía agitándose;, de repente cae de súbito... Mi pobre caballo estaba muerto. Dejo a la consideración de ustedes las interpretaciones que haría de la mujer hermosa, de su indigesto compañero, y sobre todo, de aquel pañuelo que flotaba delante de mis ojos como la bandera del náufrago en su isla, como la como la materialización de una confianza, tal vez de una queja, tal vez como su último recurso a la libertad, a la vida. Quería distraerme; comenzaba por entonar una canción y seguía un monólogo de declaración amorosa, o fingía un diálogo en que había blasfemias contra el inglés y contra todos los hijos del Támesis. Así llegué a San Juan del Río, en un caballo que compré en una miserable ranchería; no había remedio; la diligencia pasó hasta Querétaro; no obstante, y como la esperanza es también supersticiosa, pregunté si efectivamente la habían visto, porque deseaba de todo corazón verla rota con todo y el custodio."

Hasta aquí la parte que transcribo de este raro texto de Guillermo Prieto, suficiente para dar a los lectores una idea general del carácter de la novela. Para quien esté interesado en leerla completa existen dos ediciones más recientes incluidas en los libros La Novela corta en el primer romanticismo mexicano de Celia Miranda Cárabes, ‎Jorge A. Ruedas de la Serna (UNAM, México, 1998) y, por supuesto, en las Obras completas de Guillermo Prieto compiladas por Boris Rosen (Conaculta, México, 1992).

domingo, 16 de febrero de 2014

¿Dónde quedó la estación del tren de Ñadó?

A diferencia de la estación de tren de Cofradía del ferrocarril Cazadero Solís, que se encuentra todavía en pie aunque convertida en vivienda y en lamentable situación de deterioro (como se puede ver en este texto que publiqué años atrás), de la estación principal de la línea situada en la hacienda de Ñadó, que contaba con talleres y otras instalaciones, no quedó huella. O eso nos parecía hasta hace poco tiempo, cuando al comparar los planos que existen en la Mapoteca Orozco y Berra de esta línea ferroviaria local -que existió entre 1896 y 1928- encontramos elementos suficientes para ubicar con precisión el sitio en que se levantó aquella.

Aunque algunas personas nos aseguraron que la estación estuvo, o bien en la propia casa principal de la hacienda de Ñadó, o tal vez en el edificio conocido como Jacal de Ñadó -construcciones de las que ya hemos hablado antes en este blog-, dos testimonios contemporáneos nos habían indicado ya que ninguna de esas ubicaciones era precisa. El primero de esos testimonios corresponde a Francisco Alcántara Gómez, quien trabajó en las oficinas del ferrocarril y dejó en el Archivo Histórico Municipal un texto mecanografiado que refiere variados temas históricos del pueblo, tanto observados por él como tradicionales. Uno de sus relatos se refiere a la inundación sufrida precisamente por los talleres del ferrocarril en Ñadó:

Por el año de 1906, en pleno Agosto, una especie de tromba se desencadenó por sobre el cerro de Toxhié. Como a las tres de la tarde se desbordó el río, comenzando a inundar el maizal de enfrente de nuestra oficina. No tardó mucho tiempo en llegar a las oficinas, a los talleres y a las casas del personal. La inundación alcanzó altura hasta dos metros. Todo el mobiliario nadaba dentro de los cuartos y muchos de los útiles fueron arrastrados por el agua.

Una máquina [del tren] encendida cerca del taller fue arrastrada por el agua como 200 metros, hasta que la misma agua apagó el fogón.

Un tinaco alimentador como de dos mil litros, fue volteado y llevado también a larga distancia. Las herramientas de talleres fueron encontradas al siguiente día río abajo. Y mucha gente se proveyó de diferentes cosas que el agua se había llevado.

Había en bodega de mi oficina algo así como 500 cuñetes de pólvora y cajas de dinamita para los trabajos de la línea de Llano largo. Todo fue llevado por la corriente.

El que suscribe y las familias pudimos escapar a partes altas en donde tuvimos que pasar la noche a la intemperie. Varios aprovecharon las cocheras durante varios días hasta despejar de lodo y basura las casas.

El Sr. Don Francisco Mendoza, jefe de talleres, mecánico muy inteligente, no hallaba qué hacer en aquel maremágnum inusitado.

El segundo testimonio lo publicamos en este blog hace apenas unos días, como parte de la entrada que titulé "Una hermosa descripción de la hacienda de Ñadó en 1901". El texto en cuestión dice:a

El mismo Ferrocarril de Cazadero a Solís cruza por la hacienda en una extensión de 17 kilómetros con dirección de Norte a Sur y Poniente [...] Dividiendo la estación del Ferrocarril y el casco de la propiedad cruza el río de Ñadó que ligado con otros desemboca en el Pánuco.

Tales textos demuestran pues, que la estación del tren se hallaba cercana a la casa de la hacienda pero separada de ella con el río de Ñadó de por medio. Y que, además, la estación se situaba en terrenos bajos, fácilmente inundables, en la ribera del arroyo que desciende del cerro de Toxhié o alguna de las corrientes con las que éste confluye.

Pero la ubicación precisa nos la da el "Plano y Perfil de los kilómetros 30 al 40 del ferrocarril de Cazadero, La Torre y Solís", aprobado por la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas en 1898 y que junto con varios más referidos a la misma obra forma parte del acervo de la Mapoteca Manuel Orozco y Berra. Entre los kilómetros 35 y 37, este plano abarca precisamente la zona en la que se asienta el casco de la hacienda de Ñadó y donde estaba, como veremos enseguida, la estación del ferrocarril, que además aparece detallada en su planta en un dibujo dentro del mismo documento.

Aunque el autor del plano omitió señalar en el plano de curvas de nivel la situación de la estación de Ñadó, sí lo hizo con la casa de la hacienda que además remarcó en oscuro. Con ella como referencia, no fue difícil dar con el dibujo de la estación, que sigue puntualmente el dibujo detallado del que hablábamos arriba, con sus tres edificios. Y lo mejor: al compararlo con las fotografías satélites aparecen delineado los cimientos de esta construcción con gran precisión, justo al lado de la Carretera Panamericana:

Incluso, al acercarnos más en las vistas satelitales la huella dejada por el edificio en cimientos, árboles y plantas crecidos entre ellos coincide plenamente con la planta detallada del inmueble en orientación, disposición y dimensiones:

Empleando esa magnífica herramienta que es Google Street View, pudimos acercarnos a ese punto de la Carretera Panamericana y ver, con sorpresa y alegría, que en el terreno no sólo las plantas delimitaban lo que fue la estación del ferrocarril de Ñadó, sino que en el terreno asomaban lo que parecían ser cimientos e inicios de muros del edificio. Algo, pues, quedaba físicamente de la estación del tren que tanto tiempo había tratado de ubicar infructuosamente.

Sin embargo, en este Aculco tan cambiante que no sabe respetar los restos materiales de su historia a pesar de estar incluido -inútilmente- en la lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO, el gozo pronto se fue al pozo, como reza el refrán: sucede que en las obras de ampliación de la Carretera Panamericana realizadas por el Gobierno Federal en los últimos años e inauguradas este mismo mes de enero de 2014, se destruyeron buena parte de esos vestigios, antes siquiera de que pudiéramos conocerlos in situ y recabar algunas fotografías. Como muestran las siguientes fotografías satelitales, casi una mitad del cuadrángulo que formó el edificio principal de la estación -justo donde asomaban los restos de muros- fue engullido por la carretera.

¿Y cómo sería arquitectónicamente aquella estación? Es difícil saberlo ya que no existen fotografías, pero podemos remitirnos a la estación de este mismo ferrocarril en las haciendas de Cofradía (una pequeña estación de la que ya hablé antes en este blog) y Cazadero (bastante mayor, de la que muestro aquí una imagen actual, cortesía de Andrés Arce) para intentar darnos una idea de cómo fue.

ACTUALIZACIÓN: 7 DE DICIEMBRE DE 2018

Me escribe un lector de este blog informándome que por narración a su padre de su bisabuelo Agapito González (administrador del carbón que llegaba a la hacienda) sabe que la piedra con que estaba construida la estación fue sacada para edificar parte de la primaria de la comunidad de Ñadó:

La mayoría de los lugareños de Ñadó conocen el lugar como "la estacion", aunque algunos no saben ni por qué. Las piedras [de la vieja estación] fueron para edificar las dos primeras aulas de la primaria Benito Juarez que actualmnte son los salones de cuarto y quinto año. Destacan del resto de la estructura de la escuela por ser mas gruesas sus paredes. La gente las fue acarreando a lomo en mecapal, las señoras en su rebozo y las personas que contaban con yuntas de bueyes las jalaban arrastrando.

Agradezco mucho el testimonio. Éste tipo de relatos permiten darle alma a una narración histórica e incluso explicarnos mejor los hechos.

domingo, 9 de febrero de 2014

El actual altar mayor de la parroquia de San Jerónimo Aculco

Cuentan que cuando en 1951 los padres Agustinos Recoletos fueron destinados a atender la parroquia de Aculco, encontraron ya en muy mal estado de conservación el viejo altar mayor neoclásico, el "ciprés" del siglo XIX al que nos hemos referido en anteriores ocasiones. Más que la polilla, el retablo había sido invadido por ratones, que incluso penetraban al sagrario a mordisquear las hostias consagradas. En un acto radical y lamentable, los agustinos decidieron retirar por completo el ciprés y dejar el presbiterio vacío, sin adornos, tan sólo con lo necesario para que se continuara celebrando misa. Algunos pocos vestigios, empero, se conservaron: fue el caso, en primer lugar, de la imagen titular de San Jerónimo; la mesa del altar, el sagrario y las columnas del manifestador que se hallaba dentro del baldaquino fueron reutilizados para formar un pequeño retablo que se encuentra en la capilla del Hospital Concepción Martínez; también rodó por ahí, hasta perderse, una tabla de madera blanca enmarcada en rojo que señalaba que aquella obra había recibido a principios del siglo XIX el privilegio perpetuo de Altar de Ánimas por bula del Papa Pío VII. Ello significaba, según las disposiciones sobre la Eucaristía:

Altar privilegiado es aquel al cual el Romano Pontífice concede el privilegio de que los sacerdotes que celebren en él, pueden ganar una indulgencia plenaria a favor de aquella alma por la que apliquen la Misa que celebran. Ordinariamente este privilegio se concede a todos los sacerdotes que dicen Misa en aquel altar, aunque algunas veces es para sacerdotes determinados. (1)

A muchos aculquenses molestó, por supuesto, la pérdida del centenario ciprés de la parroquia. Más aún, que se hiciera sin haber proyectado siquiera su reemplazo por otro altar, que se rompiera la armonía neoclásica del interior -que sufrió también por esos años otros cambios y pérdidas en sus altares laterales, pintura mural e imágenes religiosas- y, en suma, que se empobreciera notoriamente la imagen del interior del templo que, si bien no podía considerarse una joya de su estilo, tenía el inmenso valor de su autenticidad.

Pasaron algunos años y fue hasta 1959 que el templo parroquial de Aculco pudo contar nuevamente con un retablo mayor. Esto fue gracias a la donación que hizo una sola mujer, la señora Catalina Ocañas viuda de Suárez. Era ella originaria de Aculco, donde nació el 21 de marzo de 1881, hija de Nazario Ocañas y María Praxedis Osornio. Al día siguiente fue bautizada en la parroquia de este lugar con los nombres de Benita Catalina por el padre Francisco Guerra y fueron sus padrinos don Guadalupe Guadarrama, propietario de la hacienda de Ñadó, y su esposa Ana María Monroy. (2) Más que con Aculco, su familia estaba ligada con Atlacomulco, donde se hallaba establecida desde 1871 y había nacido una hermana de Catalina, diez años mayor que ella, de nombre María Adalberta Alejandra. (3) Por ello, muy niña fue llevada por sus padres a aquella población y, se dice, "nunca más volvió a su tierra natal, a la que sin embargo, siempre guardó un gran cariño y un sentimiento generoso de admiración". (4)

Catalina Ocañas contrajo matrimonio con Pablo Suárez Nuñez, con quien tuvo siete hijos (Rafael, María, Guadalupe, Paula, Alejandra, Francisco y Nazaria). Entre ellos destacó como político el licenciado Rafael Suárez Ocañas, presidente municipal de Atlacomulco en 1938-1939 y 1940-1941, integrante de la comisión para la construcción de una hidroeléctrica que aprovecharía las aguas del río Lerma y, a la llegada de Adolfo López Mateos a la presidencia de la República, funcionario en el Departamento del Distrito Federal.

Catalina falleció el 2 de octubre de 1958, dejando a sus hijos el encargo de realizar un nuevo altar mayor para la parroquia del pueblo donde nació. Su diseño y fabricación fue encomendada a la casa "El Arte Católico" (5), que tenía su domicilio desde 1944 en la Avenida Chapultepec de la ciudad de México y subsistía allí mismo hasta hace no muchos años bajo el cuidado del último descendiente de una verdadera dinastía de escultores que se remonta a más de dos siglos, Mario Antonio Hernández Escamilla. Según una descripción de la época este retablo está realizado

... en madera de caoba con aplicaciones de cedro, talladas y finamente doradas, está asentado sobre tres gradas de mármol de tepeaca gris claro con peraltes de mármol travertino, formando un artístico conjunto de muy agradable aspecto. Al centro de la mesa, encima de ella y cortando las gradas de la mesa del altar, se ha realizado un sagrario del mismo estilo, que lleva en la parte superior del mismo una cúpula con ángeles en adoración, rematándola una cruz. Sobre de [sic] la cubierta del muro que sirve de fondo a todo el conjunto, y al centro, va el manifestador en madera de caoba, finamente tallada con un frente de 1.50 ms. y una altura de 1.50. Está sostenida por cuatro columnas rematadas por cornisa con molduras talladas, rematando el ornato superior con una corona, todo ello dorado bruñido. (6)

El nuevo altar fue bendecido el 30 de septiembre de 1959, en el bicentenario de la erección parroquial, por el doctor Francisco Orozco y Lomelín, obispo auxiliar y vicario general de la Arquidiócesis de México, a la que pertenecía todavía Aculco (después pasaría a la de Toluca y finalmente a la de Atlacomulco). El 2 de octubre siguiente se realizaron allí mismo solemnes honras fúnebres por la donadora del retablo. (7)

Como pieza de arte, sin duda el nuevo retablo es una realización menor. Aunque evoca remotamente los retablos barrocos, sus elementos labrados y dorados -que se concentran en el gran arco que lo enmarca, las peanas que sostienen las esculturas, los capiteles y primer tercio de las columnas del nicho central y los relieves que sobre él se disponen en forma de dovelas (los que incluyen un par de ángeles y el Espíritu Santo representado como paloma, sobre fondos plateados)- se acercan más a las realizaciones neocoloniales de la primera mitad del siglo XX. El fondo del retablo es claro y completamente liso; el respaldo de los nichos sólo se distingue por su enmarcamiento y color oscuro de la madera. Carece además de un verdadero discurso iconográfico, pues en él se ubicaron la antigua imagen de San Jerónimo (santo patrono del pueblo) con sus atributos de doctor de la iglesia al centro, San Agustín (patrono de la orden a cuyo cuidado estaba la parroquia en ese tiempo) con sus vestiduras de obispo a la derecha y la Virgen María en su advocación de la Medalla Milagrosa (posiblemente a petición de la donadora) a la izquierda. Incluso, el retablo propiamente dicho resulta pequeño para el muro del presbiterio, y el espacio entre él y los arcos de cantera lo cubre una superficie de duelas de caoba oscura que contribuye a destacar el altar, pero que también acusa cierta pobreza de ideas y recursos.

De cualquier manera, casi 55 años después de su realización, el altar mayor de la parroquia de Aculco se ha convertido ya en un elemento tradicional de su interior. Una pieza que debe cuidarse y protegerse, y por la que además debe mantenerse siempre la gratitud hacia la donadora, doña Catalina Ocañas viuda de Suárez, sin la cual posiblemente sólo tendríamos en su lugar un enorme muro vacío.

(1) José M. Morán, O.P. Teología Moral, tomo II, Madrid-México, Librería Católica de Gregorio del Amo / Librería Católica de Herrero hermanos, 1899, p. 335.

(2) Registro bautismal de Benita Catalina Ocañas, 22 de marzo de 1881, Libro de Bautismos de hijos legítimos 1874-1883, Archivo Parroquial de Aculco.

(3) "México, bautismos, 1560-1950," index, FamilySearch (https://familysearch.org/pal:/MM9.1.1/NXMM-RQ5 : accessed 30 Jan 2014), Nasario Ocanas in entry for Maria Adalberta Alejandra Ocanas, 24 Apr 1871.

(4) Aculco. Órgano de la Voz y Espíritu de un pueblo, Aculco, 30 de septiembre de 1959, año 1, núm. 4. pág. 6.

(5) Idem.

(6) Idem.

(7) Idem.