jueves, 19 de mayo de 2022

De cómo Arroyozarco fue durante dos años parte de Polotitlán

Aculco y Polotitlan son municipios vecinos del noroeste del Estado de Mexico. De hecho, hasta 1852 fueron una sola entidad municipal, pero en aquel año comenzó un proceso de separación en el que los vecinos se disputaron los territorios limítrofes. Uno de ellos, el más importante por su peso económico, fue la hacienda de Arroyozarco.

Comencemos por hablar del territorio de la vicaría franciscana de Aculco, tal coma lo describio fray Agustin de Vetancurt en 1697, territorio que duplicaba quizá el tamaño que tiene hoy en dia el municipio de Aculco. Sobreponiéndolo a un mapa actual, haría frontera con los estados de Hidalgo, Querétaro y Michoacán pues abarcaba, ademas de los actuales municipios de Aculco y Polotitlan, la mitad sur de Amealco. Si delineramos sobre ese mapa las fronteras modernas entre lPolotitlán y Aculco, encontrariamos ya desde esos tiempos un importante "hecho diferencial" entre las dos zonas: en Aculco se encuentran practicamente todos los antiguos pueblos indigenas de su territorio original mencionados por Vetancurt, mientras que en Polotitlán sólo queda uno: San Francisco Acazuchitlantongo. Esta caracteristica, que nosotros consideramos fundamental para el estudio del origen del municipio de Polotitlán, indica algo que puede comprobarse tambien documentalmente: esta region estuvo compuesta mayormente por ranchos y habitada en consecuencia por rancheros mestizos y criollos, desde aquel Juan Ruano del siglo XVI (que le dio su nombre a la rancheria cercana a Encinillas) hasta el asturiano Juan Luis Polo, de quien vinieron los héroes insurgentes que le dieron nombre a Polotitlán. Hay que señalar también que muchos de estos ranchos fueron más propiedades familiares que personales, en las que solía observarse una organizacion patriarcal.

Hasta mediados del siglo XVIII, la presencia de los españoles, criollos y mestizos se restringe en ese viejo territorio aculquense casi exclusivamente a los ranchos y haciendas. Los pueblos, en cambio, son gobernados por las élites indigenas, los famosos "principales" y "caciques", algunos de los cuales hasta dicen descender de los reyes otomíes de Jilotepec. Sin embargo, a mediados del siglo XVIII la cabecera, Aculco, comienza a sufrir un cambio demográfico importante: las indígenas comienzan a abandonar el pueblo, a vender las casas más importantes y tambien a amestizarse con matrimonios como los dos del rico cacique don Antonio Magos Bárcena y Cornejo, con mujeres españolas. Los beneficiarios de este cambio son sobre todo los criollos y mestizos, muchos de ellos propietarios de ranchos de la zona de Polotitlán. De tal manera, el pueblo de Aculco llega al siglo XIX con una élite gobemante y propietaria que le acerca más a las villas de españoles que a los pueblos de indios y así lo sorprende la independencia. Los primeros ayuntamientos independientes se encuentran formados en gran medida, lo sabemos por sus apellidos, por gente del norte de su jurisdicción, entre los que destacan ya los Polo.

Aculco, fue como se ha dicho muchas veces, un "pueblo de arrieros". Ochenta hatajos de mulas constituían su riqueza y varios de los hombres más ricos de la zona, los Sánchez de la Mejorada, los Del Castillo, poseían su buena cantidad de mulas. Sin embargo, las conmociones de la Guerra de Independencia arruinaron este negocio y alteraron el tránsito por el Camino Real de Tierra Adentro, una de las principales vías de comunicación del país que justamente atravesaba su jurisdicción. Con ello, la economía de Aculco comenzó a morir:

... que este pueblo es carente en todas sus partes de tránsito, comercio, artes y agricultura, pues lo que se obtenía en tiempos anteriores eran ochenta hatajos de mulas al Camino Real, que servía a este país, de lo que ahora carece ...

En esta epoca difícil del inicio de la vida independiente de México, las relaciones entre la hacienda de Arroyozarco y Aculco fueron ríspidas, conmo anticipando los problemas que más tarde llevarían a su separación. En 1822, por ejemplo, las autoridades de Aculco enviaron un pliego para que se reenviara a las autoridades del Imperio y de Arroyozarco lo regresaron con el mensaje de no ser "criados del Ayuntamiento de ese pueblo". De igual manera, las autoridades tenían dificultades para nombrar autoridad auxiliar (lo que ahora seria un delegado municipal) en Arroyozarco, por la misma epoca. Claro que cuando en 1828 se propuso permitir juegos de cartas en Arroyozarco, las autoridades de Aculco se negaron. En 1830, el administrador de la finca pretendia sdemás mantener cierto proteccionismo sobre los productos de la hacienda, al pedir que las autoridades de Aculco no permitieran su venta en el tianguis. En 1832, provocó nuevos disgutos el cambio de día de tianguis en Arroyozarco, del domingo al martes.

Justo en estos tiempos, al norte de Aculco, en lo que se conocia como La Soledad, El Ventorrillo y San Antonio del Río, comienza a desarrollarse un nuevo poblado a la orilla del Camino de Tierra Adentro, el que a pesar de nacer de un régimen patriarcal parece mirar hacia el progreso y el futuro. Es el recién nacido Polotitlán. Los responsables son las familias mestizas y criollas oriundas de esa zona, quienes parecen no resignarse a la debacle de Aculco. Así, en poco tiempo logran constituir un pueblo que rivaliza y supera en muchos aspectos a la cabecera. Para Aculco, el crecimiento de Polotitlán parece ser -como se diría en términos taurinos- la puntilla, pues todo el esfuerzo económico de la zona parece concentrarse en el nuevo pueblo. Casi nada hay en Aculco que haya sido construido entre los años en los que se consolida y crece Polotitlán (con la excepcion de la reconstrucción neoclásica del interior de la parroquia, realizada entre 1843 y 1848). En Aculco quedan, claro, algunas de las viejas familias criollas y mestizas, incluso ramas enteras de apellidos caracteristicos ya entonces de Polotitlán, como Basurto y Garfias, pero los emprendedores migran al nuevo y pujante poblado. Aculco es la capital histórica, pero Polotitlán ocupa pronto el sitio de capital económica.

Un territorio difícilmente puede sobrevivir con dos capitales, sobre todo si son rivales. Polotitlán se separa formalmente de Aculco el 10 de mayo de 1852 y con ello le arrebata una cuarta parte de su territorio. Aculco queda con eso más amargado y mas pobre, pues le han sido quitados los ingresos fiscales del norte de su antigua jurisdicción. A pesar de ello, Aculco conserva todavía las dos haciendas mas grandes de la zona: Arroyozarco y Ñadó.

¿Por qué era tan importante Arroyozarco para Aculco? Porque se trataba de una enorme propiedad que abarcaba quiza una tercera parte de lo que hoy es territorio de ese municipio, pero que tambien se extendía por los de Jilotepec, Timilpan y Acambay hasta abarcar más de 47,000 hectáreas (que en términos comparativos significa tres veces el territorio actual de Polotitlán). Era ciertamente una de las haciendas más importantes del país, sobre todo a partir de que el marqués de Villapuente la compró en 1715 para los jesuitas, como parte del Fondo con el que se evangelizaban las Californias. Tras la expulsión de los miembros de esta orden, Arroyozarco había pasado por manos de los mineros Revilla, del español Francisco Marañón y del empresario de diligencias Anselmo Zurutuza, quien murio en 1852. Deespues de él, se hacen de la hacienda los hermanos Jose Joaquín y Manuel de Rozas, en cuya familia continuaría la propiedad hasta los tiempos de la Reforma Agraria. Hacia 1876, los hermanos Rozas establecieron además una gran fábrica textil en Arroyozarco, cuyas imponentes ruinas aún se pueden contemplar, lo que constituye un hito incomparable en la industrializacion de la zona, que no se repetiría hasta un siglo mas tarde.

Imagínense entonces el balde de agua fría que significó para Aculco el funesto decreto del 25 de septiembre de 1875 que, después de la fuerte pérdida territorial que le significó la separación de Polotitlán, le arrebataba entre 10,000 y 15,000 hectareas más de la parte aculquense de Arroyozarco, la hacienda de Cofradía Grande y las rancherias de Jurica, Fondó, San Francisquito, Encinillas, Thastó, la Cañada, el Tejocote, el Fresno, Loma Alta y la Soledad, para unirlos a aquel municipio, entonces municipalidad. La iniciativa había partido de algunas de las mismas comunidades comprendidas en el decreto, pues decian que

El naciente municipio de Polotitlán ha dado siempre pruebas inequívocas de que atiende con verdadero escrúpulo los ramos todos que constituyen la vida independiente de los pueblos. Se afana por difundir la educación a todas las clases de la sociedad y con particularidad a la más pobre; sus fondos se administran con pureza y emplean verdaderamente en el objeto de su institución y en general se empeña siempre en mejorar su porvenir.

Más allá de estas razones, no nos asombra saber que Arroyozarco se adhirió voluntariamente a este cambio de jurisdicción al recordar las dificiles relaciones con el Ayuntamiento de Aculco en la primera mitad del siglo y al pensar en la circunstancia de que el territorio de Polotitlan se habia formado principalmente por ranchos, lo que lo hacía más parecido y simpatico a Arroyozarco. En apoyo a esta suposición, está el hecho de que el unico pueblo antiguo agregado a Polotitlán, el de San Francisco Acazuchitlaltongo, pidió su reincorporación a Aculco desde 1865. Es parte del viejo tema de la disputa entre ranchos y pueblos del siglo XIX, del que han hablado extensamente muchos historiadores.

Los habitantes de las rancherias de Jurica y parte de la de Fondó protestaron inmediatamente ante el decreto de 1875, afirmando que no se había consultado su voluntad " ... en razón de que con dicho municipio a donde se nos ha anexado no nos ligan ningunas relaciones de familia ni de comercio ni tampoco contamos allá con los auxilios espirituales y civiles tan cerca como en nuestra antigua metrópoli; de ninguna manera estamos conformes con pertenecer a aquella localidad en virtud de que en ella vemos atacada nuestra libertad y los derechos de ciudadanía."

Esa anexión se da en un contexto de crisis económica tras la caída del Imperio de Maximiliano, que afectó muy marcadamente, según los testimonios disponibles, a los pueblos situados sabre el Camino Real. En 1868, el administrador del mesón de Arroyozarco decía, por ejemplo:

... los establecimientos de tienda, hotel y mesón de esta Hda. que son a mi cargo, en la suma de cinco pesos cuatro reales, y siendo en la actualidad el comercio en este punto sumamente pasivo, no puedo por lo mismo reportar tal impuesto sin sufrir un gravamen que daría por resultado la ruina completa de dichos establecimientos, que a más de lo escaso del comercio, es muy limitado el capital que en ellos se gira, llegando a tal estado de miseria, que hay días y no muy raros que no transita un solo pasajero en la diligencia.

Y el celador (o autoridad auxiliar) de Encinillas, explicaba en 1869 que:

... la escasez de recursos en que esta ranchería se encuentra a consecuencia de que, como siempre ha contado con el poco comercio que antes habia con el camino carretero antes establecido, y hoy éste está cortado en su totalidad, y los vecinos de ésta están careciendo de todos recursos.

En Aculco, la probreza llego hasta tal punto que hacia 1875 muchos vecinos de la cabecera demolían sus casas para vender la piedra con la que estaban hechas. En este contexto debemos buscar tambien algunas de las razones por la disputa de Arroyozarco.

En respuesta al decreto, el 31 de diciembre el Ayuntamiento y vecinos de Aculco solicitaron formalmente a la Cámara de Diputados la revocación de la orden, poniendo como argumentos su antigüedad y el lugar distinguido que ocupó el pueblo en las guerras de independencia, asi como la sensible disminución de territorio que le había significado ya la reciente separacion de Polotitlán.

Ante estas razones, la cámara aprobó la reincorporación a la municipalidad de Aculco de las haciendas de Arroyozarco y la Cofradía Grande, con sus rancherias de Thasto, la Cañada, Loma Alta y el Fresno, orden que fue publicada el 8 de octubre de 1877. Meses después, por decreto del 17 de abril de 1878, Aculco recuperaba también las rancherias de la Soledad y el Tejocote. Jurica y Fondó también regresaron a Aculco, aunque desconocemos la fecha de su recuperacion. Permanecieron anexados a Polotitlán la ranchería de Encinillas y el antiguo pueblo de San Francisco Acazuchitlaltongo. Curiosamente entonces, Arroyozarco, que había pedido su unión a Polotitlán, no lo consiguio, mientras que San Francisco Acazuchitlaltongo no pudo volver a ser parte de Aculco, como lo deseaba.

Durante el breve lapso que Arroyozarco formó parte de Polotitlán, el episodio histórico más importante ocurrido en ese lugar quizá haya sido la presencia del general Porfirio Díaz en el frío otoño de 1876, durante su combate contra los últimos opositores al Plan de Tuxtepec, que lo llevó a la presidencia de México. El año en que Arroyozarco regresó a Aculco, coincide por otra parte con el acceso de doña Dolores Rozas a la propiedad de la hacienda y de don Macario Perez a su administración.

¿Cuáles habrían sido las consecuencias de la anexión definitiva de Arroyozarco a Polotitlán para este municipio? En primer lugar, mayores ingresos municipales, pues los impuestos pagados por Arroyozarco le significaban al Ayuntamiento de Aculco la mayor parte de sus entradas fiscales. El cambio también le habría dado automaticamente mayor importancia por la cantidad de territorio y poblacion que habría obtenido. Quizá también se habría beneficiado del éxodo de arrendatarios de Arroyozarco que hacia 1885 se fueron a habitar a Aculco y desplazaron económica y socialmente a las viejas familias que permanecieron en ese pueblo, aunque es difícil saberlo pues tal vez no habrían alcanzado a construirse todavía los necesarios lazos sociales con la nueva cabecera.

El doctor Ignacio González-Polo, cronista de Polotitlán, ha mencionado que la permanencia de Arroyozarco como parte del término municipal de Polotitlén pudo haber sido beneficiosa en el sentido de anexar al sediento pueblo la hacienda junto con sus enormes reservas de agua en las presas de Huapango y El Molino. No estoy tan de acuerdo con este punto de vista, pues Huapango estaba en tierras no de Aculco, sino de Timilpan y no se hallaba comprendida en esta anexión. Además, ni siquiera las el resto de las propiedades de la jurisdicción de Aculco disfrutaban mayormente entonces del agua de Huapango, sino sólo las tierras que pertenecían a la hacienda y únicamente hacia 1868 obtuvieron algo los otros propietarios de esa zona. Y, en fin, Arroyozarco consideraba propia esa agua. A lo largo del siglo XIX le había disputado el agua a Polotitlán y a San Juan del Río y difícilmente dejaría de hacerlo asiía pesar de pertenecer a su jurisdicción.

Por ejemplo, en 1855 la hacienda de Arroyozarco protestó constantemente contra la asignación de aguas a Polotitlán, argumentando que en la solicitud del líquido para este pueblo hecha por don Jose María de Garfias se habia asumido la existencia de un río público, cuando era un arroyo particular de la hacienda. Se decía también que los derrames de la presa de Huapango no solamente no eran constantes ni suficientes, sino que la finca pretendía aprovecharlos, para lo cual llevaba ya construidas mas de 19,000 varas de nuevos canales.

El mismo San Juan del Rio, con derechos centenarios y varias veces probados sobre esa agua, comenzó a depender de la benevolencia de los propietarios de la hacienda de Arroyozarco para hacer uso de ella desde esos tiempos. En 1879 una comisión de su Ayuntamiento "... marchó a Arroyozarco a pedir al señor Macario Perez [padre] dejase venir de la presa, agua para las pequenas sementeras de la ciudad, no encontró en la hacienda al señor Pérez, pero habiéndole puesto un telegrama contestó desde Mexico accediendo como era de esperar de su filantropia, a la solicitud del vecindario y el precioso líquido llegó ya a los sedientos terrenos que tanto lo necesitaban.

Aunque Arroyozarco no podía utilizar todo el líquido de sus depósitos, se reservó siempre su derecho sobre él. Sus propietarios "... argumentaron consistentemente que el gobierno federal no podía intervenir y que no podía reevaluar su derecho sobre el agua. Las fuentes de agua que usaban venian de arroyos y pequeños rios en los valles altos de su propiedad, de modo que sostenían que el agua que usaban no pertenecía al sistema del río; era de su propiedad privada como lluvia que permanecia en sus tierras hasta que ellos permitían que siguiera fluyendo, desde sus presas."

En 1917 el municipio de Aculco protestó por la adjudicación de agua de Huapango a Polotitlán y San Juan del Río, que afectaría sus riegos. Las autoridades se encontraron con que el derecho al agua de Huapango por parte de aquellas dos poblaciones era anterior al de Aculco y de carácter oficial, mientras que el de éste era solamente un favor o una costumbre. Delos 80,767,862 metros cubicos de agua que se calculaba podían contener las presas de Huapango y Teupa, 24,200,000 metros cúbicos correspondían a San Juan del Río y a Polotitlán. Para entonces, la hacienda de Arroyozarco solamente tenía derecho ya a 4 millones y medio de metros cúbicos de agua de esa presa, aunque en otros de sus vasos (Piedras Negras, Lavandera, Palos, San Antonio y El Molino) podía almacenar unos 7 millones de metros cúbicos más. Por otra parte, se había observado que Arroyozarco negaba el agua a las poblaciones con las que tenía conflictos y recogía la quinta parte de la cosecha a quienes regaban con agua de sus presas. Ante esto, Agustin Millán, gobernador del Estado de México expresó que era

de todo punto indispensable quitar a Arroyozarco el manejo de las aguas almacenadas en las presas ya citadas; que el Gobierno se haga cargo directo del manejo y distribución de dichas aguas que le pertenecen.

Poco después, en 1919, cuando comenzaba la efervescencia agrarista, los vecinos de la ciudad queretana solicitaron la adjudicacion de 17,200,000 metros cúbicos de agua de los depósitos de Huapango y Teupan. A esto se opusieron una vez más los habitantes del municipio de Aculco, debido al uso que decian haber hecho siempre de esa agua, de los crecidos gastos que en obras para la conducción del líquido se habian hecho y la pobreza de las tierras del lugar.

Como vemos, Aculco no pudo beneficiarse de esta agua hasta despues de la Reforma Agraria, aunque tampoco le eran tan necesaria como a Polotitlán. Hace poco localicé un documento para seguir profundizando en esta historia que aún no he tenido tiempo de analizar: es el Reglamento de Riego entregado por Arroyozarco a Polotitlán en 1922, del que paso una copia al doctor González-Polo.

Concluyamos dejando estas especulaciones de que habría sucedido si Arroyozarco hubiera pertenecido como deseaba a Polotitlán, pues finalmente su anexión fue muy breve y no parece haber dejado mucha huella. Sí debemos destacar que desde entonces Arroyozarco siempre se ha sentido muy independiente de Aculco, mantiene la rivalidad con su cabecera e incluso ha habido tentativas por constituirse en municipio independiente. También vale la pena comentar que esta historia de anexiones y segregaciones tiene todavia muchos sucesos mas allá de este periodo del que hemos hablado hoy, pues, por ejemplo, el pueblo aculquense de San Pedro Denxi, que se introduce en una peninsula en territorio queretano y es la localidad mas alejada de la cabecera municipal, pidió todavía en los años treinta del siglo XX su incorporación a Polotitlán.

(NOTA IMPORTANTE: Escribí este texto para una conferencia que pronuncié en Polotitlán el 12 de noviembre de 2004. Esta versión tiene ligeras correcciones. Posiblemente faltan algunas tildes ya que tuve que digitalizar el impreso)

viernes, 18 de marzo de 2022

El falso sacerdote que engañó a todo Aculco

El 23 de septiembre de 1816, en plena Guerra de Independencia, llegó al pueblo de Aculco un humilde fraile franciscano con la misión de colectar limosnas para su convento de la ciudad de Querétaro. Para apoyar su encargo, el párroco don Pablo García lo acogió y le dio asilo en la propia casa cural. Fue así como aquel religioso -llamado Juan Atondo y entonces con 32 años- se estableció por una semana en el pueblo, atrayendo de inmediato la atención y devoción de los vecinos. El historiador William B. Taylor, en su libro Fugitive Freedom (2021), se ocupa de contarnos esta breve estancia en Aculco, tal como Atondo la narraría más tarde:

[Atondo] dijo que buscó al párroco para mostrarle sus licencias para recolectar limosnas, pero el cura se desentendió de ellas y le dijo que podía hacer lo que quisiera. Cuando un subdiácono -un joven de las órdenes menores- se acercó a él en la iglesia parroquial para confesión, Atondo accedió porque "veía la gran necesidad que había de un sacerdote de fuera". Después de confesar al subdiácono, Atondo celebró misa en la iglesia y siguió confesando a las muchas mujeres y hombres que se acercaron a él. Los instó a todos a hacer una confesión completa y general, que no se avergonzaran ante sus sacerdotes, que era Dios, y no el sacerdote, quien escucharía su confesión y aplicaría la justicia divina en el Día del Juicio, que Dios era omnisciente y no podía ser engañado ni siquiera en los asuntos más secretos.

Aquello parecía algo normal y hasta edificante para los vecinos de Aculco. Sin embargo, días después Juan Atondo era detenido en la hacienda de San Antonio, en el actual Polotitlán, por solicitud del cura de Aculco, pues había descubierto que no era el fraile y sacerdote que pretendía ser, sino un redomado pícaro y mentiroso casi patológico.

En efecto, nacido hacia 1783 en la Ciudad de México en una familia respetable, la muerte de su padre impidió al supuesto sacerdote Juan Atondo que continuara sus estudios más allá de los 16 años. Tres veces había intentado hacerse fraile dieguino, pero en cada intento terminó por salir del convento debido a "enfermedades". Después de su tercera salida, una mujer le exigió matrimonio al descubrirse embarazada, pero en vez de ello Atondo se había unido al regimiento de Dragones de la Ciudad de México, con los que se desplazó a la villa de Orizaba hacia 1801 ó 1802. Poco hecho a la vida de las armas, ahí desertó para unirse a los frailes del convento franciscano. Aunque los religiosos lo devolvieron a su regimiento, poco después aceptaron que ingresara con ellos, tras obligarlo a pagar a dos reclutas para que ocuparan su lugar en el ejército.

Permaneció varios años en el convento de Orizaba, pero Atondo no llegó a profesar como fraile, pues se mantuvo como donado, es decir, como sirviente. Su conducta, además, no fue ahí digna de elogios: se le acusó de avaro y obstinado, de hacerse él mismo vestimentas poco modestas para lo que dispuso sin permiso fondos del propio convento, y de escribir cartas amorosas a una mujer, a la que había enviado también regalos, entre ellos un rosario que no era de su propiedad. Hacia 1808, un día se sintió enfermo y temiendo por su alma confesó sus culpas. Al mejorar y sabiendo que su confesión le podría acarrear grandes problemas, pidió prestado un caballo a un vecino asegurando que iría a Córdoba por un asunto urgente, pero en lugar de ello escapó a la Ciudad de México, donde se acogió a la protección de su familia.

En la capital, Atondo se casó, fue apresado por deudas con sus suegros y tuvo un hijo. Se ocupó un tiempo como sastre, pero como detestaba el trabajo manual y aborrecía a su esposa, simplemente abandonó ocupación y mujer. Esta vez su familia no lo respaldó y tuvo que mendigar por las calles para sustentarse. Aprehendido al ser acusado de robo de algunas posesiones de un pariente, fue liberado cuando solicitó unirse nuevamente al regimiento de Dragones, enviado a Puebla en 1811 para combatir a los insurgentes.

No es muy seguro lo que sucedió con Atondo durante los siguientes cinco años, pues su tendencia a mentir hace dudosas sus declaraciones. Según él, el obispo de Puebla lo habría autorizado a regresar con los franciscanos de Orizaba, pero habría sido capturado por los insurgentes. Conducido a Chilpancingo donde conoció a Morelos, luego sería obligado a unirse a las tropas rebeldes y finalmente terminaría liberado en Valladolid (Morelia) por el capitán realista Juan Miñón. De ahí se habría dirigido a Tlalpujahua para ingresar nuevamente con los franciscanos del convento local, de donde el guardián lo remitió a la sede de la orden en Querétaro. Ahí recibiría el encargo de limosnero es decir, recolector de limosnas, pero permaneciendo siempre en estado laico. En una salida del convento para cumplir con un encargo en San José Buenavista, habría sido interceptado por una partida insurgente. Para protegerse, mintió al cabecilla asegurándole que era sacerdote y, como el engaño funcionó, a partir de aquel momento asumió el aspecto y la conducta de ese estado mientras recorría el oriente de Michoacán celebrando misas, confesando y ofreciendo indulgencias. Sin embargo, los insurgentes habrían terminado por capturarlo acusándolo de espía realista. Conducido a la fortaleza del Cóporo por Ignacio López Rayón, sería liberado poco después al negarse a afiliarse a la insurgencia. Así, Atondo continuó con su engaño por San Felipe del Obraje y Chapa de Mota hasta llegar a Aculco en septiembre de 1823, como se dijo antes.

Tras su detención en la hacienda de San Antonio, Atondo fue entregado a la Inquisición por la suplantación de las órdenes sacerdotales. En octubre se llamó a declarar a Don Pablo García en la causa que se le levantó, y contó así cómo fue que había descubierto el engaño:

El cura le había dado la bienvenida a la parroquia y le ofreció alojamiento. A la mañana siguiente, un domingo, cuando el cura fue a la iglesia a celebrar misa, encontró a Atondo confesando al subdiácono en la sacristía. Todavía estaban allí cuando terminó la misa. El cura se fue a casa y descubrió un poco más tarde que Atondo se había quedado a decir misa y confesar a unas veintitrés personas. Aquella noche reprendió a Atondo por hacer esto sin su permiso y le pidió sus licencias. Atondo respondió que sus licencias para celebrar la misa y confesar habían sido destruidas por insurgentes mientras estaba detenido en El Cóporo, que sólo tenía la licencia de su de su prelado en Querétaro para recoger limosnas y su salvoconducto para viajar. Al inspeccionar la licencia para recolectar limosnas, el sacerdote notó que en el lugar donde el estado religioso del recolector, se leía "de oficio laico" y que alguien había intentado tachar la palabra "laico". La explicación de Atondo volvió a ser que "laico" se había escrito por error y que su prelado lo había tachado.

El sacerdote reconoció que Atondo había recibido un encargo de responsabilidad por parte de su superior en el convento, pero supo entonces que Atondo era un laico, no un sacerdote. No creyó la historia de Atondo de que en realidad era un sacerdote misionero de del Colegio de Orizaba y se cuestionaba sobre sus historias de que dos de sus compañeros franciscanos habían sido asesinados por los insurgentes mientras cumplían su misión, y que él mismo era un ardiente enemigo de la insurgencia. El sacerdote, que ya sospechaba, le dijo que detuviera las misas y las confesiones hasta que pudiera demostrar que tenía licencia y escribió a un colega sacerdote, con el que Atondo afirmaba estar emparentado, para determinar si era sincero. Este sacerdote respondió al día siguiente, 25 de septiembre, que no conocía a Atondo y no podía decir si era sacerdote. El cura de Aculco escribió inmediatamente a un conocido franciscano de Querétaro, que el 28 de septiembre le contestó que Atondo se había presentado allí como fraile del Colegio Apostólico de Orizaba y que había sido encarcelado por los insurgentes en El Cóporo. Los frailes de Orizaba no habían aceptado entonces su pretensión de ser ordenado, pero sí que habían empleado a Atondo en varias tareas y se había comportado como un "hombre de bien", últimamente en la misión de recogida de limosnas. El franciscano de Querétaro añadió que la actuación de Atondo en Aculco era sin duda delictiva y contraria a su cargo y era falso que el prelado hubiera tachado la palabra "laico".

Atondo todavía celebró misa y confesó más gente en la hacienda de San Antonio antes de ser detenido. En el proceso que le sigió la Inquisición testificaron, además del cura de Aculco y otro sacerdote del pueblo, diez aculquenses entre los que estaban ocho españoles y un indígena noble. En marzo de 1816, Atondo confesó sus delitos oralmente y por escrito, mientras ermanecía en las cárceles de la Inquisición. Siguió preso hasta 1818, pero no es claro si fue condenado, si terminó de cumplir alguna condena o si murió en prisión, según afirma Taylor:

En octubre de 1817, los cargos formales contra Atondo fueron finalmente redactados por el inquisidor. Las respuestas de Atondo a estos cargos no tienen fecha, pero debieron ser hechas antes del 10 de marzo de 1818, ya que la audiencia de los inquisidores sobre su caso ocurrió ese día. Las respuestas de Atondo a los informes y testimonios de los testigos tampoco tienen fecha, pero se habrían hecho después del 10 de julio 1818, ya que la última acta fechada en el expediente se refiere a la audiencia de ese día en en la que Atondo respondió a las declaraciones de los testigos. El último documento del expediente, las instrucciones de Atondo a su abogado defensor, tampoco está fechado, pero menciona que había pasado tres años en los calabozos de la Inquisición, por lo que sería posterior al 10 de julio de 1818. No hay constancia de la finalización del juicio, ni de la sentencia, ni de ninguna otra anotación. Quizás Atondo murió mientras estaba detenido. En cualquier caso, el rastro de papel termina ahí.

FUENTE:

William B. Taylor. Fugitive Freedom: The Improbable Lives of Two Impostors in Late Colonial Mexico, Oakland, University of California Press, 2021.

sábado, 12 de marzo de 2022

¿La última capilla-oratorio otomí de Aculco?

Apartada del centro de Aculco, sobre la avenida de los Insurgentes y justo donde desemboca la calle de Santos Degollado, se levanta una de las construcciones más valiosas y desconocidas del pueblo. Siempre la he conocido como "la bóveda", aunque al preguntar aquí y allá me he percatado de que no es un nombre que sea reconocido por la población en general. De hecho, cosa muy extraña, casi nadie la toma en cuenta al hablar de las casas viejas de Aculco, a pesar de su evidente antigüedad y de su singularidad arquitectónica.

El nombre de "la bóveda" describe perfectamente a esta construcción, pues se trata de un espacio rectangular de unos siete metros de largo orientado de norte a sur y cubierto por una bóveda de cañón. Uno de sus lados largos forma la fachada hacia la calle, ligeramente remetida de la alineación de las casas vecinas y reforzada por un par de contrafuertes a cada extremo. Libre de vanos, lo más interesante de esta fachada es una antigua y hermosa cruz de cantera empotrada a la mitad del muro, colocada sobre un breve pedestal de piedra blanca.

El interior, que no conozco pero me ha sido descrito, evoca la nave de una capilla. Incluso posee una especie de tapanco en uno de sus extremos que recuerda el coro de un templo. El único vano es la puerta por la que se accede al interior, ubicada en el otro lado largo y en un extremo popuesto al del "coro". Debido a la poca iluminación del sitio, en algún momento le fueron abiertas varias lucernas circulares en la bóveda. Cubierta de petatillo, desaguan esta bóveda un par de típicas canales de cantera en su extremo sur.

El que esta construcción esté cubierta por una bóveda de medianas dimensiones nos habla de su importancia, pues las bóvedas resultaban costosas y fueron muy escasas en Aculco: la parroquia sólo fue abovedada hasta 1843 y antes tuvo un gran techo de vigas de madera; las capillas posas del atrio sí fueron abovedadas desde 1708, pero la superficie que cubrían es muy pequeña; la antigua capilla de Nenthé tuvo también techo de vigas y el actual santuario abovedado se levantó hata 1848; en las casas particulares, las únicas bóvedas solían ser las también muy pequeñas de los brocales de los pozos. En todo el pueblo, pues, no existe una construcción semejante a la bóveda de la avenida de los Insurgentes.

Sin embargo, en las comunidades del municipio y aún en otros puntos de municipios vecinos que comparten la raíz otomí, encontramos edificaciones muy parecidas que nos revelan cuál pudo ser el origen y uso de esta notable construccion: se trata de las capillas-oratorio familiares que en su agrupación del semidesierto queretano han sido reconocidas como Patrimonio de la Humanidad. Ya he hablado antes en mi blog de este tipo de capillas-oratorio. Como puedes ver en el texto que les dediqué (pincha aquí para leerlo), sus características generales son variadas, pero es evidente que las mejor construidas en territorio de nuestro municipio son muy semejantes a la bóveda de la que hemos venido hablando. Más allá de las dimensiones y cubierta, hasta la alineación paralela a la calle coincide con ellas.

Las capillas-oratorio se construían en las comunidades indígenas otomíes y mazahuas para realizar en ellas el culto familiar a los ancestros. Cada capilla estaba ligada así con una familia y su terreno, en el que también solía estar edificada la propia vivienda, pero independiente del oratorio y separada por el patio. Las capillas más elaboradas estaban adornadas en su interior con pintura mural y en sus altares se colocaban cruces que representaban a los miembros fallecidos de cada linaje.

En Aculco, como pueblo de origen otomí, debieron existir también en tiempos del virreinato varias capillas-oratorio de diversa categoría, desde las muy humildes y cubiertas con techos de hojas de maguey o teja hasta las abovedadas. Sin embargo, la transición étnica que ocurrió hacia la segunda mitad del siglo XVIII, cuando los indígenas vendieron en gran número sus propiedades del centro del pueblo a criollos y mestizos, seguramente propició que estos oratorios perdieran su uso y con el tiempo se adaptaran a otras funciones, perdiendo así su carácter, quedaran ocultas entre otras construcciones domésticas, o simplemente desaparecieran sin dejar rastro. La única excepción entre las capillas-oratorio abovedadas habría sido ésta de la avenida de los Insurgentes.

Aunque otras casas de su calle se han modificado lastimosamente, por fortuna "la bóveda" permanece en excelente estado de conservación. Sin duda es uno de los edificios de Aculco que merece más cuidadosa conservación pues incluso puede contener vestigios valiosos y desconocidos, como pinturas murales en su interior. Quizá es mucho desear, pero tal vez algún día pueda recuperar su antigua vocación, si no ya como espacio de culto familiar, sí como un sitio de visita para el turismo cultural, recreado el aspecto interior que debió tener bajo el cuidado de sus antiguos propietarios otomíes. Añadir un atractivo así a Aculco sin duda sería un acierto.

lunes, 24 de enero de 2022

Una casa construida en 1721

La casa donde se encuentra la Tortillería Aculco, primera y durante muchos años única tortilladora mecánica del pueblo, se levanta en el centro de Aculco en la esquina que forman las calles de Manuel del Mazo y Allende. En el siglo XIX se encontraba ahí mismo la tienda Las Tres Naciones, que perteneció a don Ignacio Zaballa. La construcción original sufrió de mutilaciones en su sección sur y algunos agregados lamentables. Pero la parte principal de la casa, que es justamente la que forma la esquina, se ha mantenido con suficiente dignidad a lo largo de los años, con sus tres portadas de cantera hacia Manuel del Mazo y su gran acceso principal con portón de madera sobre Allende.

El pasado fin de semana pude constatar la reparación que el dueño de esta propiedad hizo recientemente a las fachadas del inmueble. Por el oriente la intervención es muy sencilla, pues simplemente se limpiaron las portadas de cantera que enmarcan la entrada a las accesorias. El agregado mayor es un tejadillo sobre ménsulas de hierro que alivia un poco la austeridad de esta fachada. Hay que señalar que un tejado parecido existió ahí hace muchos años, aunque era bastante más amplio, por lo que no puede calificarse como un invento, sino la atinada recuperación de un elemento original desaparecido.

Por el lado de la calle Allende, que era la más deteriorada, los cambios son más importantes: la cantera de la ventana rectangular baja y de la gran portada en arco de su acceso principal fueron limpiadas y hoy lucen en excelente estado. La ventanita cuadrangular en alto, que fue mutilada hace varias décadas por la colocación de un castillo de concreto en una intervención de emergencia, fue reparada cosméticamente en su dintel y convenientemente tapiada. En lo alto, en un agregado que lamentablemente sobresale del paramento y todavía conserva su fealdad de obra negra, se colocaron algunos bonitos canales de cantera. Pero lo más interesante de todo es la aparición y puesta en valor de un par de entradas tapiadas de gran antigüedad.

Las portadas que enmarcan estos accesos tapiados están sencillamente labradas en piedra blanca, al modo aculquense más elemental y tradicional. De distintas dimensiones y sin intenciones ornamentales, sino puramente utilitarias, formaban parte muy posiblemente de la primera etapa constructiva de esa casa, que por la información que enseguida les presentaré corresponde a principios del siglo XVIII. Posiblemente se les tapió a fines del siglo XIX y principios del XX, cuando ocurrió la remodelación que hoy vemos reflejada en los marcos de cantera rosa de otros de los vanos.

Y aquí es donde viene la mayor sorpresa. La portada situada más al oriente resulta un verdadero documento de la historia arquitectónica de Aculco pues, a pesar de que no se trataba de un acceso lujoso ni significativo, su constructor decidió tallar en su dintel una inscripción que ahora podemos volver a leer, aunque sea fragmentariamente: "... esta casa el 26 de ... del año de 1721".

Es necesario por supuesto tomar mejores fotografías para comprender mejor esta inscripción (que quizá incluso se prolongaba más allá de los límites del dintel), pero ya espero tener la oportunidad de hacerlo más adelante. Por ahora, lo importante es darles a conocer este feliz hallazgo que es sin duda una aportación al patrimonio histórico y arquitectónico de nuestro pueblo. Quiero felicitar desde aquí al dueño de la casa, que inteligentemente decidió que ese par de portadas se conservaran a la vista contándonos algo más de la historia del inmueble.

miércoles, 19 de enero de 2022

José María Cristalinas: el insurgente de Aculco indultado y fusilado

No se sabe nada de la infancia del insurgente José María Cristalinas. Un documento de noviembre de 1810 lo ubica entre los 24 aculquenses que acompañaban al caudillo rebelde Julián Villagrán, quien a finales de octubre se había levantado en armas en Huichapan.(1) Los libros de bautismos de la parroquia de la Santa Veracruz de la Ciudad de México, sin embargo, incluyen el registro de un tal Juan José María Cristalinas -hijo del cabo del primer batallón del Regimiento de milicias Dionisio Cristalinas y de María Gertrudis Castro, nacido en junio de 1795- que bien podría ser el mismo personaje.(2) Eso supondría que contaba apenas 15 años al unirse a la insurgencia.

Aculquense o no, pero bien arraigado en la zona, hacia 1812 Cristalinas era ya uno de los capitanes que bajo el mando del coronel José Rafael Polo tenían como centro de operaciones el Fuerte de Ñadó, construido en las alturas del cerro del mismo nombre en la jurisdicción de Aculco. Después de la destrucción del fuerte por el realista Vicente Filisola el 18 de mayo de 1813 se pierde por un tiempo su rastro, aunque es seguro que persistiera en la insurgencia.(3) Nuestro personaje vuelve a aparecer en la historia hasta 1816, cuando en la situación de decadencia que vivía el movimiento independentista se acercó con otros ocho hombres al destacamento de soldados del rey instalado en la hacienda de Arroyozarco para acogerse al indulto, es decir, al perdón sujeto al compromiso de dejar las armas. El comandante del lugar, capitán José de Bulnes y Mier, informó así aquel hecho a su superior el coronel Cristóbal Ordóñez:

Participo a Vuestra Señoría que el 5 del presente [mes de marzo de 1816] se me presentaron a indulto los individuos siguientes: D. José María Cristalinas que se decía capitán, teniente Ignacio Perez, alférez Francisco Montalvo, soldados Francisco Gómez, Cayetano Cisneros, José Luna, José Torales, José Lugo y José Sánchez. Me han entregado armas de fuego y 5 blancas que pongo á la disposición de V. S. Ellos mismos han elegido el lugar que apetecen para residencia y se repartirán a establecerse en ellos.(4)

Sin embargo, Cristalinas se mantuvo apenas un mes en paz y tornó nuevamente a unirse a los rebeldes que operaban en esta región, según refiere el historiador Lucas Alamán:

Algunos de los indultados no eran fieles al partido que de nuevo habian abrazado, no obstante el juramento de fidelidad que se les hacia prestar, y fuese por inconstancia, o porque acostumbrados al desorden y al pillaje, estaban fuera de sn elemento entrando en sujeción, y consumido en sus vicios, de que no se separaban por el indulto, el fruto de las anteriores rapiñas, tenían necesidad de cometer otras nuevas, volvían a poco tiempo a tomar las armas [...]. De estos fué el capitán José María Cristalinas.(5)

Las acciones de estas guerrillas insurgentes motivaron al nuevo comandante de Arroyozarco, don Manuel Lavanes y Linares, a emprender una expedición para capturarlo en diciembre de 1816:

Los repetidos asesinatos que infería diariamente a los indefensos el malvado cabecilla de rebeldes José Maria Cristalinas, me hacia desear con vehemencia su ejemplar castigo; y con este objeto me trasladé el 20 del corriente al pueblo de Acambay, donde puse en movimiento a aquellos realistas y los de S. Andres Timilpa en combinacion con la tropa de este punto; y en la noche del mismo dia emprendí una marcha retrógrada de veinte horas, y logré aprehenderlo el 21 con otros 2 de sus secuaces; y previas las disposiciones cristianas pagarán con él sus horribles maldades, habiéndole tomado 2 carabinas , 3 espadas cortas, 2 caballos malos y 2 yeguas, 5 mulas y 7 burros, que habia robado el día antes, los que se entregarán a sus dueños luego que ocurran por ellos, y 1 barril de aguardiente, cuyo valor he dispuesto prorratear entre los realistas.(6)

El teniente coronel Rafael Ramiro, comandante de Tula, celebró aquella captura, más cuando se trataba de un hobre al que ya se le había perdonado su participación inicial en la insurgencia:

Este cabecilla, acostumbrado al robo, al asesinato y a los abominables delitos que son consiguientes al infame partido revolucionario, volvió a abrazarlo con el interés que tiene acreditado en la continuación de sus crímenes, que cada día fue eslabonando después de haber obtenido por el paternal amor de esa superioridad la real gracia del indulto a que antes se acogió, y que directamente ha despreciado; más la Divina Providencia que siempre vela por la felicidad de los fieles habitantes de este reyno, ha protegido con evidencia las disposiciones de Linares, para que como instrumento de la justicia castigue ejemplarmente los atroces crímenes de tres enemigos de Dios, del Rey y de la patria, libertando a los infelices viandantes y rancherias que transitan y existen en parajes solos, de los continuos perjuicios que sufrian de estos hombres sin religión.(7)

El castigo impuesto al capitán José María Cristalinas fue ciertamente terrible. Relata Alamán que fue fusilado el 24 de diciembre en Arroyozarco y más tarde desmembrado, "poniendo su cabeza y cuartos en los caminos que conducen a aquel punto, que habian sido el teatro de sus atrocidades". (8)

Apenas diez días antes de la destrucción del fuerte de Ñadó, el 8 de mayo de 1813, nació en Aculco una hija de José María Cristalinas y de María Antonia Sánchez, que fue bautizada el día 12 con los nombres de María Antonia Dominga de Jesús. Apenas cumplidos los 15 años (aunque ella decía tener 16) se casó con José Paulino Molina, vecino de Ruano (9).

 

NOTAS:

1. Archivo General de la Nación (AGN), Operaciones de guerra, vol. 141, exp. 1.

2. Parroquia de la Santa Veracruz, Bautismos de Castas, vol. 34 (1795-1804), registro del 26 de junio de 1795.

3. Prontuario de los insurgentes. Introd. y notas de Virginia Guedea. México: Centro de Estudios sobre la Universidad/Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, 1995, p. 287-289.

4. Gazeta del Gobierno de México del martes 2 de abril de 1816, tomo VII, no. 883, pp. 330-331.

5. Lucas Alamán. Historia de México, tomo IV, Imprenta de Victoriano Agüeros, 1884, p. 328.

6. Gaceta del Gobierno de México del martes 7 de enero de 1817, tomo VIII, no. 1007, p. 21.

7. Ibíd., pp. 20-21.

8. Lucas Alamán, op. cit., p. 328.

9. "México, México, registros parroquiales, 1567-1970," database with images, FamilySearch (https://familysearch.org/ark:/61903/3:1:939X-DBC4-B?cc=1837908&wc=MGVW-N38%3A164300601%2C164305102%2C164669202 : 23 September 2022), Aculco de Espinosa > San Jerónimo > Bautismos de hijos legítimos 1806-1820 > image 327 of 475; parroquias Católicas, Estado de Mexico (Catholic Church parishes, Estado de Mexico). y "México, México, registros parroquiales, 1567-1970", database with images, FamilySearch (https://www.familysearch.org/ark:/61903/1:1:6J3B-21DN : Thu Oct 05 09:51:00 UTC 2023), Entry for Jose Paulino Molina and Franco Molina, 12 Nov 1828.

jueves, 2 de diciembre de 2021

Algo sobre la arquitectura de la Unidad Jorge Jiménez Cantú

Al viajar por los municipios del Estado de México nos topamos en casi cada cabecera municipal con un conjunto de edificios construidos en lo que hacia finales de la década de 1970 eran sus orillas, bautizados unánimemente como "Unidad Jorge Jiménez Cantú". Se trata de obras levantadas por el gobierno mexiquense durante la administración de este gobernador, las cuales aportaron equipamiento de tipo muy diverso a esas poblaciones: auditorios, teatros, edificios escolares, espacios culturales, mercados...

Muchas de estas unidades siguieron un plan arquitectónico muy parecido: edificios con cubierta de teja a dos aguas, con una sola planta, comunicados por un patio al que rodean arquerías abiertas, y con fachadas que evocan las construcciones tradicionales de la provincia mexicana. La diferencia de un lugar a otro radicaba principalmente en dos cosas: el destino al que se orientaban de los edificios y el uso de ciertos materiales locales (como la piedra, la cantera y el ladrillo) para ajustar su apariencia a la de las poblaciones donde se edificaron. Así son, por ejemplo, la Unidades Jorge Jiménez Cantú, de Polotitlán, Jilotepec, Villa del Carbón, Soyaniquilpan, por mencionar algunas de las más cercanas a nuestro municipio.

Curiosamente, en Aculco los arquitectos del gobierno decidieron apartarse bastante de ese modelo cuando construyeron nuestra Unidad Pública Jorge Jiménez Cantú en 1977-1978 y le dieron un estilo propio que podemos identificar como auténticamente aculquense, pues no se repitió en ningún otro sitio del estado.

Esta arquitectura, de intención neocolonial, se caracteriza por ser casi invariablemente de una sola altura y marcado aspecto horizontal, por el uso de la piedra blanca local en los muros y marcos moldurados de puertas y ventanas, por las almenas que coronan los pretiles, por los rítmicos contrafuertes que se convierten a veces en pilares de sus portales, por las cubiertas de bóveda de ladrillo desaguadas con canales de cantera rosa, por los vanos de dintel ligeramente curvo, por las puertas de madera claveteada, por las guarniciones de piedra de recinto y por los pavimentos de adoquín, algunos de cantera rosa y otros de adocreto.

En cuanto a su urbanismo, el centro del conjunto no es como en otros lugares un simple patio, sino una verdadera plaza totalmente peatonal: la Plaza del Oso Bueno. Plaza que además de haberse adornado con la escultura de un oso, obra del reconocido artista Íker Larrauri que forma parte de una fuente, remata visualmente la calle de Abasolo. Más aún, entre la plaza y la avenida de los Insurgentes se construyó una larga explanada -útil para eventos culturales, cívicos o políticos- que aleja aquel espacio del tránsito y le añade tranquilidad. Los otros tres costados de esta plaza son cerrados y se levantan ahí el viejo mercado (hoy Mercado del Queso), el Auditorio Municipal y el Jardín de Niños Guillermo Servín Menes. Estos fueron sus primeros tres edificios, a los que se sumaban los espacios abiertos ocupados por un gran estacionamiento empedrado y el área del tianguis, dispuesta entonces en desniveles.

Pero las autoridades tuvieron suficiente visión como para darse cuenta de que esta sería un área de desarrollo de más equipamiento que el inicial, los que además permitiría en el futuro evitar congestiones en el centro de Aculco. De tal manera, en los años y décadas siguientes la mayor parte de la gran manzana entre las calles de Insurgentes, Prolongación Hidalgo, Ignacio Espinoza y José Sánchez Lara se fue llenando de nuevos inmuebles de uso público: la Escuela Secundaria Alfredo del Mazo (de 1983), la ampliación del Auditorio Municipal, los locales de las taquerías, la terminal de autobuses y el nuevo mercado (que ocupó en 2009 la superficie anteriormente destinada al tianguis). La secundaria y la ampliación del auditorio se edificaron en el mismo estilo arquitectónico del conjunto inicial. Todavía en 2019 se inauguró un nuevo auditorio para la secundaria en igual estilo. El resto de las construcciones, por lo menos en la mayor parte de los casos, consigue al menos evocar la arquitectura histórica de Aculco.

En años todavía no muy lejanos se remodeló ligeramente la Plaza del Oso Bueno, dotándola de bancas, más jardineras, farolas de fierro colado de diseño muy agradable y bolardos del mismo material en la explanada junto a la avenida de los Insurgentes, que reemplazaron a los anteriores de piedra de recinto en forma de bala, unidos por gruesas cadenas.

Lo que no se pudo evitar fue que las calles aledañas al sitio se desarrollaran con mucha anarquía arquitectónica debido a la presión comercial. Esto sucedió especialmente en la calle de Abasolo, que une al centro de Aculco directamente con la explanada: de ser un sitio solitario, con largos muros de piedra blanca, se ha transformado en la principal avenida comercial del pueblo.

Por cierto, ese estilo de la Unidad Jorge Jiménez Cantú de Aculco tuvo algún éxito usada también por particulares e incluso en contextos religiosos, aunque siempre con ciertos cambios al original. Por ejemplo, en la fachada que se levantó en la esquina de Hidalgo y Nicolás Bravo, donde se encontraba anteriormente el antiguo Portal de la Pechera, y en la capilla del Panteón (levantada también en tiempos de Jiménez Cantú). De hecho, fue gracias a la Unidad Jorge Jiménez Cantú que que se popularizaron en este lugar las bóvedas de ladrillo, que antes no formaban parte de la arquitectura tradicional aculquense. Fuera de Aculco, en el vecino Acambay, el arquitecto Sergio Molina construyó asímismo en 1977 un mercado (convertido en 1999 en Museo Regional) que evoca estas construcciones aculquenes por su estilo y materiales, si bien utilizados de manera menos ornamentada.

jueves, 25 de noviembre de 2021

Cuando algo destaca por lo malo

La verdad nunca pensé que esta casita llegara a aparecer en mi blog por otra razón que no fuera su evidente fealdad y la manera tan desafortunada en que interrumpe la agradable uniformidad de muros de piedra blanca de la calle Corregidora. Pero en días pasados fue allanada por agentes federales para detener a una persona presuntamente dedicada a la venta de droga y para decomisar mariguana y cristal.

Si ya antes el inmueble destacaba por su pésima integración al paisaje urbano aculquense, ahora sobresale también por su vínculo con la delincuencia. Y ya que se presenta la oportunidad de referirnos a ella, digamos unas cuantas palabras sobre su historia.

Como muchos de ustedes saben, a lo largo del lienzo norte de la calle Corregidora, en el espacio que va desde la alberca municipal hasta la troje de la huerta, existe una serie de pequeños predios que se reconocen individualmente por los portillos (algunos tapiados) que se abrían en un muro continuo de piedra blanca. Se trata de los antiguos baños, en los que algunas de las familias más prósperas de Aculco disfrutaban de agua que corría continuamente desde los manantiales de la alberca por un canalillo que atravesaba estos terrenos, permitiendo así lavar ropa, bañarse, reposar y usar el líquido sin necesidad de sacarlo de un pozo. Todos estos baños están tristemente en el abandono, cuando forman parte de un sistema hidráulico que debería considerarse en su conjunto como patrimonio.

Los baños de algunas casas del pueblo son muy originales, son unos cuartos provistos de un tanquecito por el que pasa agua corrediza de un canal" (Dr. Enrique Rojas López, "Informe general sobre la exploración sanitaria del municipio de Aculco, Méx.", 1943)

Donde hoy se levanta la casa en cuestión -Corregidora número 12- se encontraba antes el baño de don Hesiquio Morales. Aunque mutilado, todavía es posible reconocer su antiguo acceso a la derecha de la nueva entrada para automóviles. Todo lo demás que existió en su interior desapareció en la década del 2000, cuando pasó a otras manos y el nuevo poseedor decidió fincarlo como casa. Entonces la vieja entrada fue tapiada, se derribó casi toda su barda exterior para abrir un portón, con tabicón se levantó una segunda planta en la que sólo se aplanó la fachada y se coronó con una marquesina que prolonga la losa de concreto. Una ventana descentrada y alargada horizontalmente deja ver con claridad que no se tuvo ninguna intención de integrar la construcción con su entorno. Y vamos, ¡habría sido tan sencillo realizar la fachada de esa segunda planta en piedra, para que no desentonara así! Pero en fin, pudo ser también mucho peor, como ocurre con las casas que se levantan metros más adelante en el lienzo sur de la calle, cerca de la esquina con la de Matamoros.

Desconozco quién es el actual propietario de la casa. Tampoco si la propiedad caerá en los supuestos de la ley de extinción de dominio al haber sido utilizada para la comisión de delitos y pasará al control del Gobierno Federal, o si sus dueños podrán demostrar que nada tienen que ver con ello y lograrán conservarla. Pero ojalá en algún futuro no muy lejano alguien decida integrarla mejor a su entorno para que deje de ser una especie de "negrito en el arroz" en el aspecto tradicional de la vieja calle de la Corregidora.