lunes, 13 de junio de 2016

La Presa del Túnel (o "se recibe cascajo")

Cuando el viajero se acerca a Aculco procedente de Santa María Nativitas, antes de llegar a la desviación del libramiento norte, lo recibe un gran arco de construcción moderna pero con formas pretendidamente "coloniales", chapado en cantera rosa y que apenas seis o siete años después de construido ya muestra los primeros signos de deterioro, tanto a causa de los vándalos como por su propia deficiente calidad constructiva. Justo ahí, al lado de este "monumento" falso y prematuramente envejecido, se encuentra uno de los auténticos monumentos históricos de aculco (catalogado como tal por el INAH con número de clave 1500300470007): la cortina de la llamada Presa del Túnel, que todavía la gente mayor suele llamar la Presa de don José Díaz, que fue quien la poseyó en la primera mitad del siglo XX. En realidad, parece ser que en la época de don José la llamaban la Presa de la Soledad, por encontrarse en este barrio de la cabecera municipal.

No creo que don José haya construido esta cortina, pues por sus características parece tratarse más bien de una obra del siglo XIX. Se levanta sobre el cauce del río de Santa María, justo antes de que éste se una con un arroyo que baja de las lomas nombradas Las Peñitas para formar el río Aculco. Está fabricada con mampostería de la típica piedra blanca de Aculco que se extiende cerca de 60 metros, tiene dos compuertas y la refuerzan diez contrafuertes de seis metros de altura. Lo que sí construyó don José Díaz Herrera es el túnel que le da nombre, y que permitía conducir sus aguas por debajo de la carretera para irrigar las tierras que le pertenecían en los llamados "Planes" (la pequeña planicie agrícola que forma el valle entre el pueblo de Aculco, Santa María Nativitas y Gunyó).

El río sobre el que se levanta la presa fue declarado de propiedad nacional en 1929 y derivado de ello las presas construidas para retener sus aguas también fueron nacionalizadas en los años siguientes. En los hechos, esta situación tardó en regularizarse y los anteriores dueños siguieron haciendo uso de ellas durante algún tiempo más. Algunos incluso tuvieron tiempo de destruir sus embalses para evitar que las zonas inundadas de sus tierras pasaran también pertenecer a la nación y con ello se perdió una indudable riqueza hídrica y ambiental. La Presa del Túnel si continuó en uso antes y después de quedar bajo el control de la Secretaría de Agricultura y Recursos Hidráulicos (que, entiendo, actualmente la renta a particulares).

No sé en qué momento la Presa del Túnel dejó de almacenar agua. Todavía recuerdo que hacia 1975 se utilizaba y lo más probable es que lo haya sido muchos años más, quizá hasta la década de 1990. En 1988 el libro Los municipios del Estado de México, publicado por la Secretaría de Gobernación, todavía la incluye entre los "sitios de recreo" con que contaba el municipio de Aculco. Cuando la presa abría sus compuertas se formaba una cascada y aquel lugar rodeado de árboles cobraba especial encanto. Pero el caso es que ahora ya se encuentra permanentemente vacía y no sólo eso: el bordo que la limitaba hacia la carretera ha comenzado a ser deshecho intencionalmente y su vaso se ha comenzado a llenar con decenas de cargas de escombros y cascajo. Se encuentra, pues, en vías de desaparecer como embalse.

Aunque no me gusta esta situación, no tengo elementos para juzgar si se trata de una buena o mala decisión. Tal vez sus bordos y cortina no son ya lo suficientemente fuertes para continuar en uso, o no se adaptan a los planes hidrológicos nacionales. El caso es que se perdió un lugar hermoso y que la antigua e imponente cortina es hoy una construcción en desuso, prácticamente en el abandono. Si hoy nos entristece su olvido, ojalá no tengamos algún día que lamentarnos de su destrucción.

miércoles, 11 de mayo de 2016

La señalización de la nomenclatura de las calles... y algunos consejos

A mediados del año pasado, el Ayuntamiento de Aculco colocó nuevas placas de cantera rosa para la señalización de las principales calles de la cabecera municipal. Debo confesar que este hecho me preocupó, principalmente porque las antiguas placas que existen en el pueblo tienen valor histórico, artístico y algunas de ellas contienen incluso fechas que remontan su origen al siglo XIX. En un conjunto urbano incorporado a la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO, como es Aculco, ese tipo de detalles son justamente parte muy importante de su patrimonio y su pérdida -además de ireemplazable- significa el empobrecimiento de los valores por los que obtuvo dicho reconocimiento.

Aunque al principio algunas de las placas antiguas con los nombres de las calles se retiraron, prevaleció después el buen sentido y fueron conservadas en todos los casos. Sin embargo, el resultado de esta incorporación de nuevas señales, debo decirlo, fue muy poco feliz por varias razones.

El primer problema de las placas tiene que ver con su propio diseño: contienen tanta información en tan corto espacio (la denominación completa de la calle, a veces demasiado largo, el escudo del pueblo ocupando mucho espacio, el nombre de Aculco y la entidad federativa, el código postal) que resultan confusas y contradicen el punto esencial de cualquier señalización: la claridad. Además, salvo el nombre de la calle, todos los demás datos no varían en todo el pueblo, por lo que su inclusión resulta más bien inútil. El labrado y dimensiones, por alguna extraña razón, no fue uniforme. La tipografía elegida no parece la más conveniente para efectos de señalización, pero además su ejecución es muy pobre pues parece desalineada y mal pintada. Todas contienen errores ortográficos pues escriben "Aculco Mex" y no lo correcto, que sería "Aculco, Méx." Otras contienen sus particulares errores del mismo tipo, como la que señala la calle de "Ermenejildo Galeana" en lugar de "Hermenegildo". O, de plano, aquella que nombra a una calle "José Riva Palacio", cuando en realidad debió referirse a Vicente Riva Palacio.

A estas deficiencias de diseño y ejecución debe sumarse, cosa sumamente importante, el que la mayoría de ellas fueron colocadas al lado de las viejas placas, compitiendo inútilmente (algunas de manera bastante desfavorable). El resultado, estéticamente hablando, es de lo más desagradable y ahora nuestras esquinas lucen desordenadas e inarmónicas. Inefectivas. La cereza en el pastel: casi puedo apostar que el INAH, instituto que debe normar todo este tipo de intervenciones en un conjunto urbano protegido por ley, no fue consultado al respecto. Y si el propio Ayuntamiento no cumple con las reglas, ¿qué se puede esperar del resto de la gente?

Esto es lo que resulta cuando las cosas se ejecutan por capricho, por ocurrencia, al chilazo, como se dice.

Sinceramente, si estuviera en mis manos tomar una decisión, retiraría todas las placas nuevas, pues antes que aportar algo al conjunto urbano, se lo restan. Sé muy bien que resulta sumamente difícil para nuestras autoridades de cualquier nivel aceptar cuando se comete un error y veo difícil que se corrija esto, por lo menos en el corto plazo. A pesar de ello, quisiera darles algunos consejos para que por lo menos en el corto plazo se subsane algo de este despropósito:

1. Lo primero que se debe evitar es ese contraste tan incómodo a la vista entre las placas antiguas y las nuevas. Sugiero que en los casos en los que sucede esto, las placas nuevas sean retiradas y colocadas a la mitad de la cuadra, donde su presencia puede también tener sentido. En ningún caso, ninguno, se debe retirar la placa antigua.

2. Quitar todas las placas nuevas con errores ortográficos o de otro tipo en el nombre de la calle.

3. En adelante, cuando se requiera colocar el nombre de la calle en una placa, debe procurarse que tengan un diseño mucho más limpio y cuidado en su tipografía. ¿Por qué no tomar como modelo alguna de las propias placas históricas y reproducirlo? Tómese en cuenta que incorporarle información adicional al nombre de la calle no es ni verdaderamente útil, ni práctico. Las placas nuevas deben verse como un complemento de la señalización histórica, no una competencia con ella.

4. En todo caso, solicítese siempre la autorización al Instituto Nacional de Antropología e Historia, aunque sean autoridad municipal. Así se corre menos riesgo de tomar decisiones desacertadas en materia de imagen urbana pues ellos se dedican cotidianamente a asesorar en estos temas.

martes, 3 de mayo de 2016

La veneración de la Santa Cruz en San Lucas Totolmaloya

Hace justamente un año, los primeros días de mayo de 2015, me tomé algunos días de descanso que pasé apaciblemente en Aculco. Entre las pocas salidas que hice estuvieron unas breves visitas a los pueblos de La Concepción, Santa Ana Matlavat y San Lucas Totolmaloya, dentro del propio municipio. Sinceramente, el día que conduje a este último pueblo no recordaba que estábamos justamente en vísperas de la fecha que el calendario litúrgico señala como la fiesta de la Santa Cruz, el 3 de mayo. Una fiesta que en México, desde tiempos del virreinato, ha estado ligada al gremio de los constructores (en particular a los albañiles), quienes en esa fecha suelen construir y adornar una cruz en la obra en la que se encuentran trabajando y festejar con cerveza, pulque, barbacoa o carnitas.

Y decía que no recordaba que se trataba de esa fiesta cuando me acerqué a la parroquia de San Lucas Totolmaloya pero, enseguida, los adornos en la cruz que corona la entrada al atrio me hicieron percatarme de ello. Qué mejor día -pensé entonces para mí- que el de la Cruz de Mayo para venir a este lugar, donde uno de sus mayores atractivos es la antiquísima y extraña cruz atrial del siglo XVI que se yergue sobre un sencillo pedestal almenado y a la que ya he dedicado un espacio en este blog. Pero apenas traspasé la puerta pensé que algo andaba mal. Para empezar, el sencillo pedestal ya no lo era tanto: ahora aparecía chapado en cantera de color gris, lo que le había quitado buena parte de su gracia, aunque conservaba su perfil. Por lo menos la antigua peana seguía ahí en lo alto... pero arriba de ella no había nada. ¡Por Dios, la cruz atrial, la joya de San Lucas Totolmaloya no estaba en su sitio!

Esperando lo peor, porque esperar lo peor es casi siempre lo más certero cuando se trata del patrimonio histórico de Aculco, me acerqué al pedestal. Los nuevos jarrones de cantera llenos de flores lo adornaban, pero ni rastro de la cruz. Di una vuelta por el atrio, bastante molesto. Pregunté a un vecino que no me supo dar razón. En la fachada del templo, los adornos de cucharilla sobre los contrafuertes, en los pináculos y la cruz del vértice indicaban que aquel era un día de fiesta, pero ya no me importaba nada de eso, lo que quería era saber qué habían hecho con la antigua cruz monolítica. Entré a la iglesia con el mismo disgusto. Ni los alegres adornos de la nave y del baldaquino neoclásico me llamaron la atención. Llegué muy cerca del altar y tampoco había señales de la cruz atrial por ahí. Entonces di la vuelta hacia la derecha, muy cerca del muro lateral... y ahí en el suelo, recargada contra la pared estaba lo que buscaba.

Creo que nada más encontrarla me arrepentí de mi furia. Me había acercado a buscar aquella pieza de cantera mirándola sólo con ojos de historiador, de amante del arte colonial, y había olvidado que antes que nada es un objeto de devoción. Colocada en ese sitio, sobre un paliacate verde, con unas flores amarillas y blancas en un vaso, cuatro veladoras, al lado de otra pequeña cruz de madera de aire inconfundiblemente otomí, se le estaba rindiendo culto en su fiesta como seguramente se ha hecho en San Lucas desde muchos años atrás, quizá siglos. Al ver aquella cruz tan precariamente recargada en la pared y pensar el riesgo para la obra que implica el retirarla de su peana y colocarla de nuevo días después cada año, se me podrían haber ocurrido mil razones para que se le tratara con más cuidado, con mayores precauciones, que se evitara de plano moverla, pero al presenciar la veneración de la gente que acudía al templo todas mis razones me parecieron vanas.

Hoy sigo pensando que el haber retocado el pedestal de la cruz atrial fue un error, pues antes que ganar algo con ello, perdió. Continúo pensando que debe haber formas de proteger mejor la propia cruz para evitar que se rompa en algún movimiento. Pero en este caso no me atrevería a proponer nada si eso afectara la veneración que le rinden los habitantes del pueblo. Ese culto es tan valioso como la propia cruz.

sábado, 30 de abril de 2016

La Casa del Volcán... y lo que le empieza a brotar

En una de las esquinas más significativas del centro de Aculco, en la que convergen la Plaza de la Constitución y la Plaza Juárez (antes Plaza Hidalgo), y en contraesquina del Portal de la Primavera, existe una antigua casa destinada al comercio desde hace más de un siglo. El nombre con el que se le conoce, la "Casa del Volcán", se lo dio justamente una de las tiendas que existieron ahí llamada El Volcán de Orizaba, propiedad hacia 1901 de don Loreto Alcántara, de conocida y respetada familia aculquense que poseyó varios comercios en Aculco entre fines del siglo XIX y principios del XX. Don Loreto, además, fue presidente municipal de Aculco en 1905, 1908, 1912 y 1916. Este inmueble se encuentra listado en el Catálogo de Monumento Históricos del INAH con el número de clave 1500300010006.

Gracias a su excelente ubicación, existen muchas imágenes de esta casa -que lleva el númnero 7 de la Plaza de la Constitución- por lo menos desde 1838. Al observar algunos de sus detalles del edificio, sin embargo, es posible apreciar que para aquel año debió ser ya una casa vieja, quizá con más de un siglo encima. Su gran portada principal, que mira hacia la Plaza de la Constitución y alberga hoy en día una papelería, parece datar de las primeras décadas del siglo XVIII, lo que se refleja en su clave adornada al gusto barroco, el curioso almohadillado del dintel y las jambas que se alargan hasta la cornisa, dándole esa forma de H tan peculiar de la arquitectura novohispana. En algunas otras de las accesorias que se abren hacia esta misma plaza, los capialzados de las puertas que dan hacia el interior tienen forma de concha, característica también de las construcciones de esa época.

La casa tiene tres frentes. Los que dan hacia las dos plazas tienen adosados sendos portales de teja apoyados en pilares de mampostería con basas y capiteles de piedra blanca (sólo los pilares que dan hacia la Plaza de la Constitución son originales, los otros fueron derribados por un camión hace pocos años). Los portales se alzan sobre un terraplén, casi un metro sobre la calle en el punto de mayor desnivel, y conservan uno de los enlosados de piedra más antiguos e interesantes de Aculco. El tercer frente de la casa da hacia la calle de Allende y es sumamente sencillo, con sólo algunas accesorias sin adorno alguno.

Toda la casa era originalmente de una sola planta, como lo muestra el dibujo de 1838. Fue en las primeras décadas del siglo XX que se construyó a lo largo sólo del costado oriente (el que da hacia la Plaza Juárez) una planta alta con techo de teja a dos aguas, en la que se abren dos balcones en los extremos y una serie de pequeñas ventanas en su lado mayor. El interior debió ser el habitual de las casas del pueblo (un patio ajardinado y dos crujías con corredores formando una escuadra), pero no contaba con corrales, lo que limitaba su uso pues éstos eran muy útiles no sólo para criar aves y algún ganado, sino también para disponer los excrementos humanos. De cualquier manera, el uso cada vez más intensivo como comercio determinó que el patio se fuera cubriendo desde tiempo atrás con tejados.

La Casa del Volcán permaneció largas décadas sin mayores cambios en su aspecto, salvo la ampliación (no muy bien realizada) de alguna de sus accesorias hacia la Plaza Juárez. Pero hace poco tiempo, como haciendo gala de su nombre, empezaron a "brotarle", a "hacerle erupción" construcciones sobre la azotea. El primer indicio fue un deleznable cuartucho con pilares y vigas de concreto visible desde la Plaza de la Constitución. Pero ahora ya es más notable, vista desde la calle de Allende, toda una nueva construcción que parece surgir desde el patio mismo de la casa y que aparentemente ocupa todo el espacio de éste. Es decir, una nueva casa de concreto y tabicón está siendo construida en medio de la antigua casa de piedra y madera. Estoy seguro de que obra tan lastimosa no debe contar con permisos de construcción del Ayuntamiento, ni tampoco con la autorización del INAH, necesaria para una construcción que es Monumento Histórico y más aún al estar situada en un Sitio del Patrimonio Mundial de la UNESCO. Pero más allá de esta parte administrativa, lo verdaderamente lamentable es que Aculco siga perdiéndose piedra a piedra, transformándose sin sentido, sin que a nadie le importe y sin que a las autoridades se les ocurra hacer uso de las herramientas legales que tienen para impedirlo. Se les llena la boca al decir "Aculco pueblo mágico", "Aculco Patrimonio de la Humanidad", y la magia y el patrimonio se les van, como arena entre las manos...

domingo, 24 de abril de 2016

La piedra que no fue

En octubre del año pasado, en el texto "La piedra de la misa de don Miguel Hidalgo", compartí en este espacio un par de viejas fotografías tomadas a principios del siglo XX por el fotógrafo Gustavo F. Solís, en las que se observan unas rocas con inscripciones ilegibles que existieron en las cercanías de Aculco, relacionadas con el paso del cura de Dolores por este lugar en 1810. Según la improbable leyenda, como relaté ahí mismo, habrían señalado el punto en que Hidalgo celebró una misa cerca del campo de batalla en que sufrió su primera derrota. Siguiendo también la tradición oral, a mediados del siglo XX la roca habría sido desprendida de su sitio y trasladada a la capilla de la hacienda de Cofradía, en cuya fachada se habría conservado. Esa misma tradición hablaba de que la lápida tenía talladas figuras, fechas e incluso la frase "aquí celebrando misa".

Desde que hallé esas antiguas fotografías me hice el propósito de visitar Cofradía, pues hacía quizá treinta años que no ponía el pie por allá y mis recuerdos concretos de la piedra de la misa de Hidalgo eran ya prácticamente inexistentes. Mi intención era examinar la lápida e intentar averiguar si correspondía a la totalidad de la retratada por Solís, si se trataba sólo de un fragmento, si se podía leer algo de lo inscrito en ella y, en definitiva, si de alguna manera se podía ligar efectivamente a don Miguel Hidalgo y Costilla. Finalmente, la pasada Semana Santa se me permitió entrar al lugar.

No sé qué fue mayor al revisar la piedra, si mi sorpresa, mi decepción o mi curiosidad renovada por un nuevo misterio. Porque resultó que la piedra que está empotrada en la fachada de la hacienda de Cofradía no tiene absolutamente nada que ver con la de las fotografías de 1907 que se conservan en la Fototeca Nacional. Esto me sorprendió bastante, ya que lo menos que esperaba era encontrar otra lápida, no la que hace más de cien años llamó la atención de los viajeros que recorrían la "Ruta de la Independencia" y que seguramente en esos tiempos era señalada como venerable recuerdo por los lugareños. Entonces me sentí enormemente decepcionado, sobre todo al ver que la piedra no tenía las abundantes inscripciones de la otra, que pudieran revelar algo de su historia. Pero, finalmente, me di cuenta de que ahora el misterio de las dos piedras es mayor: ¿siempre existieron dos, y no una sola piedra señaladas como históricas en relación con Hidalgo? ¿se referían a distintos episodios del paso del cura en noviembre de 1810? ¿dónde estuvo ubicada originalmente la piedra que hoy está en la capilla? ¿y dónde quedó la piedra de las inscripciones?

Quizá algún día, si tengo suerte, podré responder a estas preguntas. Por ahora lo único que puedo hacer es describirles la lápida que observé en la hacienda de Cofradía.

Está labrada en cantera rosa y fue colocada al lado derecho de la entrada de la capilla, en su fachada que mira al poniente. Debe tener cerca de un metro de altura y unos 70 centímetros de ancho. No es plana, sino cóncava, por lo que casi forma un nicho. La enmarca un ligero remetimiento del aplanado de la pared, con dos hiladas de ladrillo formando una especie de dintel o cornisilla en la parte superior. Dentro del marco, en la parte inferior, existe una cantera pequeña de un color más anaranjado con la leyenda "Hda. Ca. Septiembre 17 de 1943", fecha que quizá señala la época en la que la lápida fue empotrada en este muro.

A la piedra le falta un gran trozo en la esquina inferior izquierda y una parte mucho menor en el extremo inferior derecho; los faltantes fueron completados con un aplanado de cal y arena pigmentado en un color semejante al suyo. Los relieves que muestra, ejecutados con mucha rusticidad, son de tipo pasionario, es decir, relativos a la crucifixión de Cristo. Ocupa el centro una cruz con la base ensanchada que lleva el INRI en lo alto y, en el cruce del vástago y el travesaño, una corona de espinas. El cuerpo de la cruz no resalta, sino que se halla rehundido en el plano general de la lápida. A sus lados se despliegan los relieves con los instrumentos de la pasión o Arma Christi: a la izquierda el martillo, el gallo, la columna, los flagelos y la lanza; a la derecha las tenazas, la esponja atada a una caña, las treinta monedas y la jarra. Las monedas, curiosamente, se disponen en forma de S; es probable que el artista haya querido representar el anagrama de Jesús (IHS), algo fallidamente, con la la caña de la esponja formando la I, la escalera como la H -o más bien varias haches superpuestas- y justamente las monedas como la S. En lo alto aparecen el sol y la luna con rostro. Algunos símbolos más quizá se borraron por la erosión y seguramente otros se perdieron con el fragmento que le falta a la piedra. Todo el conjunto estuvo en algún momento pintado con cal.

Ciertamente, esta piedra contrasta por su tosquedad con el resto de elementos de cantera labrada que adornan la hacienda de Cofradía, elaborados con gran precisión y cuidado. Parece, en efecto, traída de otro lado o por lo menos perteneciente a una época distinta, anterior a aquella en la que se construyó prácticamente todo el edificio que podemos ver hoy en día. A pesar de ser una bella pieza muy antigua y sin duda interesante, no hay en ella nada con la que se pueda legar a Hidalgo, a la Batalla de Aculco, a alguna misa o al año de 1810, más allá de la tradición oral.

ACTUALIZACIÓN, 12 DE AGOSTO DE 2016

Y, sin embargo, existen registros fotográficos de la piedra que está colocada en la capilla de la hacienda de Cofradía antes de su traslado a ese lugar. Estas es la piedra que sí es:

Esta fotografía estuvo disponible unos días en internet como parte de la Mediateca del INAH, como procedente del Fondo Fotográfico de Culhuacán y catalogada como el sitio en que Hidalgo celebró una misa en Aculco. Sin embargo, días después la imagen (y toda la mediateca) dejó de estar disponible al público en general y no me ha sido posible todavía conseguir una imagen de mejor calidad. No tengo más información, pero espero que algún día podamos saber dónde se encontraba originalmente esta roca y si tiene alguna relación con las que fueron fotografiadas por indicación de Castillo Ledón.

A simple vista es difícil darse cuenta de que se trata de la misma piedra reseñada en este artículo. Quizá con la ayuda de estas imágenes sea más fácil percatarse de ello: