Cuentan que en la década de 1940, cuando se proyectaba la construcción de la Carretera Panamericana, don José Díaz Herrera, gran amigo del gobernador Isidro Fabela, le pidió como un favor especial que la nueva vía no atravesara la cabecera municipal de Aculco. Su argumento era tan sencillo como revelador: «Si la carretera pasa por aquí, el pueblo se va a llenar de rateros». Haya sido o no por esa razón, lo cierto es que, mientras la carretera se trazó junto a Toluca, Ixtlahuaca, Atlacomulco y Acambay, pasó a unos convenientes cuatro kilómetros del centro de Aculco.
Con el paso de los años, a lo largo de la Panamericana surgieron en esas poblaciones nuevos asentamientos comerciales, habitacionales e industriales. El crecimiento fue rápido y, como suele ocurrir en México, pocas veces obedeció a una planeación cuidadosa. Aculco, en cambio, conservó durante décadas un conjunto urbano compacto, coherente y reconocible. Su fisonomía tradicional se mantuvo prácticamente intacta y sólo en tiempos recientes el desorden de las orillas del pueblo ha comenzado a adquirir rasgos preocupantes. Es cierto que Aculco no alcanzó el desarrollo comercial que el tránsito de la Panamericana llevó a otras localidades. Habrá quien considere aquello una oportunidad perdida. También puede verse de otra manera: no todo pueblo tiene la obligación de perseguir el crecimiento a cualquier costo. A veces, mantenerse al margen de las grandes corrientes del desarrollo permite conservar bienes igualmente valiosos: el patrimonio histórico, la personalidad propia, la relación con el campo, la tranquilidad cotidiana e incluso cierta sensación de seguridad que en otros lugares terminó por diluirse.
Hoy Aculco se enfrenta a un riesgo mucho mayor que el que representó en su momento la Carretera Panamericana. Una nueva autopista de cuota entre Atlacomulco y Polotitlán pasará probablemente a menos de un kilómetro del centro de la cabecera municipal, entre ésta y el pueblo de Santa María Nativitas. El trazo previsto atraviesa una de las zonas más cuidadas y atractivas del municipio, la que durante décadas ha constituido la entrada más hermosa al pueblo. En algún punto que todavía no se ha dado a conocer con precisión se levantará una autopista de cuatro carriles, confinada y construida sobre terraplén. El municipio quedará partido casi exactamente por la mitad por una barrera física que difícilmente aportará beneficios proporcionales al costo que impondrá al territorio. Aculco ya cuenta con dos grandes vías de comunicación, la Carretera Panamericana y la Autopista México-Querétaro, que satisfacen sus necesidades de conexión.
Quizá todavía no se alcanza a dimensionar lo que esto significa. Comunidades que han mantenido relaciones cotidianas quedarán separadas por una infraestructura cuyo cruce sólo será posible a través de pasos específicos, previsiblemente distantes unos de otros. El resultado será una desvinculación entre distintas partes del municipio. En algunos casos, quienes deseen evitar largos rodeos podrían verse obligados incluso a utilizar la propia autopista de cuota para desplazarse dentro de una zona que hoy es continua.
Los opositores al proyecto han señalado además otros riesgos: la posible afectación de manantiales y áreas naturales, el impacto sobre vestigios del Camino Real de Tierra Adentro y la alteración de paisajes que forman parte de la identidad del municipio. Todo ello pertenece al ámbito de las consecuencias inmediatas. A largo plazo existe otra preocupación igualmente seria. La experiencia mexicana muestra que las grandes vías de comunicación suelen atraer desarrollos comerciales, habitacionales e industriales que pocas veces responden a una planeación rigurosa. Con frecuencia surgen asentamientos dispersos, construcciones improvisadas y corredores urbanos desordenados que terminan transformando de manera irreversible el entorno.
También está el problema de la seguridad. Si don José Díaz Herrera temía en la década de 1940 que una carretera cercana alterara la tranquilidad de Aculco, hoy las circunstancias son muy distintas. El país enfrenta niveles de delincuencia que entonces habrían parecido inimaginables. Las carreteras se han convertido en espacios donde operan con frecuencia diversas formas de criminalidad. Nadie puede asegurar que la nueva autopista produzca ese resultado, pero sería ingenuo ignorar un riesgo que ya es visible en otros corredores carreteros. La Panamericana y la México-Querétaro son focos de inseguridad y nadie puede negarlo.
No son claros todavía los puntos exactos por los que pasará la Autopista Atlacomulco-Polotitlán. Se conoce únicamente su trazo general. Aun así, estoy convencido de que cuando el proyecto se dé a conocer con precisión muchas de estas preocupaciones encontrarán confirmación, y no me sorprendería que surgieran otras que hoy ni siquiera alcanzamos a prever. La experiencia indica que las grandes obras de infraestructura suelen parecer abstractas mientras sólo existen sobre un plano. Es cuando sus detalles se vuelven públicos y sus consecuencias concretas pueden medirse sobre el terreno cuando la verdadera magnitud de sus efectos se hace evidente.
El afán de construir infraestructura a toda costa tiene un nombre: desarrollismo. Se trata de una forma de entender el progreso que mide el éxito casi exclusivamente por la cantidad de carreteras, presas, fábricas o complejos urbanos que pueden levantarse, relegando a un segundo plano los costos ambientales, sociales, culturales y paisajísticos que esas obras suelen acarrear. La discusión de fondo no consiste en decidir si Aculco debe permanecer inmóvil o renunciar al progreso. La verdadera pregunta es qué tipo de desarrollo desea para su futuro y cuánto está dispuesto a sacrificar de su patrimonio natural, histórico y paisajístico para alcanzarlo. El problema mayor es que se trata de un proyecto federal ya concesionado, cuya planeación quizá escapa de las posibilidades de intervención de los aculquenses. Sólo una acción mayoritaria, fuerte y decidida podría permitir que los cuestionamientos de los habitantes de Aculco sean escuchados y, quizá, con un poco de suerte, atendidos.
Algunas transformaciones son irreversibles. Una vez construida la autopista, el municipio que hoy conocemos ya no volverá a ser el mismo.


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