jueves, 8 de marzo de 2018

La pátina del tiempo y la restauración: el caso de la torre de la parroquia de Aculco

A raíz de la restauración de la torre de la parroquia de Aculco, supe de algunos comentarios que criticaban la apariencia que ha adquirido de su primer cuerpo. "Parece queso de puerco", dijo alguno de los críticos, refiriéndose al aspecto parchado, con variaciones de color, que tiene ahora ese gran paramento cuya altura es prácticamente la misma que la fachada del templo y por eso resulta tan notorio.

En efecto, al ser restaurada esa área se tomó la decisión de tratar únicamente los aplanados de cal y arena donde se habían dañado irremediablemente o de plano se habían perdido. Esto ocurría especialmente en tres áreas: a) la parte más baja de la torre, donde la erosión había hecho desaparecer incluso una moldura de cantera que se repuso; b) la zona en que una gran cuarteadura se había intentado arreglar con un lamentable aplanado de cemento; c) la zona alrededor de la cruz y placa que conmemoran el cambio del siglo XIX al XX; y d) la parte alta más cercana al campanario, donde la pérdida del aplanado dejaba a la vista la mampostería de piedra con que está construida.

A estos nuevos aplanados se procuró darles un color cercano al de las áreas inmediatas sin reparar. Sin embargo, es natural que los nuevos aplanados se vean, precisamente, nuevos: carecen de la pátina que el tiempo, la lluvia, el musgo, han dado al aplanado antiguo. De ahí el aspecto que ha extrañado a algunas personas en Aculco.

Ahora bien, al dejarlo de esta manera, el arquitecto restaurador está aplicando a mi juicio tres criterios que son, de entrada, totalmente válidos: el primero, que las partes de un edificio histórico que no necesitan restauración no deben ser restauradas; segundo, que debe existir una diferencia visible para el observador entre las partes restauradas y las que no lo han sido; tercera,que aunque por motivos estéticos existía la posibilidad de dar a la parte antigua un acabado más cercano al de las partes restauradas, su conservación en el estado prístino en que se encuentra se justifica por la presencia de información que quedaría oculta o se perdería si hace de esa manera. En este último punto me refiero puntualmente a los ya muy tenues restos de decoración en forma de sillares pintados que alguna vez tuvo esta torre, que ya no serían visibles si se hace una igualación.

Con todo esto no quiero decir que los críticos carecen enteramente de razón, simplemente que existen criterios válidos para que se haya intervenido la torre de esta manera. De hecho, en la parte oriente de la misma, no visible desde el atrio, se uso un criterio distinto: ahí todo el color del paramento fue igualado. Pero esto se debió justamente a sus circunstancias particulares, ya que los daños al aplanado eran mucho mayores y la supervivencia de restos decorativos prácticamente inexistente.

Aunque para muchos no lo parezca así, conservar un muro con la pátina del tiempo, así sea parcialmente, tiene también un valor estético. Además, precisamente el tiempo terminará por hacer su trabajo y en algunos años igualará inexorablemente las partes viejas con las nuevas. Quizá sea en diez años, en 50 o en 100, ¿qué más da? Estas obras se hacen no para hoy, sino para los siglos.

En esta liga puedes ver un ejemplo de la aplicación de estos mismos criterios de conservación de las pátinas antiguas en un edificio histórico en España.

sábado, 24 de febrero de 2018

La restauración del Mesón de Arroyozarco

En diciembre de 2016, el Fondo de Apoyo a Comunidades para Restauración de Monumentos y Bienes Artísticos de Propiedad Federal (FOREMOBA) seleccionó, entre otros proyectos a los que otorga recursos anualmente, el de la primera etapa de restauración del antiguo Mesón de Arroyozarco, que conocemos también como el Hotel de Diligencias. Este inmueble de fines del siglo XVIII, del que tantas veces he escrito en este blog, había caído en la última década en un estado de deterioro alarmante con la pérdida de cubiertas y entrepisos, lo que hacía necesaria una intervención.

Los trabajos de restauración tardaron bastente en iniciar. Cuando empezaron, con sorpresa descubrí que no las estaba llevando acabo el arquitecto Lázaro González Frutis, quien promovió la restauración, elaboró el proyecto que se presentó al FOREMOBA y gracias a cuyos buenos oficios se obtuvo una respuesta favorable de este organismo. Y la sorpresa del arquitecto debe haber sido mayor que la mía, pues me comentó que a él ni siquiera se le avisó que otra empresa se encargaría de la restauración. Es cierto que el Ayuntamiento de Aculco tiene total libertad para asignar el proyecto a quien mejor le convenga. Cierto también que la propia presidente municipal tuvo la iniciativa de acudir al FOREMOBA desde fines de 2015 o principios de 2016 para tratar el asunto de la restauración. Cierto asimismo que la elaboración y presentación del proyecto no lo comprometía de ninguna manera con la empresa de Frutis. Lo que me preocupa en realidad es que esta falta de cortesía limite la participación en futuros proyectos en Aculco de este arquitecto, a quien debemos sin duda las más trascendentes obras de restauración del patrimonio aculquense en los últimos ocho o nueve años.

Lo más importante, sin embargo, es que el Mesón de Arroyozarco por fin está siendo ya restaurado. Y no sólo eso, sino que el Ayuntamiento de Aculco ha estado promoviendo diligentemente la prosecución de la obra en nuevas etapas con diversas instancias estatales y federales. Si critiqué antes una descortesía, ahora no puedo más que elogiar de la manera más sincera la forma en que nuestras autoridades municipales se han propuesto sacar adelante la idea de recuperar un edificio tan valioso desde el punto de vista patrimonial, arquitectónico e histórico. Es de agradecerse mucho este interés de Aurora González Ledezma por darle nueva vida a un inmueble que hasta hace pocos años parecía ya condenado a la ruina.

Ahora bien, ahora que el Mesón está en vías de recuperación, creo que es muy oportuno insistir aquí en un par de cosas de las que ya he tratado antes aquí.

-La primera: estas obras deberían complemetarse con otras orientadas al mejoramiento profundo de la imagen urbana de Arroyozarco, de modo que se convierta en un marco adecuado para sus edificios históricos. No hablo de cosas muy elaboradas, sino de una imagen rústica y típica, propia del lugar. Así como la cabecera municipal de Aculco ha sido -en términos generales- ejemplo del compromiso con la conservación de la imagen urbana, Arroyozarco es hoy en día el ejemplo más deplorable de lo contrario. Todavía es tiempo de corregir esa situación y lograr en pocos años que Arroyozarco se convierta también en un punto agradable de recorrer y no sólo para visitar puntualmente el Mesón restaurado. Hacer de Arroyozarco un importante punto turístico del municipio.

-La segunda: entre la restauración del Mesón y la mejora de la imagen urbana, debe promoverse también la incorporación de Arroyozarco a los puntos incluidos en el Camino Real de Tierra Adentro como Patrimonio Mundial de la UNESCO. Tendría todo para lograrlo, ya que se encuentra ya en la lista indicativa para su incorporación y lo que lo impidió en el pasado fue precisamente la falta de programas para la recuperación de los edificios históricos y su entorno.

Finalmente, les presento algunas fotografías del estado previo del Hotel de Diligencias y de las actuales obras de restauración.

lunes, 19 de febrero de 2018

¿Dónde estás, san Agustín?

En algún momento entre finales de la década de 1960 y principios de la 1970, dos antiguas imágenes de santos procedentes del interior de la parroquia de Aculco fueron colocadas en los altares de las capillas posas del atrio. Yo sólo llegué a conocer una de ellas: se trataba de un san Agustín tallado en madera, probablemente de principios del siglo XVIII, que se hallaba en la capilla posa suroeste, que se ubica junto a la torre del reloj. La otra imagen era -según me han dicho- de santa Águeda, más no la conocí pues fue destrozada por un ebrio. Tengo mis dudas de que se tratara en efecto de esta santa, pues un fragmento que se conservó correspondía a un pan que llevaba en la mano como attributo, cuando lo que aquella suele portar son sus pechos rebanados en recuerdo de su martirio. Como sea, esta imagen estuvo colocada en la capilla posa noroeste.

En estas fotografías tomadas en 1973 se observa la imagen de san Agustín. De carácter barroco pese a su sencillez, portaba como se observa el hábito negro de su orden (otras veces se le representaba como obispo) y había perdido ya los atributos característicos: una iglesia en la mano izquierda, un báculo o un corazón flamígero en la diestra y tal vez, aunque es más improbable, la mitra episcopal sobre la cabeza. Como se aprecia, era una escultura de valor histórico y artístico, y dejarla expuesta en ese sitio no fue la mejor manera de conservarla. Ni siquiera la destrucción de la imagen de santa Águeda hizo que se procurara resguardarla mejor.

Poco más de veinte años después le tomé la fotografía que aparece aquí, que incluí en el libro Aculco histórico, artístico, tradicional y legandario (1996). Se advierte que la escultura se había deteriorado, perdido parte de sus acabados y algunos dedos de sus manos. Aunque no son tan visibles en la fotografía, grandes grietas causadas por la humedad se habían abierto en su cuerpo. Fue por aquella época, quizá en 1999 o 2000, cuando don Jorge Lara Morales (quien ayudó por muchos años en el templo) decidió por fin que no era un lugar propio para una imagen de madera tan antigua y la llevó al curato. Pero a partir de entonces le perdí la pista y nunca la he vuelto a ver más en ninguno de los rincones del antiguo convento. ¿Seguirá ahí? ¿Se habrá conservado? ¿O la podemos dar ya como perdida para siempre?

¿Dónde estás san Agustín?

 

ACTUALIZACIÓN: 31 DE JULIO DE 2018

Gracias a la amabilidad de Daniel Cano tenemos ahora la certeza de que ambas imágenes que estuvieron en las capillas posas (la de san Agustín y la muy dañada que yo recordaba como santa Águeda, pero que me aclara el propio Daniel es santa Eduviges de acuerdo con lo que le contó el señor Jorge Lara Morales), se conservan en el interior del ex convento a la espera de una restauración que les permita recuperar algo de su belleza. Acá las fotos que me envía este amable lector.

lunes, 12 de febrero de 2018

Aculco en 1973

Hace unos días encontré una serie de imágenes que subió a Flickr el usuario Darth Pollo, que corresponden a vistas de nuestro pueblo en 1973. Las fotografías, me comenta su dueño, fueron tomadas casi todas por su padre, Felipe González Pérez, durante paseos familiares.

En efecto, en ellas se observa casi invariablemente la presencia de algunos de los miembros de su familia recorriendo Aculco. Hay fotos del atrio de la parroquia, de la alberca, de las capillas posas, de la Plaza Juárez, del kiosco, entre otros sitios. No son fotografías excepcionales ni por su calidad ni por su temática, pero sí resultan de gran interés por retratar un momento poco documentado visualmente de transición en el aspecto de Aculco: justo cuando se llevaban a cabo las obras del Programa Echeverría de Remodelación de Pueblos, que serían inauguradas en noviembre de 1974.

De hecho, puede advertirse, por ejemplo, que la banqueta del jardín de la Plaza de la Constitución todavía estaba en construcción cuando se tomaron estas fotografías. O que el viejo muro al lado izquierdo de la parroquia, donde estuvo la capilla de la Tercera Orden, no había sido encalado y arreglado aún.

Les comparto algunas de estas fotografías. Ya habrá momento de comentar alguna de ellas cuando sea oportuno. Si quieren ver la serie completa, pueden pinchar aquí.

viernes, 2 de febrero de 2018

La Candelaria de Arroyozarco

En el calendario católico, el 2 de febrero señala la fiesta de la Purificación de Nuestra Señora o de la Presentación de Jesús en el Templo. Conmemora el día en que, transcurrida la cuarentena señalada por las leyes judías en el Levítico (su "purificación" después de haber dado a luz), María se dirigió al templo de Jerusalén para presentar a su hijo, momento en que Simeón el anciano y Ana la profetisa lo identificaron ahí como el Mesías. Desde la Edad Media se acostumbró celebrar la fecha encendiendo y bendiciendo velas -candelas- para iluminar profusamente las iglesias, evocando el cántico de Simeon en que llamó al Niño "luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel", de ahí que popularmente se conociera a esta festividad como "la Candelaria".

En el arte, la representación pictórica de la Purificación de Nuestra Señora suele formar parte de los ciclos o series relacionados con la Navidad, que incluyen también temas como los desposorios de José y María, la anunciación, la adoración de los pastores, la adoración de los magos, los santos inocentes, la huida a Egipto y la circuncisión. También es muy frecuente encontrarla de manera aislada, respondiendo seguramente a devociones particulares del lugar para el que fue pintada.

Este último parece ser el caso de un óleo de regulares dimensiones que se encuentra próximo al presbiterio de la capilla (hoy parroquia) de Arroyozarco, en nuestro municipio de Aculco, pues si bien en el mismo sitio existe otra pintura que muestra la adoración de los pastores no pertenecen a la misma época y no forma conjunto con aquella. El óleo en cuestión data sin duda alguna de mediados del siglo XVIII y es obra de un pintor cercano al circulo de Miguel Cabrera, lo que se advierte en el uso del color, en los rostros, manos y actitudes de los personajes. Aunque el fuerte deterioro sufrido por escurrimientos de agua no permite apreciarlo en todo su valor, se perciben en él algunos detalles que denotan un buen pincel, como es el rostro del sacerdote, en tanto que otros elementos como los pies del propio levita o las manos de la Virgen María son más bien de mediana calidad (aunque pueden ser fruto de un mal retoque). Muy probablemente esta obra llegó a Arroyozarco todavía en la época en que la hacienda pertenecía a los jesuitas.

La escena que muestra la pintura está enmarcada por un cortinaje rojo que se despliega a espaldas de José y María; ella arrodillada, con la mirada hacia su hijo, extendiendo las manos (en una de ellas lleva las cinco monedas con que se le redimía de servir en el templo) y él de pie, con las palmas de las manos cruzadas sobre el pecho y sosteniendo su vara florecida. Frente a ellos, un sacerdote judío lleva en brazos a Jesús y eleva la mirada. Asoman a sus espaldas un par de niños que portan velas (las candelas que le dan nombre a la celebración). En un segundo plano, a espaldas del sacerdote, se ven los rostros de dos ancianos, hombre y mujer, a los que se puede identificar con Simeón (al parecer con un libro) y Ana, de los que habla el Evangelio de San Lucas:

Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel.» Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de él. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción, -¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!– a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones.» Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido, y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones. Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.

Tras Ana y Simeón, y flanqueando el óleo en su lado derecho, se alza una columna estriada (los elementos arquitectónicos como parte de la composición eran frecuentes en las obras de Miguel Cabrera, como puede verse incluso en la Última Cena que existe en la parroquia de san Jerónimo). Al fondo y en un plano más alejado se observan varias personas que permanecen fuera del recinto en que sucede la escena, entre ellas una madre que carga a un niño. El marco de madera dorada no es el original, pues parece ser del siglo XIX o incluso más reciente.

Aunque el estado de conservación de esta hermosa pintura no es el mejor, se trata sin duda de una obra de importancia que, junto con otras obras del mismo templo de Arroyozarco, refleja la riqueza que alcanzó éste en el siglo XVIII, durante el esplendor barroco. Es, además, expresión de una devoción varias veces centenaria que muchos ya sólo identifican con los tamales del 2 de febrero o, acaso, con la tradición de levantar el "nacimiento" ese mismo día, pero cuyo origen toda persona de mediana cultura general y religiosa debiera, al menos, conocer.

lunes, 29 de enero de 2018

La viguería de la capilla de Toxhié restaurada

Los templos de la región en la que se asienta Aculco se caracterizaron durante los años del Virreinato por sus techumbres de viguería, mismos que reflejaban por una parte la abundancia de madera y por otra la falta de capacidad técnica o económica para la construcción de bóvedas y cúpulas. Las bóvedas se limitaron durante esa época a contadas edificaciones de tamaño más bien menor, como las capillas posas del atrio de la parroquia de san Jerónimo. Incluso el templo parroquial -la construcción colonial más importante del municipio- conservó su cubierta de madera hasta 1843, cuando se inició la construcción de la bóveda de cañón y la cúpula actuales.

Siguiendo la moda adoptada en la parroquia, algunos templos de la jurisdicción parroquial aculquense se enriquecieron también con este tipo de cubiertas durante la segunda mitda del siglo XIX y principios del XX. La capilla de Santa María Nativitas, por ejemplo, se reedificó hacia 1858 siguiendo muy de cerca del modelo parroquial, mismo caso fue el de San Lucas Totolmaloya en 1857, y el de San Pedro Denxhi en fecha indeterminada. En las capillas de La Concepción y Santiago Oxthoc Toxhié sólo se reemplazaron las techumbres del presbiterio con cúpulas. En cambio, las capillas de Nenthé (la antigua, no el actual santuario), la de la hacienda de Arroyozarco y la de Santa Ana Matlavat conservaron íntegras sus viguerías coloniales, si bien protegidas por tejados superpuestos estas dos últimas.

Precisamente estos techos de vigas resultan especialmente vulnerables, tanto por su propia antigüedad como por la facilidad con que pueden deteriorarse a causa de la humedad y de los insectos, pero también porque son fácilmente reemplazables por losas de concreto (como ha sucedido en innumerables ocasiones en las casas de Aculco). Cuando esto sucede, con gran frecuencia los nuevos techos de concreto y varilla resultan demasiado pesados para la construcción antigua y con el tiempo provocan un daño mayor. Incluso, en caso de un sismo, los techos de concreto apoyados en muros de piedra o adobe antiguos pueden provocar el colapso de la estructura.

Por todo lo anterior, resulta especialmente importante la feliz culminación de la restauración de la cubierta de madera de la capilla de Santiago Oxthoc Toxhié, de la que les hablé en anteriores entregas de este blog. Ahora les presento nuevas fotografías que muestran ya la obra finalizada.

Como podrán observar, se mantuvo en esta obra el criterio de conservar la mayor cantidad de madera original posible, reemplazando en una buena proporción de las vigas antiguas solamente los cabezales podridos con injertos de madera nueva, con uniones reforzadas con soleras de acero atornilladas. Al mismo tiempo, se retiraron las capas de pintura que cubrían la viguería para dejarla al natural con un acabado con aceite de linaza y cera natural de abeja.

Se trata de una restauración que considero ejemplar, pues no sólo mantuvo materiales y formas, sino la propia autenticidad y originalidad de la techumbre histórica, tratándola como un elemento valioso en sí mismo, digno de ser protegido. Resulta importante señalar esto pues, aunque el resultado es muy bello y atractivo, con gran sabor para quienes gustamos de la arquitectura colonial, a los ojos de algún espectador común puede parecer desconcertante que se haya buscado mantener la rusticidad del techo y no mejorar artificialmente los acabados puliendo, resanando, pintando o barnizando las vigas. Pero lo que se buscó fue recuperar, sin falsear, la apariencia con la que debieron verlo sus constructores hace quizá 300 años; de ninguna manera darle un aspecto cercano al gusto estético actual.

Así, la techumbre restaurada de Toxhié sigue siendo la original, la misma que ha albergado en sus oraciones a muchas generaciones de habitantes de aquél poblado y que esperamos cobije muchas generaciones más. Mi agradecimiento al arquitecto Lázaro Frutis no sólo por las fotografías que me comparte, sino principalmente por haber llevado a cabo esta obra tan significativa. Mi reconocimiento también al FOREMOBA y al Ayuntamiento de Aculco por los recursos aportados para la restauración.