lunes, 18 de enero de 2010

Puertas y portones

Entre los elementos de la arquitectura tradicional del pueblo de Aculco que más pérdidas han sufrido con el correr del tiempo y la intervención humana, se encuentran las puertas y portones. Esto se debe, por supuesto, a su propia naturaleza, ya que al estar hechos de madera su degradación es muy rápida cuando no se les trata con cuidado o se les deja sufrir los efectos de la intemperie. Pero su desaparición también ha sido provocada por causas menos naturales, como la necesidad de contar con accesos más seguros o el afán de lucro, pues algunos de los viejos portones del pueblo fueron vendidos y adornan en la actualidad casas situadas en Tlalpan, Coyoacán y San Ángel, los tradicionales barrios coloniales del sur la ciudad de México.

Quizá la mejor manera de realizar un recorrido por las puertas y portones que existen aún en Aculco, así como los que ya han desaparecido, es agrupándolos por sus características formales. Así, hablaremos de las puertas entableradas coloniales, las puertas claveteadas de la misma época, las puertas entableradas de los siglos XIX y XX, las sencillas puertas de duela y, finalmente, de las puertas contemporáneas que evocan alguna de estas tipologías.

Puertas entableradas coloniales

Sin duda son las más hermosas y su uso estuvo prácticamente limitado a las edificaciones más importantes del pueblo, tanto civiles como religiosas. Se les elaboró tanto en pequeño formato, para las puertas de las alacenas, como de grandes dimensiones, para cerrar las entradas principales. Su estructura está formada por casetones almohadillados cuadrados o rectangulares, ligeramente moldurados, que dan una apariencia elaborada a su superficie, con efectos de claroscuro muy agradables. Entre los ejemplos notables de este tipo de puertas podemos mencionar las siguientes:


Puertas de la parroquia de San Jerónimo, posiblemente de fines del siglo XVII y principios del XVIII.
Obsérvense los páneles labrados con escenas, escudos, símbolos y otros motivos en la parte superior, así como los casetones moldurados con curvas de la parte inferior.

Portón de la Casa de la familia Alcántara Terreros. Este portón de gran altura data posiblemente del siglo XVIII. Parte notable de él es su herrería, particularmente su chapa en forma de águila bícefala.

Antiguo portón de la desaparecida Casa de Ñadó. Este portón muestra un gran parecido con el anterior, aunque tamaño es ligeramente menor. Actualmente se encuentra ubicado en el número 7 de la calle José Canal.

Esta puerta, de dimensiones medias, pertenece a la capilla del pueblo de Santa Anna Matlavat. Nótense los tableros que adoptan la forma de cruces.

Esta pequeña puerta da acceso al claustro del covento de Aculco, desde el vestíbulo que se encuentra tras la portería. Véase cómo la menor dimensión de los tableros da a los casetones una apariencia de "cabeza de diamante".

Balcón en la casa de los Terreros. Aunque muy modificada y dividida en tiempos recientes, todavía se puede ver en esa casa esta hermosa puerta entablerada en una ventana que da hacia la calle Rivapalacio.

Puertas claveteadas coloniales

Al parecer, este tipo de puerta fue en Aculco más abundante que el entablerado en tiempos coloniales, aunque su destrucción ha sido mayor quizá debido a su menor interés estético. En general, se trataba de puertas también entableradas, aunque sus tableros eran mucho más grandes que los de la tipología anterior y no mostraban su almohadillado característico. Lo notable en ellas era las series de clavos de hierro de cabeza ancha, plana y redonda que les servían de adorno. El ejemplo más importante de este tipo de puerta fue de la Casa del Puente, que se dejó perder por simple negligencia y de la que sólo subsiste, en una colección particular, el postigo (es decir, la puerta pequeña, para peatones, que formaba parte de él). Otros ejemplos más son los siguientes:

Puerta en la Casa de los Arcos. Este inmueble, situado en la Plaza de la Constitución, conserva gran cantidad de detalles interesantes. Tal es el caso de esta pequeña puerta, con apenas cuatro filas de clavos y tableros sobriamente moldurados.

En el corral de la Casa de los Terreros se encontraba esta hermosa puerta claveteada, que quizá ya despareció debido a las modificaciones que ha padecido en los últimos años. Estaba dividida en cuatro tableros y mostraba seis filas de clavos. Aparentemente, nunca estuvo pintada ni barnizada.

La puerta de la sala de la Casa de los Terreros era también claveteada. Como se puede observar en esta fotografía tomada a fines de la década de 1990, sus cuatro hileras de clavos habían sido pintados de dorado.



La puerta de la botica de la Casa de los Terreros era también un bello ejemplar claveteado, que contaba además con una interesante mirilla. Fue desmontada y sustituida, como se observa en la segunda fotografía, por una puerta de fierro que intenta imitar las balconerías del siglo XIX de la misma casa. Por fortuna, la puerta antigua se conserva, sin montar, en otra casa del mismo pueblo.

En la entrada al vestíbulo del covento de Aculco se conserva esta puerta. Aunque poco visible por la propaganda y el mal ángulo, la hoja que abre a la izquierda es un elegante y sencillo ejemplo de puerta colonial claveteada.

Esta puerta del edificio del Despacho de la hacienda de Arroyozarco, apenas visible tras la tela de gallinero, es también claveteada. Dividida en cuatro tableros y con seis filas de clavos, éstos son de pequeñas dimensiones.

Estos restos de una puerta claveteada colonial se encuentran en la que fue la casa de don Domitilo Alcántara, en la esquina de las plazas de la Constitución y José María Sánchez y Sánchez. Es una verdadera pena que vestigios históricos como este continúen sin ser apreciados y se pierdan sin remedio.

Puertas coloniales sin ornatos.

En este apartado incluimos los portones que muestran prácticamente sólo la madera con la que están construidos, sin grandes herrajes ni motivos labrados. Aquí caben lo mismo las sencillas puertas elaboradas con simples tablones, que algunos ejemplares con tableros semejantes a los de la puertas claveteadas, pero que carecen precisamente de clavos ornamentales.

Un ejemplo de ello es esta puerta por la que se accede desde la nave de la paroquia hacia el claustro del antiguo convento. Como se puede observar, es muy semejante en su construcción a la puerta claveteada de la Casa de los Arcos.

La Casa de don Abrham Ruiz contaba con una gran portada de cantera labrada, en la que desmerecía un poco un sencillo pero inmenso portón. Pese a todo, era un ejemplar sólidalmente construido que merecía un mejor destino, pero al ser demolida la casa fue vendido y salió del pueblo.

Sencillo también pero parte original del inmueble es la puerta de la capilla de San Lucas Totolmaloya. Bien conservada aunque pintada de amarillo, su único adorno son los tablones en diagonal de los cuarterones inferiores.

Esta es una de las más sencillas puertas auténticamente coloniales de Aculco. Formada por simples tablones ligados con bien labrada herrería, se encuentra en una antigua troje de la hacienda de Arroyozarco.

Puertas entableradas de los siglos XIX y XX.

Aunque entableradas y con casetones resaltados como las de la primera tipología aquí presentada, estas puertas pertenecen a una época distinta y esto se observa sobre todo en el espesor de las maderas utilizadas, que son mucho más delgadas, en la profundidad menor de los rehundidos que rodean a las almohadillas, y en la menor cantidad de tableros en relación con el tamaño de las puertas.



La puerta del acceso principal a la hacienda de Ñadó se cuentra entre las más interesantes en esta categoría. Sus bien moldurados casetones se adornan en la parte superior con motivos circulares rehundidos, mientras que en la parte inferior se observan paños lisos. Pintada antiguamente en blanco, actualmente se ve como en la segunda fotografía, después de la restauración realizada en todo el inmueble.



La puerta del Bautisterio antiguo del convento de Aculco podría clasificarse quizá como un ejemplar de transición entre las puertas entableradas coloniales y las del siglo XIX. Pero esto ya no lo podremos saber nunca pues fue sustituida hace pocos meses con la puerta de menor calidad que se ve en la fotografía inferior, cuando se trasladaron a ese recinto las oficinas de la notaría parroquial.

En el mismo convento subsisten aún otras puertas entableradas del siglo XIX. Ésta que mira hacia la portería, por ejemplo, corresponde a la estancia en la que se encontraban hasta hace poco las oficinas mencionadas de la notaría parroquial.

El cancel de la parroquia de San Jerónimo, que ocupa el lugar habitual en el sotocoro, es posiblemente un mueble entablerado colonial modificado años después para agregarle las molduras curvas y cristales de la parte superior, seguramente con el fin de dar mayor luminosidad a la nave.



En el número 1 de la Plazuela Hidalgo, se encuentra esta portada de la segunda mitad del siglo XVIII que alberga un portón entablerado unos cien años más joven pero que se adecua perfectamente a él.

Este portón procede de la casa de don José María Sánchez Silva, en la Plaza de la Constitución, y fue removido de ella para colocarlo en la casa de Aldama no. 8, cuando ambas propiedades pertenecían al mismo dueño.

Finalmente, este gran portín entablerado del siglo XIX corresponde a la casa conocida como "Las Tres Naciones" (por el nombre de la tienda que ahí existió), situada en la esquina de Manuel del Mazo y Allende.

Una variante muy frecuente en esta categoría son las puertas utilizadas en ventanas y balcones, en las que los casetones superiores son reemplazados por vidrios para la mejor iluminación de los interiores. Dado que en tiempos coloniales el vidrio para ventanas era escaso y caro, los más antiguos de estos ejemplares se pueden atribuir al siglo XIX.


Puertas de duelas.

Este modelo de puerta fue, por mucho, el más abundante en las construcciones históricas aculquenses, aunque eso se debe probablemente a la sustitución de las puertas más antiguas por modelos más sencillos y baratos en épocas de penuria. Consistía en largas y delgas tablas colocadas verticalmente o en diagonal sobre una estructura de pies derechos y travesaños de madera más gruesos.



Un magnifico ejemplo era la puerta de la Casa de Hidalgo, que lamentablemente desapareció hace ya varias décadas, sustituida por una puerta metálica, como se observa en la segunda fotografía. Este modelo, con duelas colocadas en diagonal, fue muy frecuente e incluso el convento tenía una de este tipo, en la entrada que daba hacia la calle José Canal.

En la carpintería de la hacienda de Arroyozarco se construyeron a principios del siglo XX algunos ejemplares de puertas de duelas colocadas de manera vertical. Ésta, que se encuentra en el edificio del Despacho de dicha hacienda y que cuenta con un postigo, es prácticamente idéntica a la que exisitió en la Casa de don Juan Lara Alva y que fue montada después en la Casa de la familia Lara Mondragón, donde permanece.

A un lado de la anterior se encuentra esta pequeña puerta, también construida con duelas molduradas.

En la sala de la Casa de la familia Lara Mondragón, subiste esta puerta de duela, muy semejante a la anterior.



En esta olvidada casa de la calle de Aldama, alejada del centro del pueblo y por ello poco conocida, pero que conserva bien sus rasgos arquitectónicos del siglo XVIII, existió también un portón de duelas, apenas distinguible en la fotografía superior. Actualmente ha sido reemplazado por una reja metálica.


Puertas modernas

Naturalmente, entre las puertas modernas que se pueden ver en la zona antigua de Aculco existe una variedad casi infinita. No pretendemos por ello presentar un muestrario extenso, sino sólo los ejemplos que nos han parecido representativos de esta variedad, haciendo énfasis en errores y aciertos.

A mediados del siglo XX, don Mateo Espinosa (hermano de Ignacio, epónimo del pueblo, realizó importantes reparaciones al inmueble conocido como Casa de Ñadó, en la esquina de la Plaza Juárez y la calle Manuel del Mazo. Al efecto, mandó fabricar con mucho acierto este portón casetonado de cedro, que evocaba a otro viejo portón que existía en la casa. Ambos, el antiguo y el moderno (aquí en la fotografía), fueron incorporados a la Casa de don Juan Lara Alva al ser demolida aquélla en la década de 1970.

El mismo don Mateo Espinosa mandó fabricar un portón casi gemelo al anterior para su finca del Molino Viejo. Aunque descuidado, se puede considerar todavía como una aportación valiosa a esa propiedad.

La puerta casetonada de la Casa del Padre José Canal, en la calle del mismo nombre, es también un ejemplo moderno, de la década de 1990, que sin duda contribuye a poner en valor el acceso de piedra labrada.

Puertas, como ésta de la Casa del Padre José Canal, que evocan los claveteados coloniales comenzaron a hacerse frecuentes a partir de 1978, cuando se utilizaron en la obra del Mercado Municipal y Conjunto Jorge Jiménez Cantú. El modelo más usual está formado por una estructura metálica aparente, con duelas atornilladas y clavos de cabeza redonda.

La puerta nueva del viejo mesón transformado en Hotel Chávez recuerda también las puertas claveteadas coloniales aún con mayor acierto, pues carece de la estructura metálica. Nótese la curiosa alternancia de clavos grandes y pequeños.





Estos tres ejemplos del mismo tipo de puerta, que corresponden a la casa construida en una parte del solar de la Casa del Puente (arriba) y en la Casa y Portal de don Alfonso Díaz (las dos inferiores) resultan, al contrario, realizaciones estéticamente fallidas. Las razones: sus proporciones, la incorporación de láminas de fierro, fallas en el ritmo de colocación de los clavos y en las subdivisiones de las puertas, y el tratamiento de la madera con barniz "natural".

Un portón muy reciente es éste que susutituyó a una vieja y fea puerta de fierro que durante años cerró la entrada de la capilla de la hacienda de Arroyozarco. Austera y de no mal diseño, desafortunadamente fue ejecutada en madera de poca calidad, llena de nudos, y el acabado en barniz "natural", ya cayéndose, tempoco le favorece.

Esta puerta de madera entablerada en un balcón de la Casa del Padre Canal, bien elaborada reemplazó hace poco más de 15 años a otra antigua, casi idéntica, que se encontraba ya en muy mal estado de conservación.


Pero más frecuente que el uso de madera, ha sido el del fierro para elaborar puertas de nueva factura para las casas de la zona antigua de Aculco. En la foto superior, un portón metálico en una troje de la hacienda de Ñadó, en la inferior, un portón de igual condición en el corral de la Casa de los Alcántara Terreros. Ambos son ejemplos clásicos de decenas de puertas que, sin pena ni gloria, reemplazaron a otras de madera.

También las puertas de los balcones han sido reemplazadas en muchos casos por nuevas puertas metálicas, muchas de las cuales intentan reproducir el aspecto que tuvieron las originales, como en esta casa ubicada en la calle Morelos.

Esta reja, de buena factura, se colocó hace ya muchas décadas en la Casa de doña Emilia Guerrero, de la calle de Aldama. Al reconstruirse ésta a fines de la década de 1980, se le mantuvo en su sitio, con el agragado de las láminas que cierran la vista al interior.

La puerta de la capilla de Santa María Nativitas es un buen ejemplo de la incorporación deficiente de una puerta nueva -en este caso de hierro y vidrio- a un inmueble histórico.

Pero las cortinas metálicas son el verdadero enemigo para la dignidad de los inmuebles del centro histórico de Aculco. Aunque su uso ha estado restringido a través de los Bandos Muicipales, han proliferado en las zonas aledañas al mercado municipal, la calle Hidalgo y la calle de Abasolo. Ésta se encuentra en la Casa de la familia Chávez, en la calle de Iturbide.

martes, 5 de enero de 2010

La tienda de las señoritas Osornio

Casa y tienda de las señoritas Osornio, en Aculco. La fotografía original fue tomada por Keylime Steve y se encuentra en Flickr.

En la esquina sureste del cruce de las calles de Morelos y Matamoros, existe una antigua casa que conserva bien el aire característico de las construcciones vernáculas de Aculco: recia construcción de piedra recubierta con aplanados de cal y arena, un gran acceso para carretas enmarcado en cantera, balcones sin reja en la segunda planta con jambas y dinteles de piedra blanca, así como gruesos repisones de cantera.

No conozco ninguna fotografía antigua de esta casa. En los años que tengo de conocerla, que es toda mi vida, han sido relativamente pocos los cambios que ha sufrido: dos de los balcones que daban hacia la calle Morelos fueron ampliados para convertirse en ventanas cuadradas, completándose su repisón para extender su longitud aunque con cierto descuido; las puertas de madera de los tres balcones que se conservan en su estado original fueron reemplazadas por puertas de metal que las imitan.

En realidad es muy poco lo que puedo decir de esta casa. Sólo que en las dos puertitas cercanas a la esquina existía una tienda que pertenecía, como el inmueble mismo, a las señoritas Osornio y que no sé si continúa operando. Aunque desde que yo era niño la tienda se veía muy mermada, con poca mercancía y menos clientes, la frecuentaba junto con mis hermanos y primos para comprar "palomas" y todo tipo de cohetes. Las ancianas señoritas Osornio atendían aún tras el antiguo mostrador de madera tallada, que conservaba aún su cubierta de zinc y que denotaba que aquel local había pasado por tiempos mejores.

Lucino Mondragón Buenavista. La fotografía original pertenece a la Sra. Carmen Mondragón.

En efecto, la tienda ya existía a mediados de la década de 1930, cuando quedó ligada a un triste recuerdo en la familia Mondragón. Sucedió la tarde del 6 de abril de 1935, cuando Lucino Mondragón Buenavista, gran charro, empleado de la hacienda de Ñadó y de unos veintitrés años de edad, departía con un amigo suyo en ese lugar. Lucino, un hombre de personalidad alegre, "echada pa' lante", coqueto con las mujeres y afortunado en amores, comenzó a hacerle bromas al amigo respecto de su novia. El amigo, pasado de copas y de pocas pulgas, no soportó la burla: sacó de su funda el revólver y, sin más, lo descargó en el joven Lucino.



Sepulcro y lápida de Lucino Mondragón, que comparte con su abuelo Germán y su hermano Pedro.

Eran tiempos muy violentos en la región y por poca cosa se echaba mano de la pistola. No fue este un caso único y ni siquiera el más sonado. El asesino huyó a la ciudad de México y quedó impune.

Como decía arriba, es muy poco lo que puedo decir de la casa donde sucedió este crimen. Aún así, en ella están inscritos dos recuerdos imborrables: el personal, de la tienda en que compraba -a escondidas de mis padres- aquellos cohetes cuando niño, y el familiar de la muerte de mi tío abuelo, Lucino Mondragón.

Lucino, parado sobre un caballo. A la izquierda su hermano Pedro, despúes administrador de la hacienda de Ñadó, y a la derecha su padre Magdaleno.

El cuepo principal de la casa, en cuyos bajos se encontraba la tienda.

ACTUALIZACIÓN

Pero como siempre hay alguien que conoce mejor las cosas y las expresa también mejor, copio aquí el texto que sobre esta casa escribió mi primo Octavio:

"No logro acordarme cuántos años hace que entré a esta casa y de la que había olvidado recuerdos que con tu relato salieron de no sé qué olvidado recoveco de mi memoria. El último recuerdo es la imagen de una barda que, como a las Alemanias en Europa las dividió un muro 20 años, así partía la casa en dos partes: la de mi tía Esther, el lado de la tienda y de la calle ¿Morelos?, y el otro el de la tía China que, si la infiel de mi memoria no falla, en vida se llamó Adelina.
"Y si esta barda no favoreció a la estética mucho menos a la soledad y por las tardes la tía China iba donde su hermana, a la tienda, a ver la vida pasar.
"Pero los mejores recuerdos de esa casa me vienen de la infancia, de cuando aún vivía mi tío Alfredo de quien medio recuerdo que por algún lío de faldas, quedó lisiado de una pierna y usaba muletas. Su recuerdo está invariablemente ligado a las resorteras que hacía. No tengo la menor idea de cuántas me habrá regalado pero debieron ser muchas.
"Y ahora que lo pienso, quizá por eso tengo buenos recuerdos de esta casa, creo que siempre salía de ella con las manos llenas, cada quien daba lo que tenía, así, mi tía Esther, la dueña del negocio, nos dejaba tomar de su tienda de abarrotes lo que quisiéramos, ya te imaginarás lo que eso supone para un niño; mi tía China te daba su alegría, su ternura , su inocencia, su gracia al contar cosas, con unos ojillos negros muy vivos, y que una rancia e indolente educación la hacía vivir acomplejada por tener, como su hermano Alfredo, lisiada una pierna, aunque los motivos debieron ser bien distintos.
"No recuerdo si la lesión de su pierna le llevó a la soltería o es que se trató de una mujer inteligente que sabía que la felicidad y el matrimonio son, como en estadística, eventos mutuamente excluyentes, ja, ja, ja. Pero medio me acuerdo que no fue como la tía Chofi de Sabines o como mi otra tía Esther, Esther Lara (la bondad encarnada), que dejaron que a su rostro llegaran arrugas antes que besos; sino que ese otro añejo defecto de los seres humanos de querer que los demás vivan la vida como a nosotros nos parece, le alejó a los pretendientes que por esa su gracia y sus ojos, seguro fue más de uno. Y no recuerdo si el hermano celoso fue mi tío Alfredo o mi tío Chay, o ninguno. Sabrá Dios (espero).
"En compañía de la tía China recuerdo algunas cosas de la casa pero ya muy, muy lejos, cosas que ahora me pregunto ¿qué hará que se fijen de esa forma en la memoria?...Bueno, pues de la casa recuerdo las ventanas del comedor desde las que se podía ver un inmenso corral (o así me lo parecía) y sólo había aves de corral. Un ave en especial me llamaba mucho la atención y hasta le temía pero no recuerdo si era un gallo, un pato o un ganso y este era el motivo por el que los miraba desde las ventanas.
"Y muy muy vago me llega el recuerdo de un baño o cocina pero muy viejo, sólo recuerdo las piedras viejas, pero no recuerdo qué de estas dos cosas era. Bueno, si bien se mira, es casi la misma cosa, salvo por un proceso digestivo.
Un misterio no resuelto fue lo que creo era la recámara de mi tía Esther, en el segundo piso, un nido de águilas con escalera de ladrillos surcados por el centro de tanto subir o bajar que- como dijera ese genio que fue Juan Rulfo “según se va o se viene”- los escalones. La puerta, siempre cerrada, se hallaba inmediatamente al término de los escalones. Supongo que la ventana que aparece en la foto, esa a la que parece apunta el poste de cemento era su recámara, a la que se llegaba por esta escalera que te cuento.
"Mi tía Esther, con sus ciento y pico de años, vive ahora donde mi abuelita Biga, y la última vez que estuve por allá, no podía yo creer dos cosas: un plato con algo que contenía parece que picante y que si no lo era, al menos se veía bien sazonado; y la otra y que casi me llevó a ponerme de pie y darle una ovación fue cuando quiso compartirme de lo que bebía, que yo suponía refresco, lo que también me asombraba, y al decir que éste me hacía daño, me corrigieron para decirme que no lo era coca-cola,¡sino vino!… ¡Olé el arte, carajo!
"Lo siento si hay algunas cosas inexactas pero “a la final”, como no sé quien dijo, las cosas son como uno las recuerda…
"Agur"

Vista general de la casa, hacia la calle de Matamoros. Nótese el deterioro causado en sus aplanados por la humedad.

jueves, 24 de diciembre de 2009

Vestigios del siglo XVI

Más allá de la distribución de los espacios del antiguo convento de San Jerónimo Aculco (iglesia de una nave con fachada hacia el poniente, amplio atrio, capillas posas, claustro al sur del templo y huerta), son muy pocos los vestigios materiales del siglo XVI que han llegado a nuestros días. Ello se debe muy probablemente a que la obra primitiva de este recinto debió ser muy sencilla -ya que se trataba entonces de un asentamiento de importancia menor- y fue desapareciendo en las sucesivas construcciones y reconstrucciones que a partir de fines del siglo XVII le fueron dando el aspecto que tiene hoy en día.

A pesar de esto, aún existen algunas pocas piedras que por sus formas o por la calidad de sus labrados se pueden identificar como pertenecientes a la centuria de la fundación del establecimiento franciscano de Aculco. Esta vez llamaremos la atención sobre dos de ellas que se encuentran fuera de todo contexto, tiradas en lo que fuera la capilla de la Tercera Orden.

Almena o remate en forma de flor de lis, en Aculco.

La primera de estas piedras es una especie de remate o almena en forma de flor de lis, de unos 50 centímetros de altura, elaborada en una piedra rosa muy suave, que actualmente se encuentra rota y recargada en uno de los contrafuertes del templo parroquial. Más allá de que evidentemente tuvo una posición vertical y que debió haber estado encajada en una base de piedra o mampostería (a lo cual se debe el estrechamiento de su parte inferior), las posibilidades de su uso concreto son múltiples. Puede tratarse, por ejemplo, de parte de una crestería de aspecto gótico o renacentista como la que todavía conserva la capilla abierta del convento de Epazoyucan, Hidalgo. O quizá sirvió de remate a los contrafuertes del antiguo templo, como las flores de lis que se observan en la fachada del templo de san Juan Bautista de Coyoacán.

Capilla abierta de Epazoyucan. Nótese la crestería formada por flores de lis semejantes a la de Aculco.

Crestería con flores de lis, muy elaborada, del claustro de San Juan de los Reyes, Toledo.

Contrafuerte de la parroquia de San Juan Bautista de Coyoacán, rematado también con una flor de lis.

La segunda piedra es un dintel monolítico de piedra rosada, con una escotadura que le da la apariencia de arco conopial, como aquellos que abundaron en los estilos gótico flamígero y el gótico isabelino, y que en sus versiones novohispanas todavía podemos ver en algunos claustros del siglo XVI de la zona, como los de Huichapan y Tecozautla. A uno y otro lado de la escotadura pueden verse los monogramas de Jesucristo y de la Vírgen María. Seguramente, como los ejemplos coetáneos que subsisten en su lugar original, formaba parte de la portada de piedra de alguna habitación importante en el claustro de aquel viejo convento desaparecido.

Dintel conopial en Aculco.

Portada conopial en la planta baja del convento de San Mateo Huichapan, Hgo.

Portada conopial en una habitación de la planta alta del claustro del convento de Santiago Tecozautla, Hgo.

Aunque estos vestigios aculquenses del siglo XVI son menores, su importancia para la historia del poblado y el estudio de su desarrollo arquitectónico es primordial. Ojalá algún día se les tenga mayor aprecio y se les conserve en un lugar adecuado en el interior del convento, como testimonio que son del origen de San Jerónimo Aculco.

martes, 22 de diciembre de 2009

San Francisco Javier, peregrino



La hacienda de Arroyozarco, en el municipio de Aculco, perteneció entre 1715 y 1810 al Fondo Piadoso de las Californias, una fundación privada administrada por la orden jesuita creada con el fin de llevar el Evangelio a aquellas lejanas tierras. A partir de 1767, con la expulsión de los jesuitas, las misiones fundadas por ellos comenzaron a decaer y el Fondo terminó por liquidarse a principios del siglo XIX.

Aunque los jesuitas abandonaron Arroyozarco hace ya 242 años, aún quedan ahí muchas huellas de su presencia. Entre ellas, el pequeño cuadro que se encuentra a un lado del altar mayor, y que representa a uno de los más importantes personajes de la Compañía de Jesús: San Francisco Javier.

San Francisco Javier nació en Navarra, España, en 1506, en el seno de una importante familia noble. En 1525 viajo a París a estudiar en la Sorbona, donde conoció al que sería su mejor amigo, Íñigo de Loyola, el futuro San Ignacio de Loyola, fundador de la orden jesuita. Con ellos dos y cinco compañeros más de la universidad se formó el embrión de este instituto religioso. En 1537, Francisco fue ordenado sacerdote y en 1540 emprendió su vida misionera, que lo llevó a la India, Japón y otros puntos del sureste de Asia. Murió a los 46 años edad el 3 de diciembre de 1552 y fue enterrado en el enclave portugués de Goa. Fue canonizado en 1622.

A san Francisco Javier se le representa siempre como un hombre maduro, con barba y bigote cortos. Su principal atributo suele ser el ademán de abrir sus vestiduras a la altura del pecho "para dejar paso al ardiente fuego de su corazón apostólico". Aparte de esto, dos son las formas más comunes de retratarlo: la primera, con un sobrepelliz sobre la sotana negra de la orden a la que perteneció, acompañado a veces por el bonete en la cabeza y una cruz en la mano izquierda, atendiendo a su carácter de predicador del Evangelio; la segunda, como peregrino, con una esclavina sobre la sotana, adornada con conchas (vieiras) naturales o bordadas -que son atributo del peregrino de Santiago de Compostela-, bordón de caminante y calabaza para el agua, todo esto en relación a sus largos viajes para llevar el cristianismo a Oriente.

Es bajo esta última versión que fue representado San Francisco Javier en el óleo que existe en la capilla de la hacienda de Arroyozarco, templo que desde hace pocos años adquirió ya el rango de parroquia. En esta obra, realizada según parece en el siglo XVIII, el santo, retratado de medio cuerpo, dirige la vista hacia lo alto al tiempo que lleva las manos al pecho, de donde surge una gran llamarada. Sobre la esclavina porta, a la altura de los hombros, un par de vieiras y bajo el brazo izquierdo recarga su bordón. Sobre la cabeza del santo se esboza apenas una aureola. El fondo es un paisaje poco elaborado, con algunas lomas bajas y un cielo nublado. El marco no es, al parecer, contemporáneo de la pintura; parece ser del siglo XIX o XX y de poco mérito.

A pesar de su pequeño formato (que nos hace pensar que, más que tratarse de una obra hecha para el interior del templo, debió encontrarse en alguna habitación de la hacienda), esta es un pintura importante no sólo como documento histórico del paso de los jesuitas por estos parajes, sino por su apreciable calidad artística.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Fraileros

Sillón frailero, modificado, que existe en la notaría de la parroquia de Aculco.


Aunque de antecedentes italianos, el "sillón frailero" es un mueble típicamente español originado durante el Renacimiento, que naturalmente pasó a sus posesiones de América y, por supuesto a la Nueva España. Aunque su uso no fue exclusivo de los conventos, parece ser que sí abundó en ellos y por ello recibe esa denominación. Los primeros ejemplares españoles del siglo XVI eran relativamente pequeños, pues no pasaban de un metro de altura, y su respaldo era más bajo que los modelos italianos.

Con mucha frecuencia, los asientos y respaldos de lo sillones fraileros eran de cuero e iban sujetos con clavos de hierro, latón o bronce, pero esto no es una regla: existen ejemplares lujosísimos con asientos y respaldos acojinados y bordados en seda. Lo que realmente define al sillón frailero es su estructura: son muebles de aspecto ancho, chaparro y sólido, formados por maderos rectos (excepto, a veces, en las prolongaciones de las patas traseras que sostienen en respaldo, ligeramente inclinadas hacia atrás), con chambranas que unen sus patas al nivel del piso o ligeramente más arriba, respaldo estrecho que corre a la mitad de la espalda, brazos rectos apoyados en la prolongación de las patas delanteras, a veces lo suficientemente anchos como para colocar un plato o una taza. "Otra de las características de los fraileros -escribe Luis M. Feduchi- son las chambranas delanteras, con motivos renacentistas de cartelas, tableros tallados o cintas entrelazadas" (Luis M. Feduchi: Antología de la silla española, Madrid, A. Aguado, 1957, pág. 22)


Hace muchos años alguien me comentó que en la parroquia de Aculco existían dos de estos sillones fraileros. Al recorrer el templo, la sacristía y los aposentos del antiguo convento yo sólo había llegado a observar un par de sillones, bastante elegantes, de brazos curvos y muy probablemente del siglo XIX, sin duda interesantes pero de ningún modo clasificables como fraileros. Por ello, di por hecho que la persona que me había informado de su existencia simplemente se había equivocado.


El par de sillones fraileros en la notaría de la parroquia de Aculco.


Pero no es así: Hace algunas semanas observé que la notaría parroquial había sido trasladada al sitio aledaño a la portería del covento en el que antiguamente estuvo situado el bautisterio y que después se convirtió en habitación de los párrocos. Con curiosidad me asomé al interior para ver la nueva distribución y mi sorpresa fue grande al descubrir ahí el par de fraileros de los que me habían hablado antes.

Como se puede ver en la fotografía, estos muebles han sido muy restaurados, rectocados, repintados y, al parecer, hasta reconstruidos en algunas de sus partes. Esto es particularmente notable en los respaldos, cuyas tablillas verticales, de madera de menor calidad, se hallan fijadas con clavos de manera muy poco habilidosa. Incluso el calado mixtilíneo que sobre el respaldo muestra una sola de las sillas no parece ser original. Lo mismo puede decirse del asiento en vinil azul.

En cambio, la estructura de las patas y brazos sí es auténtica. Así lo demuestra el hermoso relieve en la chambrana delantera que tienen las dos sillas, y los brazos: curvados "ergonómicamente", diríamos ahora, y no rectos como en un frailero tradicional, pero anchos como en éstos y bellamente moldurados.


Detalle de la chambrana delantera de uno de los sillones, labrada con motivos barrocos.


Hay noticia de la presencia de otros sillones fraileros en casas particulares en Aculco, pero el único del que puedo asegurar que existió desapareció hace muchos años, después de estar expuesto a la intemperie. En cambio, subsiste un sillón frailero en muy buen estado de conservación y con su estructura íntegramente conservada en la sacristía de la capilla del pueblo de San Pedro Denxi, en la jurisdicción de Aculco.


Sillón frailero en la sacristía de la capilla de San Pedro Denxi.


Como se observa en la fotografía, este sillón cumple mejor con las características formales de los fraileros. La chambrana delantera está también decorada, aunque de una manera muy austera, lo mismo que los remates tras el respaldo. Aún así, es un bello ejemplo de un tipo de mueble que debió ser común en la zona de Aculco en los tiempos coloniales y que, junto con el par de la parroquia, es uno de los pocos entre los que que subsisten en el municipio que podemos clasificar sin gran duda como auténticamente coloniales.