En 1969, la conocida revista Artes de México publicó su número 122, titulado "Hidalgo y la ruta de la Independencia", dedicada precisamente a relatar los primeros meses del levantamiento insurgente y a mostrarnos un recorrido fotográfico por los lugares por los que pasó el cura de Dolores durante su campaña militar de 1810-1811. Aunque las fotos correspondientes a Aculco -sitio en el que Hidalgo estuvo del 5 al 7 de noviembre de 1810- se publicaron en blanco y negro, y no se caracterizan precisamente por su originalidad ni por su calidad, creo que siempre es importante rescatar este tipo de imágenes dispersas que, aunque sea por una piedra o por una persona que aparecen en ellas, guardan un instante irrepetible de nuestro pueblo.
Acompaño estas fotografías con los pies de foto que tienen en la publicación, e incluyo el texto que en la revista se refiere al paso de Hidalgo por Aculco, en realidad muy brevemente relatado, sobre todo si consideramos la importancia que tuvo su derrota en este lugar para el desarrollo de su rebelión. Las fotografías están sin retocar, salvo la que muestra la capilla posa noreste, ya que la fotografía se imprimió en dos páginas contiguas y el corte entre ellas resultaba demasiado desagradable, por lo que decidí unir los dos lados de la imagen con el uso de herramientas de IA.
Con el estímulo de su primera victoria militar en campo abierto, Hidalgo avanza hasta las goteras de la capital, haciendo alto en el abrupto y pintoresco pueblo de Cuajimalpa. La gran metrópoli se halla a la vista, y durante un par de días de mortificante tortura, indeciso el caudillo entre dar el golpe sensacional o retroceder, al fin opta por esto último, contra la opinión de Allende. En la mañana del 2 de noviembre, aquel enjambre humano empieza a alejarse, como los sedientos viajeros del desierto ante un oasis cercano pero inalcanzable, del apetitoso manantial en que muchos pensaban saciar sus ansias de venganza por tres siglos de opresión y vasallaje. Si no mediaron consideraciones de tipo moral (y repárese en que, por su forma de obrar, Hidalgo bien pudo haber hecho suya la máxima sostenida por el eminente Luis Cabrera, un siglo después de que "la revolución es la revolución"), por lo menos hubo poderosas razones de tipo táctico que justificaron el proceder del Generalísimo: a marchas forzadas venía en auxilio del asustado Venegas la poderosa división de Calleja, que sin lugar a dudas caería sobre los insurgentes en la ratonera de la capital. Hidalgo, por lo tanto, trató de poner tierra de por medio entre su hueste, la ciudad de México y el ejército de Calleja, aunque en su itinerario de retroceso no pudo evitar ir a dar a la boca del lobo, pues precisamente, cerca del pueblo de Aculco se topó con la fuerza enemiga que le cerraba el paso a San Juan del Río y a Querétaro.
El combate de Aculco (7 de noviembre) fue el primer revés de importancia que sufrieron los insurgentes y el anuncio de lo que les esperaba en su lucha contra ejércitos profesionales mandados por jefes de la experiencia de un Calleja. En la desbandada que siguió al percance, Hidalgo y Allende se separaron, tomando el primero el rumbo de Valladolid y el segundo el de Guanajuato. Calleja, por su parte, contramarchó en dirección a Querétaro, donde estableció su cuartel general y preparó la ofensiva para recuperar Guanajuato.
Mientras desde la ciudad de México las principales corporaciones realistas (Universidad, Arzobispado, Santo Oficio, etcétera) lanzaban un diluvio de impresos para aplastar, desde los puntos de vista moral, político y religioso, a la revolución, ésta se propagaba, como epidemia incontenible, hasta los últimos rincones del virreinato. Y entre varias alternativas, Hidalgo escogió el occidente como la región más segura para plantar en ella un gobierno, acreditarlo y seguir impulsando el fuego de su causa. Guadalajara y una gran porción de la Nueva Galicia estaban en poder de los insurgentes, comandados en ese rumbo por el admirable José Antonio Torres. Invitado por éste a pasar a sus dominios, el Generalísimo no lo pensó dos veces y el 17 de noviembre abandonó Valladolid, el hogar de sus sueños de juventud que nunca volvería a ver, y por Zamora y las riberas del lago de Chapala se encaminó hacia la metrópoli occidental.
Agradezco mucho a José Luis Hernández, autor del interesantísimo blog San Juan Iztacchichimeca (referido a San Juan del Río, Querétaro), quien amablemente me envió estas fotografías ya hace bastante tiempo.)





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